Baltasar Gracián y la disolución del orden clásico: ingenio, apariencia y crisis del sujeto

Baltasar Gracián encarna la crisis barroca: sustituye el concepto por el ingenio, disuelve la verdad estable en perspectivas y convierte el conocimiento en artificio. Su pensamiento anticipa la fragmentación del sujeto, el desengaño y una vida regida por la apariencia, la prudencia y la estrategia.

Hipérbola Janus 28 min de lectura
Baltasar Gracián y la disolución del orden clásico: ingenio, apariencia y crisis del sujeto

En esta ocasión hemos decidido abordar un tema y un personaje que puede resultar desconocido para el gran público, un autor cuyas temática, contenido y estilo puede resultar demasiado lejano en el tiempo, y por alejado extraño, y en consecuencia falto de interés. Baltasar Gracián (1601-1658) representa un caso paradigmático dentro del Siglo de Oro español, en el pensamiento y la literatura del Barroco. A continuación vamos a desentrañar los temas más importantes que aparecen en su obra, los enfoques del autor, la «ambigüedad» y, al mismo tiempo, la anticipación de ciertas visiones que son comunes a nuestra época, demasiado modernas, o incluso postmodernas en relación al individuo y la propia concepción del hombre. No obstante, dada la complejidad del autor y la obra, nos hemos tenido que limitar a un juicio excesivamente sintético de todos los temas abordados. El formato de artículo da para lo que da, y no pretendemos, ni podemos, publicar un ensayo sobre el tema tratado sin extralimitarnos.

Por hacer una breve y sintética semblanza biográfica, diremos que Baltasar Gracián nació en el pueblo zaragozano de Belmonte de Gracián en 1601 (rebautizado en honor a tan ilustre conciudadano) y se formó como sacerdote jesuita, orden con la que mantuvo unas relaciones complejas y problemáticas. Desarrolló una intensa labor de formación, enseñanza y predicación en el interior de la orden. Los problemas estuvieron motivados por la publicación de sus obras, especialmente El criticón, que le condenó al exilio en Graus (Huesca) durante sus últimos años de vida. Gracián es considerado como uno de los autores más destacados y representativos del Barroco, exponente del Conceptismo, una corriente estilística y de pensamiento caracterizada por el uso de aforismos y sentencias, juegos retóricos y el empleo de la polisemia.

Vista de Belmonte de Gracián, municipio natal de Baltasar Gracián, y rebautizado con el nombre de su ilustre ciudadano. Ubicado en la provincia de Zaragoza, cuenta con 183 habitantes en la actualidad.

Un autor olvidado

El autor aragonés ha sido objeto de un olvido deliberado a lo largo de los siglos, lo cual tiene mucho que ver con la incompatibilidad de su pensamiento con las formas propias de la racionalidad moderna, que ya empezaban a emerger con fuerza en su época. De hecho, el propio pensamiento de la Contrarreforma, en el esplendor de su ortodoxia, considera inasimilable el pensamiento Graciano, así como también sucederá con la posterior Ilustración durante el siglo XVIII. A pesar de que estaba integrado en la orden de los jesuitas, su exploración «ambigua» de la condición humana, independiente y hasta enfrentada a los posicionamientos ideales de la época, así como la crítica anticipada a lo que será el corpus ideológico de la Ilustración en sus fundamentos, especialmente a partir de su desconfianza en la razón, en torno a la adecuación de pensamiento y realidad o hacia las posibilidades de un orden racional del mundo representan un contrapunto al pensamiento de la época.

No será hasta los autores de la Generación del 98 cuando la figura de Baltasar Gracián adquiere un cierto reconocimiento y es releída, en una lectura que viene mediada por las obras de y Friedrich Nietzsche, que sirvieron de puente para su rehabilitación a través de , a los que podríamos considerar, con todos los matices que se quieran, como «maestros de la sospecha». La recuperación del autor aragonés se produce como un recurso a utilizar porque más allá de una crisis política, del agotamiento de un sistema, de la debacle económica o incluso epocal, pues supone la liquidación definitiva del Imperio Español, es una crisis de sentido, respecto a la cual la mirada lúcida y desencantada de Gracián aparece como extrañamente pertinente. Respecto a los dos filósofos alemanes mencionados, en el caso de Schopenhauer, la voluntad irrumpe como fondo irracional del mundo: en Nietzsche, la verdad misma se desvela como una ficción útil, como interpretación. Ambos autores ven en Gracián una sensibilidad afín, una conciencia temprana de la fragilidad de las construcciones racionales. Autores que, como el propio Gracián, empiezan a dudar de los fundamentos basales de la propia modernidad. Es en este punto de inflexión, que supone su recuperación en un proceso de crisis e introspección, cuando se revela la actualidad de su pensamiento, que parecía poco inteligible para sus contemporáneos, aunque esto no significa que debamos considerarlo como un anticipador directo de la modernidad. No obstante, este «olvido» de la obra de Gracián queda mucho más claro, más allá de factores ideológicos e institucionales, y nos revela el tránsito entre dos eras, del Barroco a la Ilustración, y como ciertas tensiones, ambigüedades y fracturas suponen la irrupción del propio proceso de la modernidad, cuyas bases ideológicas, culturales y filosóficas se encuentran en la propia Ilustración.

Dentro de la interpretación lineal de la historia de las ideas, que supone una característica y reduccionista común a todos los investigadores (historiadores, filósofos, etc.) de nuestro tiempo, la historia que lleva del Renacimiento al Barroco, y de este a la Ilustración, debe regirse por un principio de continuidad, y la obra de Gracián supone un elemento disruptivo, donde el propio Barroco también representa un «paréntesis» frente a esta narrativa, en la que la obra de nuestro autor supone una incomodidad mayor, en la medida que su pensamiento postula una verdadera subversión del sentido mismo del conocer y el vivir. Sin embargo, como ya hemos apuntado, ni siquiera nos aparece como un autor integrado en su época, ni en la orden eclesiástica a la que pertenecía, planteando tensiones irresolubles entre la obediencia institucional y la autonomía intelectual, y de ahí sus intentos de «sobrevivir» en una zona intermedia, a través del desarrollo de una «filosofía cortesana».

Baltasar Gracián retratado a través de este óleo en Graus, durante sus últimos años de vida.

De modo que podemos hablar, en primer lugar, de un rechazo hacia las instituciones y la ortodoxia, y un recelo hacia la posterior Ilustración, que ya empezaba a prefigurarse en los tiempos de Gracián. La razón ilustrada necesita creer en la posibilidad de acceder a una realidad perfectamente ordenada, mediante conceptos claros y diferenciados, a un orden racional que puede ser descubierto, sistematizado y finalmente dominado. Frente a estas expectativas de certeza, Gracián introduce una sospecha radical desde dentro: la de que la realidad no es transparente, que el Ser no se agota en el concepto, en la inteligencia discursiva, y que el conocimiento está mediado por perspectivas, intereses y artificios.

La sospecha y el escepticismo explícito de nuestro autor no se expresa a través de un sistema filosófico, como ocurrirá en otros autores posteriores, sino que se encuentra muy condicionada por el estilo del autor, bajo la proliferación de metáforas difícilmente reductibles a las formas de lo racional. Su lectura exige una hermenéutica atenta, en modo activo y siempre inacabada por la cantidad de aristas y matices que es posible hallar.

La ruptura ontológica con la tradición clásica: el paso del concepto al ingenio

Gracián impone una serie de transformaciones, entre las cuales se encuentra la propia noción de concepto, que en la tradición aristotélica clásica era un instrumento privilegiado del conocimiento, una forma estable y definida, que captaba la esencia de las cosas y permitía ordenarlas en un sistema coherente. El concepto era, en definitiva, la garantía de la inteligibilidad en el mundo. La ruptura graciana es irreversible y opera un desplazamiento en el terreno donde actúa el concepto para imponer el ingenio, que no viene a sustituir las funciones que desempeñaba el concepto, como organizador del conocimiento, sino que su lógica es completamente distinta. Allí donde el concepto clásico buscaba la identidad, el ingenio busca la relación, y en lugar de afianzar y sentar las bases sólidas del conocimiento, impone la ambigüedad y lo variable. Hay una transformación muy profunda, en la que el concepto deja de ser un medio para captar la realidad para convertirse en un producto del artificio. Ya no es el espejo del ser, sino que reproduce correspondencias, analogías y tensiones. El mundo se convierte entonces en un juego de variables donde concurren relaciones infinitas, siempre inconclusas. La mímesis o imitación ya no es el camino hacia la verdad del Ser, y en su lugar opone una figura muy moderna, como es el artista como sujeto creativo e innovador. Así lo refleja el propio Gracián en : «Importa mucho pensar al uso, no menos que la gala del ingenio: para mi gusto, la agradable alternación, la her­mosa variedad, que si per tropo variar natura é bella, mucho más el Arte».

A partir de este momento Gracián plantea una dimensión que desborda lo puramente literario y se postula dentro del campo epistemológico, en el que el juego va más allá de una mera retórica para transformarse en una nueva manera de conocer. El conocimiento deja de ser contemplación de las esencias y se transforma en exploración de perspectivas. La verdad es entonces el resultado provisional de un juego de relaciones. Este proceso nos describe una alteración de relieve del estatus ontológico del mundo. Si en la tradición clásica el concepto no solo organizaba el conocimiento, sino que garantizaba de algún modo, la estabilidad del ser; conocer era identificar, clasificar y fijar, el lenguaje y la realidad mantenían una relación de correspondencia que hacia posible la confianza en la inteligibilidad del cosmos.

Esta confianza se resquebraja por completo en la obra de Gracián, sin necesidad de ser negada de manera explícita. El concepto, al dejar de ser una forma estable, pierde su capacidad de asegurar la coincidencia entre pensamiento y realidad. Se impone el ingenio, que introduce una movilidad que deshace todo intento de fijación, y no se limita a un mero acto de «conectar elementos», sino que los transforma al conectarlos en una labor hermenéutica de reinterpretación. De este modo, el concepto se presenta como un instante dentro de un proceso continuo de variación. La realidad ya no se estructura como algo que espera ser conocido, sino como algo que se configura en el acto mismo de ser pensado. El conocimiento deja de ser representativo, como parte de un orden dado, para volverse productivo. Pero no nos equivoquemos, esta productividad no implica una razón que domina y construye sistemas, como sucede con la modernidad racionalista, sino un ingenio que juega, que experimenta y ensaya combinaciones sin necesidad ni pretensión de cierre.

Obra con elementos clásicos del Barroco, pintada por el artista francés Philippe de Champaigne hacia 1671. En ella se condensa el pesimismo de la época y el estilo, recordándonos la brevedad de la vida y lo inevitable de la muerte.

De tal modo que podemos decir que el ingenio supone un planteamiento artístico del conocimiento que no opera desde las posiciones de la lógica, sino como una potencia creadora que trabaja con esos materiales diversos y heterogéneos, que establece conexiones inesperadas y produce sentido donde antes no lo había. El conocimiento se acerca así al arte no por analogía, sino por identidad de procedimiento. Todos estos elementos configuran un nuevo pensamiento dentro del Barroco, que es un conocimiento expansivo, que abre nuevas posibilidades y que renuncia a replegarse sobre sí mismo.

A partir de este momento, una vez resquebrajada esa realidad ontológica que vincula pensamiento a realidad, la noción de artificio adquiere todo el protagonismo. Pero en Gracián, el artificio no es lo opuesto a la verdad, sino su condición de posibilidad en un mundo donde la transparencia ha desaparecido. Si la realidad como tal no se ofrece directamente y se encuentra atravesada por las apariencias, por el engaño y se ve desplazada, entonces el artificio se convierte en un medio para llegar a ella. No obstante, el acceso a la misma, a la realidad, ya nunca será directo ni definitivo, sino mediado, provisional e interpretable. Dicho con mayor claridad, el conocimiento ya no proporciona certezas absolutas, y es necesario orientarse y obtener instrumentos para moverse en un mundo incierto, donde la estrategia y la acción se imponen a la contemplación y al puro reflejo de modelos ideales. En este nuevo medio, el ingenio no es, como usualmente consideramos, una facultad pura, sino una capacidad que depende de la experiencia, el contexto y las circunstancias.

En este sentido Gracián constata un proceso de caída hacia la modernidad, en la medida de que comprueba que la verdad deja de ser universal en el sentido clásico para adquirir una «pluralidad», que tampoco supone caer en el relativismo y considerar que todas las perspectivas y posturas valgan lo mismo, pero ninguna, ciertamente, puede agotar la realidad. La verdad se vuelve parcial, aproximativa y siempre condicionada, y con ella el conocimiento bajo su acepción clásica (y en cierto modo «tradicional») pierde su fundamento último. La «libertad del ingenio» aparece ante el horizonte de la España y la Europa del Barroco. No obstante, estos procesos de ruptura ya los podemos ver en el siglo precedente, con la Reforma luterana y la ruptura del ecumene medieval, la irrupción de las naciones y otros procesos que nos conducen inequívocamente hacia la modernidad, aunque en el caso de Gracián nos circunscribimos al terreno filosófico-literario.

Perspectivismo y fragmentación del sujeto

Las consecuencias de las transformaciones operadas tienen una serie de prolongaciones inmediatas: la aparición del perspectivismo como una estructura fundamental del conocimiento, que como hemos señalado, es la expresión de un puro devenir, sin una sustancia fija que lo dote de identidad, sino que todo se reduce a una red de relaciones y conexiones, en las que el sujeto no se convierte en un punto de vista absoluto, sino en un foco de visión limitado, condicionado y parcial. Y como ninguna de las perspectivas tiene validez universal, es necesario multiplicarlas y confrontarlas para hacerlas dialogar. Todo este proceso no conduce a una armonización final, no hay ningún sistema que reconcilie estas perspectivas en una unidad superior. En este caso podemos pensar en una suerte de atomización del pensamiento, en un simple agregado sin mayor fundamento, pero la estructura que traza Gracián es elíptica: dos focos en tensión constante, sin que uno pueda absorber al otro, y se expresan a través de diversos «antagonismos», como Razón y sensibilidad, prudencia y pasión, cálculo y vitalidad, que se enfrentan de manera irresoluble, sin relación de continuidad.

Esta tensión se ve encarnada de forma paradigmática en los personajes de Critilo y Andrenio en , obra cumbre del autor aragonés. No son simples personajes literarios, sino que expresan la escisión profunda de la que venimos hablando, que es la que caracteriza al sujeto moderno, que ya no puede identificarse consigo mismo en lo inmediato, representa al hombre dividido, desplazado e incapaz de encontrar un centro estable. Las consecuencias del perspectivismo graciano implican, y debemos insistir, la imposibilidad de pensar el mundo como un objeto unitario, susceptible de ser contemplado objetivamente, desde fuera. Pero no es todavía el relativismo absoluto en el que caerá el mundo moderno con posterioridad, pues en la multiplicidad de puntos de vista se mantiene la idea de un fondo común al que todos se remiten. Pero la síntesis conceptual precedente, todavía subsistente en el siglo del Renacimiento, como un cierto anclaje de seguridad, queda diluida ante un horizonte en el que se bate en retirada.

El oscurecimiento de la verdad en su síntesis originaria, bajo el dominio del concepto, tiene un precio, y es la ausencia permanente de la misma, sometida a fuerzas alienantes que la desestabilizan y que sobre el propio sujeto individual tiene consecuencias como la pérdida de identidad. El «Yo» clásico que podía pensarse como una unidad transparente, capaz de dotarse de sentido en un todo orgánico, sin mediaciones, queda disuelto en este juego de perspectivas. El antagonismo y la escisión sustituyen al principio de armonía, y los citados personajes, Critilo y Andrenio, son expresión de esos polos contrapuestos, de esas perspectivas que lejos de complementarse y converger se enfrentan y generan tensiones irresolubles.

Por contextualizar todo este conjunto de ideas expuestas debemos recurrir a la principal obra de Baltasar Gracián, , y podríamos entenderla como una obra que trasciende tanto la novela (por el estilo literario en el que se inserta) y el tratado moral para ubicarse en un género en el que confluyen metafísica, antropología, política, moral y una visión profundamente desengañada de la condición humana. En el itinerario marcado por la obra destacan los dos personajes centrales que la protagonizan y a los que ya hemos hecho referencia:

  • Por un lado, Andrenio, que representa la naturaleza, la espontaneidad, lo instintivo y lo estéril.
  • Critilo encarna la experiencia, la razón, el juicio y la mediación cultural.

De algún modo ambos personajes representan polos opuestos, en función de dos principios antropológicos que se encuentran en un antagonismo directo. Hay un encuentro inicial entre ambos, en el episodio del náufrago y el hombre salvaje donde se puede apreciar, a nivel simbólico, la fundación del hombre. Andrenio, criado entre animales salvajes, es una especie de Adán invertido, pero no el primer hombre en estado de inocencia en el Paraíso, sino un hombre arrojado al ámbito de la existencia sin más, sin un lenguaje ni una tradición propia. Mientras, su opuesto, Critilo, no es solo un náufrago, sino que también es un portador del Logos, que se encarga de introducir a Andrenio en el mundo humano civilizado a través del lenguaje. En este sentido, Gracián nos dice desde el inicio que el hombre no es plenamente tal sin educación, palabra ni Tradición. Y, de hecho, el pasaje de la obra en el que Critilo enseña a hablar a Andrenio es realmente revelador ya que no se trata de una aprendizaje lingüístico, sino que adquiere de nuevo una significación simbólica en el plano ontológico, porque le permite entrar en el orden de lo humano, elevando la significación del lenguaje como un instrumento al servicio de una antropología.

Portada de la primera edición de El Criticón, publicada en 1651.

En otro de los momentos que nos brinda la obra graciana, es cuando Andrenio toma sus primeros contactos con el orden exterior tras salir de la cueva y contempla el mundo con una mirada vírgen e incontaminada, a través de la cual se cimenta una nueva idea, cuya base es la admiración como fundamento del conocimiento. Critilo, en su función de guía y como intérprete introduce una clave teológica que está arraigada en la concepción clásica y cristiana a través de la cual pretende transmitir una experiencia vivida del orden del mundo. Pero lejos de pretender reflejar una visión armónica y estable, como ya hemos señalado, Gracián insiste en que el mundo está constituido por contrarios en conflicto, tal y como pone en boca de Critilo: «…que todo este universo se compone de contrarios y se concierta de desconciertos: Uno contra otro, exclamó el filósofo. No hay cosa que no tenga su contrario con quien pelee, ya con vitoria, ya con rendimiento. Todo es hacer y padecer: Si hay acción, hay repasión. Los elementos, que llevan la vanguardia, comienzan a batallar entre sí; síguenles los mixtos, destruyéndose alternativamente; los males asechan a los bienes, hasta la desdicha a la suerte». En Gracián, la condición del hombre se problematiza, y se convierte en el centro de la obra, en la que el universo sirve de escenario y el drama es plenamente humano.

El hombre representa una realidad escindida atravesada, como hemos señalado, por tensiones internas, en una tendencia que se mantiene de manera constante a lo largo de toda la obra. El hombre aparece como un microcosmos en guerra, una síntesis inestable de fuerzas contradictorias, rompiendo con cualquier antropología optimista sucesiva, como la que surgirá con la Ilustración. Gracián tampoco propone un progreso lineal ni de armonía natural del ser humano. Así caminamos hacia el principio del desengaño, elemento central en la obra del autor aragonés, que presupone que el hombre no es lo que cree ser, ni lo que aparenta o desea ser. De tal manera que se expone permanentemente al error, la ilusión y el autoengaño.

El desengaño como forma de verdad

Ante esta fragmentación del sujeto y la desaparición de todo principio de verdad presentado bajo la unidad de pensamiento y realidad, el concepto del desengaño adquiere una centralidad decisiva, mucho más allá de una mera actitud moral o como parte del pesimismo inherente al Barroco, sino que el desengaño aparece aquí como un criterio de verdad. De hecho, el desengaño no consiste en negar la realidad sino en descubrir su carácter engañoso, sin que ello suponga alcanzar una verdad definitiva, más bien la conciencia de la posibilidad de fijarla. Todo forma parte de un proceso de desvelamiento y ocultación, sin que el acceso a la realidad se produzca de manera directa. Solo hay mediaciones, interpretaciones y artificios, pues el conocimiento, como ya hemos dicho, se convierte en una tarea infinita, siempre inacabada. Pero hay un fundamento que vertebra el concepto de desengaño, y que lejos de presentarse bajo una forma de resignación o nihilismo, adquiere con Gracián un principio de lucidez. Nuestro autor no renuncia a la verdad, pero sí a su posesión, realizando una operación de «desguace» de ilusiones o eliminación de velos, a partir de la cual se genera una experiencia estructural del conocimiento en el mundo Barroco, donde el desengaño no aparece como la antesala de la debacle o la caída en la desazón absoluta, sino que tiene un sentido en sí mismo que no implica una corrección o la restitución de una verdad originaria. El engaño es parte constitutiva de la realidad, desde el principio, y no como consecuencia de una caída posterior, es parte de la lógica misma de las apariencias que concurren en susodicha realidad.

Por tanto, hay una transformación radical de la noción de verdad. La verdad ya no es aquello que permanece idéntico a sí mismo una vez eliminados los errores, sino lo que se manifiesta en el propio proceso de desenmascaramiento. A cada desilusión y a cada caída le sucede una nueva problemática, un nuevo cuestionamiento. El engaño lo impregna todo, no hay ninguna forma de sustraerse a este, de tal manera que el conocimiento se convierte en una práctica que incluye la crítica de sus propias condiciones de posibilidad.

Collage donde aparecen los autores más representativos del Siglo de Oro español, junto a los diferentes reyes de la España moderna, entre los que no falta el pensador jesuita aragonés.

Asimismo, el desengaño presenta una dimensión inquietante, en la medida que no sólo desestabiliza las certezas sobre el mundo, sino también las certezas sobre uno mismo. El sujeto ya no puede confiar plenamente en sus juicios y en sus propias percepciones o interpretaciones. Siempre hay un margen de ilusión, un resto de engaño que nunca puede ser eliminado del todo. La lucidez con la que se trata de superar el trasfondo nihilista que planea amenazante en el horizonte, no deja de ser una visión de parcialidad que se expone al insidioso error, de la cual emana una sabiduría práctica para poder orientarse en un mundo incierto. No se trata de desconfiar de todo, de manera indiscriminada, sino de aprender a moverse entre apariencias, a interpretarlas y evaluar su consistencia relativa. Y pese a que Gracián acepta que el hombre no puede vivir en la incertidumbre y en terreno de nadie, entre la necesidad de certezas y la imposibilidad de conocer de manera plena, éste aprende que la confianza es frágil y todos los órdenes de la vida se encuentran sumidos en una inestabilidad que la hace sospechosa. La lucidez que nace del desengaño comprende la realidad como una cadena de errores y prepara el terreno para nuevos descubrimientos, condicionando el propio tiempo del Barroco, que se configura como un tiempo de aprendizaje negativo, en el que se avanza acumulando contrariedades, experimentando el ascenso y la caída en un itinerario que no conduce necesariamente al vacío. Aunque el engaño niega la posibilidad de articular una verdad definitiva, no suprime la referencia a la verdad. y experimenta el devenir del mundo como un proceso exigente en el que no conviene dejarse capturar. En cierto sentido, podemos hablar de un poder paradójicamente «transfigurante» del Ser y de la verdad, al «purificarlas» de sus pretensiones de posesión. Lo más destacable del pesimismo graciano es que no promueve una visión negativa del mundo en el sentido moral o emocional, sino que en cierto modo también implica una renuncia a la comodidad que supone poseer esas certezas y a soportar lo que se deriva de dicha situación. El sujeto del Barroco se mueve en un terreno resbaladizo, en el que cada forma de estar en el mundo combina actitudes ambivalentes, entre la distancia y el compromiso, entre la crítica y la participación. El hombre no se retira del mundo, permanece entero, con una conciencia diferente respecto a su propia posición, y en cierto modo no podemos evitar ver ciertos paralelismos con la actitud del hombre integral evoliano que nos vienen descritas en Cabalgar el tigre, salvando las inmensas distancias cronológicas, de contexto y de doctrina.

La vida reducida a un artificio estético: del ser al parecer

En El Criticón, Gracián nunca nos muestra un desarrollo lineal, como un proceso de inmersión progresiva en lo profundo de la condición humana, sino que adopta una forma de selva moral y simbólica, que lejos de representar un espacio neutro, nos muestra una saturación de significados, trampas y máscaras donde cada figura remite a algo diferente de lo que muestra. En su particular itinerario, Critilo y Andrenio proceden en una auténtica peregrinación iniciática que no tiene como punto final, como en cualquier experiencia espiritual que entra en contacto con lo suprasensible, una revelación luminosa y transfiguradora. Más bien conduce a despojarse de toda ilusión, y toda purificación obedece a un signo particular, que se orienta hacia el aprendizaje en la desconfianza, a partir de la cual se constata la falsedad del mundo, y merced al cual se desarrolla una verdadera ontología de la apariencia. La verdad (en una vertiente parcial, insistimos por enésima vez) no es sino el producto de una operación crítica constante, y donde el éxito final depende más de la capacidad de manejar las apariencias que de la virtud, contrariamente a como sucedía con la tradición clásica.

¿Y cuáles son las consecuencias inmediatas de este proceso? Pues una transformación profunda que conduce a la sustitución de la ética por la estética como principio rector de la vida, de tal manera que es imposible fundamentar la acción en normas universales y estables, y la conducta humana se ve abocada hacia el terreno de la prudencia, la ocasión y el cálculo. De algún modo, estos son elementos que prefiguran la antropología moderna, la que caracteriza al arquetipo del burgués dentro del orden liberal.

Pero esta ruptura no implica un simple pragmatismo, sino que se produce una estetización de la existencia, y ello conlleva la idea de que vivir se convierte en un arte, en una forma de representación del sujeto que ya no actúa en función de reglas fijas, sino que interpreta un papel en un escenario cambiante. El ser cede su lugar al parecer, pero este parecer no se funda en una mera superficialidad sin más, y hace de la apariencia un modus vivendi, una habilidad para moverse en un mundo incierto en el que el sujeto ya no se define por lo que es, por lo que caracteriza su naturaleza y su ser, sino por aquello que sabe hacer en un proceso de reconfiguración de la relación entre interioridad y exterioridad, entre esencia y manifestación, que altera la autopercepción del sujeto y su forma de actuar en el mundo.

En la tradición clásica, y en su expresión más cercana legada por el Medievo, la apariencia estaba subordinada al ser. Era posible engañar y camuflar la realidad, pero al final, y en última instancia, había una verdad que trascendía en su superioridad y que debía alcanzarse mediante un proceso de depuración. La virtud consistía precisamente en ordenar la conducta conforme a esa verdad, independientemente de cómo se presentara en precedencia. En definitiva, había una coherencia plena entre lo que se es y lo que se muestra, entre interioridad y exterioridad.

En el mundo del Barroco, cuyo pensamiento interpreta y capta en su esencia más íntima Baltasar Gracián, la jerarquía entre esta Verdad en sentido eminente y su expresión exterior desaparece casi por completo, y todo principio de verdad debe someterse a un proceso de mediación en su expresión última. El fondo esencial de esta verdad queda bloqueado o profundamente problematizado y, en consecuencia, deja de ser un simple velo que debe ser atravesado, para convertirse en un escenario donde el ser juega.

Sobre este escenario, sobre este teatro del mundo, se introduce una ambigüedad a partir de la cual el parecer no es pura falsedad pero tampoco garantía de verdad. Es un campo de fuerzas, un espacio en el que se cruzan intenciones, estrategias e interpretaciones. El sujeto queda atrapado en una secuencia de lógicas incompletas, pues no puede prescindir de él, porque es el único medio donde puede actuar y ser reconocido, pero tampoco se puede identificar plenamente con él sin caer en el engaño.

De modo que el «arte de vivir» y de ser «prudente», tiene mucho que ver con el desarrollo de una disciplina rigurosa que exija una atención constante a los modos de aparecer, a los efectos que se producen y a las reacciones que se suscitan. Vivir bien no supone obediencia a una ley abstracta, sino a saber dar forma a la propia conducta de la manera más adecuada a cada situación. La emancipación del sujeto individual, la antesala de la modernidad en ciernes, encuentra aquí su mejor vector de desarrollo. Este nuevo paradigma exige, al mismo tiempo, una reconfiguración del concepto de virtud, que deja de ser una cualidad interior, para someterse a un criterio de eficacia, de la capacidad para mantener el equilibrio (merced a la mencionada prudencia y moderación) en un mundo cambiante. La virtud se hace móvil, adaptativa y se desfigura ante el riesgo permanente de error.

Paralelamente, la acción del sujeto también tiene un valor y dimensión performativa, pues no se limita a producir efectos externos, ya que configura la identidad de este sujeto. Éste se construye a través de sus actos, de sus gestos y de sus palabras, conformando su identidad que viene determinada por la continuidad de un estilo que se convierte en un elemento central, aunque carezca de esencia fija. Sin embargo, todo este estilo se ve permanentemente amenazado por la disolución, con el desplazamiento de la ética a la estética, se ven redefinidas las exigencias de autenticidad, que aparecen como un principio de orientación, casi una estrategia de supervivencia, frente a toda amenaza de disolverse en la pura adaptación. Aparecen nuevas tensiones y antagonismos, como el que representa la dicotomía entre adaptación y consistencia, porque el hombre debe mantener, aunque sea parcialmente, cierta centralidad para no perderse, para no verse atrapado por la vorágine de un devenir inestable, y que hay que mantener sin el soporte metafísico necesario, resistiendo sobre una construcción frágil sobre la que solo se puede proceder activamente.

Los desarrollos ulteriores del pensamiento Graciano podrían llevarnos al despliegue de muchos otros elementos que reconocemos como parte integrante de la cosmovisión del Barroco, frente a la que paradójicamente se mostraba en contraste; una época donde la caída hacia el mundo moderno, con la destrucción de una unidad orgánica y metafísica heredada y procedente de la Edad Media, ya se ha producido casi por completo. Baltasar Gracián nos muestra un camino, una vía para sortear un mundo fragmentado, en el que el individuo está condenado a vivir a merced de sus propias certezas, siempre limitadas e insuficientes, y a dotarse de herramientas, prácticamente de un «kit de supervivencia» frente a las iniquidades de unos tiempos que no ofrecen horizontes halagadores, sino profundizaciones sobre un abismo que no para de crecer, y al hacerlo sitúa al hombre más lejos de ese orden metafísico primordial que toda Tradición ha anhelado en sus orígenes más prístinos. Sin embargo, nuestro autor, no se limita a dejarse llevar por el signo de los tiempos, y nos plantea, a su manera, y esto lo decimos parafraseando a Aleksandr Duguin, «una metafísica de los escombros» (salvando, y mucho, las distancias), donde la experiencia acumulativa del hombre, una cierta adaptación estratégica y, por qué no decirlo, cierta voluntad de poder, son la clave para enfrentarse a un mundo en permanente desconsagración.