
Maurice Quentin de La Tour · Dominio público · Wikimedia Commons ↗
Jean-Jacques Rousseau
Jean-Jacques Rousseau nació en Ginebra el 28 de junio de 1712 y murió en Ermenonville, Francia, el 2 de julio de 1778. Escritor, filósofo, músico y teórico político de lengua francesa, fue una de las figuras más influyentes y contradictorias de la Ilustración europea. Su madre murió pocos días después de darlo a luz y su padre abandonó Ginebra cuando él era niño, circunstancias que marcaron una juventud itinerante y una formación irregular. Tras desempeñar diversos oficios, se estableció en París, donde entró en contacto con los círculos intelectuales ilustrados y colaboró con la Encyclopédie, aunque terminó enfrentándose a numerosos philosophes, especialmente a Voltaire. En 1750 alcanzó notoriedad con el Discurso sobre las ciencias y las artes, en el que cuestionaba que el progreso cultural y científico implicase necesariamente una mejora moral. Desarrolló esta crítica en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755), mientras que en Julia o la nueva Eloísa (1761) exploró las tensiones entre sentimiento, virtud y convenciones sociales. En 1762 publicó sus dos obras fundamentales, Emilio, o De la educación y El contrato social (1762), que provocaron condenas religiosas y políticas y le obligaron a abandonar Francia. Tras diversos desplazamientos por Suiza e Inglaterra, regresó a Francia en 1767. En sus últimos años escribió Las confesiones (redactadas entre 1765 y 1770 y publicadas póstumamente en 1782-1789) y Ensoñaciones del paseante solitario (publicadas en 1782), obras que combinan introspección autobiográfica, sensibilidad hacia la naturaleza y reflexión sobre su conflictiva relación con la sociedad.
El pensamiento de Rousseau ocupa una posición singular dentro de la Ilustración: comparte con ella la crítica de determinadas instituciones heredadas, pero desconfía de la razón abstracta, del refinamiento cultural y de la idea de que la acumulación de conocimientos conduzca por sí misma a la virtud. Su tesis de que el hombre es bueno por naturaleza y se encuentra corrompido por determinadas formas de organización social constituye el eje de su crítica de la civilización, aunque no equivale a una defensa ingenua de cualquier estado natural. En el Discurso sobre la desigualdad atribuyó un papel decisivo a la propiedad privada y al desarrollo de las relaciones sociales en la aparición de desigualdades morales y políticas. Sin embargo, su respuesta política no consistió en restaurar el orden tradicional, sino en formular una nueva legitimidad basada en el contrato social y la voluntad general. En El contrato social (1762), la soberanía reside en el pueblo como cuerpo colectivo y no puede enajenarse; la libertad política exige obedecer leyes que la comunidad se da a sí misma. Aquí aparece una de sus tensiones fundamentales: la voluntad general pretende expresar el bien común, pero puede convertirse en una instancia absorbente que subordine al individuo concreto a una voluntad colectiva definida en términos abstractos. Desde una perspectiva crítica del liberalismo y de la Ilustración, Rousseau resulta así un pensador ambivalente: denuncia la corrupción de una sociedad dominada por el lujo, la competencia, la apariencia y la desigualdad, pero contribuye también a una concepción moderna de la soberanía popular que inspiraría el radicalismo revolucionario. Su ideal educativo en Emilio (1762) propone respetar el desarrollo del niño y atender a su naturaleza antes que imponerle prematuramente las convenciones sociales. Su legado reúne, por tanto, una crítica penetrante del progreso entendido como acumulación material y cultural, una reivindicación de la naturaleza y la virtud, y una teoría política cuya apelación a la voluntad general abre interrogantes sobre los límites del poder colectivo.