George Bernanos: crítica a la democracia y pensamiento católico

Bernanos (1888-1948), escritor católico francés, fue una figura controvertida y frecuentemente malinterpretada. Aunque criticó la represión franquista y rompió con Maurras, conservó una visión contrarrevolucionaria, antiburguesa y antimoderna, defendiendo el orden espiritual frente a la democracia liberal, el igualitarismo y la sociedad de masas.

Hipérbola Janus 31 min de lectura
George Bernanos: crítica a la democracia y pensamiento católico

Esbozo biográfico: equívocos y ambigüedades

En esta ocasión vamos a centrar nuestro escrito en la figura de un autor católico francés, (1888-1948), cuya figura se ha visto a menudo inmersa en una serie de polémicas y ambigüedades a lo largo de muchas décadas, tanto entre sus admiradores «progresistas», como entre sus detractores, contribuyendo a deformar la imagen del personaje y de su pensamiento. De sobras es conocida su experiencia en España durante la Guerra Civil Española, que le sorprende junto a su familia en Mallorca, y de la polémica vivida contra Franco, que expresa a través de su obra , un escrito panfletario donde desarrolla un juicio moral sobre sus experiencias en la isla a lo largo de aquel periodo. Durante los años 1936-1937, Bernanos, como ferviente católico, había expresado, a priori, sus simpatías hacia el bando nacional, pero con el despliegue de la represión una vez desencadenada la guerra, con detenciones, fusilamientos y delaciones, a pesar de que fue algo común a ambos bandos, y que incluso en la zona frentepopulista adquirió un desarrollo mucho más sistemático y organizado a través de las Checas. Y de hecho, la ola de anticlericalismo y hostilidad desarrollada a lo largo de la II República contribuyó decisivamente a su simpatía por el bando nacional. Su experiencia a lo largo de los años de guerra en España transformó su perspectiva, pues no podía concebir que la causa católica se pusiera al servicio de la eliminación del adversario político, en una contradicción que él percibía entre el discurso religioso que legitima el Alzamiento del 18 de julio y la práctica concreta de la violencia a lo largo de la guerra. De aquí vienen las simpatías de las izquierdas hacia Bernanos, además de su hostilidad hacia determinados aspectos del fascismo de entreguerras, o su apoyo abierto a la Resistencia francesa durante la ocupación alemana, lo llevaron incluso a ser presentado como una especie de precursor de la democracia cristiana (como , con quien comparte algunas similitudes biográficas, aunque una concepción del catolicismo muy diferente) o incluso una especie de «humanista liberal de inspiración católica». Sin embargo, sus juicios morales y sus preocupaciones no estaban alineadas con izquierdas ni derechas, sino que hay una conciencia católica profunda preocupada por la justificación de la violencia política tras el parapeto de la Iglesia y bajo una perspectiva moral, nada más allá de eso en el plano político-ideológico.

Es importante aclarar este punto, que si bien tiene un carácter puramente biográfico, puede desfigurar aquellos elementos nucleares de su doctrina que nos disponemos a exponer en el presente artículo. Si bien es cierto, que Bernanos abandonó progresivamente muchas de las convicciones que acompañaron su militancia juvenil en la Acción Francesa de , o , también es verdad que a pesar de todas estas rupturas y polémicas siempre se mantuvo fiel a una serie de intuiciones espirituales y políticas: el rechazo radical hacia el mundo moderno surgido de la Revolución Francesa y hacia la sociedad burguesa generada por esta.

Georges Bernanos con su padre hacia el año 1900.

Georges Bernanos no pertenece a la tradición liberal, y en su lugar está directamente relacionado con los autores de la contrarrevolución francesa, entre ellos como su representante más ilustre y cualificado, pero también de o . Es cierto, no obstante, que Bernanos se separará de Charles Maurrás, y lo hará precisamente porque considerará que el maurrasianismo se quedó a medio camino, al reducir la batalla espiritual a una mera estrategia política. Con lo cual el viraje de Bernanos no lo lleva directamente hacia la democracia y la aceptación del ideario liberal, sino hacia la radicalización religiosa de la crítica contrarrevolucionaria. Y aquí reside uno de los elementos centrales en la configuración de su obra y la comprensión global de su pensamiento.

Del mismo modo que entendemos los hechos particulares de la biografía de Bernanos dentro de un plano muy personal, y fruto de las contingencias del momento, debemos entender el contexto en el que vive nuestro autor, en un momento de crisis civilizacional. Nace en la Francia de la Tercera República, donde a pesar de las leyes anticlericales de Jules Ferry, todavía permanecen los últimos restos de una sociedad orgánica, que se manifiestan a través de la memoria de la monarquía, la vida rural, las comunidades tradicionales, la religiosidad popular y la continuidad histórica de la nación. Pero también es, de la mano del citado Ferry, la Francia de la secularización de la enseñanza, el triunfo del parlamentarismo, la expansión del capitalismo financiero y el avance de una mentalidad «progresista» que marca el declive inevitable de las formas tradicionales de existencia.

Estas coyunturas condicionan la primera juventud de Bernanos, que toma conciencia rápidamente de la enfermedad espiritual del mundo moderno. Estos motivos, profundos y arraigados en su ser, son los que le impulsarán a militar en Acción Francesa, desde donde podrá dar cuerpo doctrinal y formato ideológico a estas intuiciones. Desde esos años advirtió que la democracia liberal no era la culminación de la historia, sino que, muy al contrario, constituía una forma de ruptura y, consecuentemente, el advenimiento de una crisis. En una carta fechada en 1906 justificaba así su adhesión a la formación monárquica:

Admiro con todo el corazón a estos valerosos de la Action Française, a estos verdaderos hijos de la Galia, llenos de buen sentido y de fe, que se imponen con virulencia, que se definen sin frases… Yo seré siempre un dogmático, asqueado por los compromisos y las renuncias, absolutamente persuadido de que los destinos de Francia, incluso desde un punto de vista religioso, dependen de una doctrina tradicional positiva que es la única adecuada al temperamento nacional y a la raza, porque es nuestra raza la que la ha hecho.

Hay que entender que Bernanos no era un «conservador» al uso, sin más, en el sentido corriente del término. Su profundo desprecio hacia la burguesía económica, acomodada y consagrada a la defensa y protección de un estatus socioeconómico, así como su mentalidad mercantilista, le hizo sentir admiración por y así como por los ambientes del sindicalismo nacional de inspiración soreliana. Esto demuestra que su idea del mundo tradicional no giraba en torno a la idea de la «conservación de privilegios» o de un orden social sin más, demostrando una sensibilidad popular y antiburguesa bastante arraigada. No en vano, consideraba que la tradición francesa había sido traicionada precisamente por esos sectores que decían defenderla. Los representantes de una oligarquía económica son los enemigos de la contrarrevolución que nos propone nuestro autor, y es a través de esta (de la Contrarrevolución) como creía poder restaurar un modelo de civilización propiamente tradicional. De ahí que su animadversión hacia la democracia esté determinada por la idea de que es la expresión de la dominación de una élite económica burguesa que sustituye los valores espirituales por aquellos propios del mercado.

Democracia y deshumanización

Por otro lado, la crítica que Bernanos dirige hacia la democracia va mucho más allá del cuestionamiento de su buen funcionamiento, de sus mecanismos institucionales u otras cuestiones técnicas asociadas o la pérdida de autoridad. Su principal crítica hacia la democracia está relacionada con la progresiva deshumanización del hombre. Esto significa que su visión de la democracia liberal trasciende la mera definición como régimen político para ubicarse en un enfoque más antropológico que otra cosa. El sufragio universal, el parlamentarismo o los partidos son manifestaciones superficiales de un problema mucho más profundo. El hombre moderno ha dejado de considerarse como una criatura vinculada a un orden trascendente al tiempo que se ha considerado como un ser autónomo que no tiene mayor referencia que a sí mismo. La democracia se convierte así en el marco donde este individualismo vacío alcanza su máxima expresión.

Por este motivo Bernanos insiste en que revolución, democracia y laicismo componen una tríada que forma parte del mismo proceso histórico descendente. No son fenómenos que se puedan juzgar separadamente y componen etapas sucesivas dentro de una misma dinámica de emancipación respecto a la autoridad espiritual. Esto supone que Bernanos no acepta . Para Bernanos ambos fenómenos nacen de la misma matriz moderna. Mientras la democracia liberal proclama la soberanía absoluta del individuo, los totalitarismos reclaman la soberanía absoluta del Estado. Sin embargo, ambas posiciones —a juicio de Bernanos— obedecen a una misma característica esencial: la negación de cualquier principio superior que se sitúe por encima del hombre, de tal modo que la única diferencia radica en el método.

La democracia conduce lentamente hacia la absorción del individuo mediante mecanismos económicos, psicológicos y sociales, un proceso equivalente en los totalitarismos pero —insiste Bernanos— de manera abierta y brutal, pero en ambos casos se recorre la misma dirección y, por tanto, sus objetivos son coincidentes. De hecho, considera que el propio desarrollo de las democracias liberales conduce inequívocamente a las consecuencias de los totalitarismos posteriores. El individualismo, de hecho, desemboca en la masificación. La igualdad abstracta termina destruyendo todas las diferencias orgánicas que caracterizan las libertades personales propias de un régimen tradicional, y como la «libertad económica» genera nuevas formas de esclavitud, , en una crítica que denuncia, y esto es importante, todo un modelo de civilización.

Litografía de Maurice Mourlot (1950) que retrata a Bernanos en sus últimos años de vida.

La Primera Guerra Mundial destruye las ilusiones de la sociedad decimonónica, y en ese sentido la experiencia de las trincheras tiene un efecto catártico. El progreso técnico, presentado como un instrumento de liberación humana, puede convertirse en una formidable maquinaria de destrucción y aniquilación de lo humano, y lo hace a través de la idea de guerra industrial que produce millones de muertos y una destrucción sin parangón con épocas precedentes. Es un ataque directo a la condición humana, a un modelo de civilización, algo mucho más esencial que decidir que partido debe gobernar o que constitución debe adoptarse. La pregunta que George Bernanos se hace en este punto es la siguiente: ¿puede sobrevivir una civilización que ha roto sus vínculos con Dios? Y en torno a esta cuestión desarrollará gran parte de su obra. Es por este motivo que su crítica a la democracia no debe interpretarse como una preferencia institucional hacia la monarquía. La institución monárquica representa para él algo mucho más profundo: es la imagen de una sociedad orgánica donde la autoridad se encuentra limitada por deberes, tradiciones, cuerpos intermedios y cuerpos superiores. Es un modelo de sociedad donde las relaciones e interacciones tienen como marco de desarrollo lo concreto, un modelo muy cercano al de un Francisco Elias de Tejada o . Lo fundamental en este orden social de la Tradición para Bernanos es, sobre todo, la existencia de una jerarquía espiritual capaz de ordenar la vida colectiva.

Como observador de su época, Bernanos consideraba que Europa se encontraba en un momento de encrucijada, a partir del cual debía luchar por conseguir recuperar el sentido trascendente de la existencia o, en consecuencia, avanzar hacia una sociedad mecanizada donde la producción, el consumo y la técnica ocuparían el lugar que antes estaba reservado a Dios. Toda su crítica dirigida hacia la burguesía, el dinero, el mito cuantitativo del número, la sociedad de masas y la tecnocracia nace de esta convicción, de la idea de la necesidad de librar una lucha por la supervivencia y la restauración, o bien caer en el ocaso y la destrucción de lo humano. La democracia aparece en este escenario como la expresión política más característica de esta decadencia, el régimen propio de una civilización que ha olvidado el orden espiritual sobre el que descansaba su propia existencia.

La democracia como religión secular

Es importante entender que la crítica que Bernanos desarrolla contra la democracia trasciende el plano ideológico e institucional, aunque también lo contenga. Bernanos no se preocupa especialmente por asuntos constitucionales o discusiones jurídicas acerca del principio de representación política. Lo que le preocupa es la transformación espiritual que se oculta detrás del triunfo de la democracia moderna. Para él, la democracia no constituye simplemente una forma de gobierno entre otras posibles, sino que es la expresión política de una determinada concepción del hombre, del mundo y de la historia, es decir, como una cosmovisión integral.

La democracia es un subproducto de la modernidad, que ha producido un fenómeno paradójico en función del cual el hombre cree haberse emancipado de la religión, pero en realidad no han dejado de comportarse de modo religioso. Han destruido antiguos dogmas, pero los periclitados se han visto sustituidos por otros nuevos, y también han expulsado a Dios de la vida pública cuando han divinizado otras muchas, como el dinero o el concepto de mercado (véanse en tal sentido las ideas de Friedrich Hayek y la escuela económica austriaca). El hombre moderno ha dejado de esperar la salvación del cielo para conformarse con la «redención de la historia». De este modo, la democracia moderna aparece como la heredera inconsciente de la tradición occidental. Sin embargo, no hereda de ésta su contenido sobrenatural, sino una estructura psicológica. El hombre continúa necesitando creer en algo absoluto, sigue aspirando a hacerse acreedor de una finalidad histórica, y fruto de ello la figura de Dios se ha visto trasladada, y privada de su contenido trascendente, en la noción de progreso, en la humanidad abstracta, el pueblo o la democracia.

Por ello Bernanos ve en la democracia moderna un producto que recuerda en sus características y rasgos esenciales a una religión secularizada. Posee dogmas indiscutibles, herejías, excomuniones morales y su propio lenguaje salvífico. Hay determinadas ideas que dejan de ser simples opiniones para convertirse en verdades indiscutibles, cuya negación sitúa al disidente o al discrepante fuera de la comunidad moral. El fenómeno es especialmente visible a través del concepto de verdad en relación al consenso, que se convierte en una de las palabras más utilizadas para sancionar y dar vía de legitimidad al actuar democrático. Mientras, lo verdadero deja de tener una correspondencia directa con el orden natural o el principio divino para reducirse a lo que se somete a la aprobación colectiva.

Edición en español de «Diario de un cura rural» (1936), ilustrada con una escena de la película del mismo nombre, basada en la novela del escritor francés, y dirigida por el director Robert Bresson en 1951.

Durante los siglos de la Europa cristiana, , la verdad discurría con independencia de las opiniones humanas, el hombre podía conocerla o ignorarla, obedecerla o renegar de ella, pero nunca crearla. La democracia moderna —nos dice Bernanos— introduce una transformación decisiva al trasladar la fuente de legitimidad desde la verdad hacia la voluntad colectiva. Ya no importa la conformidad con un orden superior como la aceptación por parte de la mayoría. A priori, y según el discurso moderno anclado en el principio de la autonomía individual, nos dice que es una forma de incrementar la libertad humana. Bernanos nos advierte, muy al contrario, que destruye todo principio de libertad humana. Cuando desaparece toda referencia a lo trascendente, la comunidad política queda encerrada dentro de sí misma y ya no existe ninguna instancia superior capaz de juzgarla. El número y la cantidad se imponen al lugar que correspondía a la verdad, la cantidad sustituye a la cualidad. La opinión reemplaza al juicio, mientras que la idea del sufragio termina convirtiéndose en una especie de sacramento secular mediante el cual la multitud se confiere legitimidad a sí misma a través de una operación autorreferencial.

Esta crítica no está sustanciada en una idea aristocrática convencional, ni es la expresión del desprecio hacia el pueblo, sino que una parte importante de la misma representa una defensa apasionada del hombre sencillo, enraizado en las tradiciones del agro, frente a las oligarquías económicas y financieras. La desconfianza no se dirige hacia las masas populares reales, sino contra esa abstracción ideológica denominada «pueblo soberano». La diferencia estriba, y además de manera radical, entre las comunidades vivas formadas por hombres concretos y esa entidad abstracta invocada constantemente en los discursos democráticos. Por otro lado, la democracia, si nos ceñimos a la etimología del término, tampoco entrega verdaderamente el poder al pueblo, sino que entrega al pueblo, convertido en objeto, a nuevas formas de poder. Y este matiz es importante y además viene contrastado especialmente por la realidad de la democracia liberal de los últimos tiempos.

Mientras el discurso democrático enarbola el principio de la «libertad» como uno de sus estandartes más reverenciados, especialmente centrada sobre la idea de la emancipación del individuo, la realidad se traduce en un proceso radicalmente inverso. El ciudadano moderno está cada vez más sometido a mecanismos impersonales que escapan por completo a su control, generando un fenómeno de alienación muy característico. La expansión de la burocracia, la concentración de poder económico y de fiscalidad extractiva, el desarrollo de mecanismos de propaganda cada vez más sutiles y apoyados en décadas de conocimiento de la psique colectiva, la manipulación y fabricación de la «opinión pública» y el crecimiento de las estructuras administrativas que condicionan las acciones de las personas reducen los márgenes de la libertad en el plano de lo contingente y material. Nuevamente se manifiesta una paradoja (dentro de otra mayor, que es la democracia) a través del individuo que recibe derechos formales (derecho al voto, derecho a cambiarse de sexo o a destruirse de cualquiera de las formas que propone el sistema democrático) a la vez que pierde capacidad real de decisión sobre su existencia.

Bernanos comprende perfectamente que la democracia de masas necesita producir una opinión pública para garantizar su estabilidad, y de aquí surgen todas las tendencias hacia la uniformización espiritual. Los hombres continúan creyéndose libres porque pueden elegir entre «distintas» opciones políticas, pero estas se desarrollan dentro de un horizonte previamente delimitado. La libertad se convierte así en una experiencia artificial, condenada al simulacro y meramente superficial.

En 1947, a su regreso del exilio en Brasil, Bernanos dijo: «La palabra democracia no significa absolutamente nada para mí, me pregunto si no será la palabra más prostituida de todos los idiomas».

Y dentro de esta concatenación de paradojas —para nada casuales, sino más bien causales— cuanto más proclama la democracia la autonomía individual más dependiente vuelve al sujeto individual de las fuerzas colectivas que apenas comprende. Y del mismo modo, cuanto más insiste en la emancipación del hombre más favorece la aparición de mecanismos impersonales capaces de dirigirlo y monitorizarlo. Cuanto más exalta la soberanía popular, más poder adquieren las élites económicas, técnicas y administrativas. Y en este punto, vemos a Bernanos estableciendo una conexión directa entre democracia y tecnocracia, un fenómeno que hoy nos resulta ya más que familiar.

Nuestro autor no se detiene en la clásica crítica conservadora de la democracia en la que se denuncia el igualitarismo o el parlamentarismo, para poner el acento en un lógica interna que obedece a las propias dinámicas apuntadas por la democracia, y que se refiere a la administración técnica de la sociedad. Cuando desaparecen los principios espirituales capaces de ordenar la vida del cuerpo social conforme a principios orgánicos se imponen los criterios de eficacia, productividad y gestión. La política deja de ser un arte orientado hacia el Bien Común para convertirse en una técnica destinada a administrar procesos, como se hace desde el comité ejecutivo de una empresa.

El mito del número y la destrucción de toda jerarquía cualitativa

En paralelo a las críticas y la elaboración doctrinal de René Guénon en torno a sus críticas al mundo moderno, Bernanos desarrolla su crítica hacia la democracia en aquellos aspectos relacionados con el «principio cualitativo». Más concretamente la sustitución progresiva de todos los criterios cualitativos por criterios cuantitativos. La democracia constituye la expresión política de una transformación amplia y profunda que afecta a todos los ámbitos de la existencia moderna y de la civilización. Toda civilización descansa sobre una determinada concepción de la excelencia. Ninguna sociedad puede subsistir sin establecer algún tipo de jerarquía, por invertida o antitradicional que sea. Incluso aquellas que proclaman la igualdad absoluta terminan creando nuevas formas de diferenciación. Por lo tanto, lo decisivo en este terreno es determinar qué principios sirven para constituirlas.

En las sociedades tradicionales las jerarquías se organizaban en función de criterios cualitativos, y la autoridad se vinculaba al honor, a la sabiduría, a la vocación de servicio, la experiencia o la santidad, y en definitiva servían a un principio de continuidad histórica. Estos principios podían llegar a aplicarse de manera imperfecta y dar lugar a abusos, pero conservaban una característica fundamental, remitían siempre a realidades consideradas superiores a los simples deseos individuales.

Bernanos percibe con extraordinaria claridad que la democracia no solo no representa una extensión de los derechos políticos, sino que además es el fruto más evidente de una nueva lógica civilizatoria basada en la cantidad, con la eliminación de todo principio de dignidad moral o autoridad espiritual para reducirlo todo al frío e impersonal número. El número convertido en criterio supremo de legitimidad, usurpando la función de la propia Verdad al verse ésta sometida a un criterio de «popularidad», de ser aceptada por una mayoría. La belleza ya no necesita elevar el espíritu, ni basarse en criterios objetivos e intrínsecos para expresarse con toda su autoridad, ni consagrarse a formar a hombres superiores, sino que debe agradar al mayor número de personas posibles. La verdad sometida al estándar de la masa desvirtúa todos los aspectos de la vida, incluido el de la propia política, que en lugar de orientar a la comunidad hacia el Bien Común, busca satisfacer las expectativas colectivas, que como bien nos enseñó en su ensayo clásico , , son fluctuantes, sometidas al cambio y la inestabilidad permanentes.

La democracia moderna afirma jactanciosa que dignifica al hombre y que ha construido «el mejor de los mundos posibles», cuando ocurre exactamente lo contrario. Ha rebajado toda forma de jerarquía cualitativa rebajando al hombre mismo hasta convertirlo en una unidad estadística, en un número. El ciudadano deja de ser considerado como persona concreta, que se haya inserta en una tradición, en una familia, en una comunidad y en una historia espiritual que se teje en el marco de generaciones. Ahora hablamos de una cifra, de uno más, del sujeto que se subsume en una masa electoral, de un elemento intercambiable dentro de un mecanismo social cada vez más abstracto.

Pero Bernanos rechaza tanto el liberalismo como el socialismo porque entiende que pese a sus teóricos antagonismos, percibe una afinidad profunda entre ambos. Tanto en uno como en otro sistema reducen la realidad humana a magnitudes cuantificables. El liberalismo mide el valor de las cosas en función de su precio, mientras que el socialismo las mide en función de su utilidad social, pero ambos ignoran aquello que no puede ser traducido a cifras, ignoran los valores del espíritu, los aspectos jerárquico-cualitativos de la vida. Y es que al final, las democracias, al destruir las jerarquías naturales y legítimas no hace sino producir jerarquías mucho más vulgares. El santo es sustituido por el famoso, a día de hoy podríamos hablar del youtuber. El sabio es sustituido por el experto y el mismo héroe es incomprendido, porque al final las lógicas mercantilistas de la democracia liberal no entienden toda la grandeza que susodicho término comprende. Y el hombre de honor es sustituido por el triunfador, por el hombre que triunfa en los negocios, en las finanzas o consigue éxitos puramente materiales. Es una crítica que asume una perspectiva metafísica bajo la consideración de que la democracia ha confundido la igualdad espiritual de las almas ante Dios con la igualdad absoluta de todas las opiniones, de todos los juicios y de todas las formas de ver la vida.

Burguesía y dinero: corrupción espiritual del mundo moderno

Quizás sorprenda a muchos lectores bisoños en los escritos de Georges Bernanos el hecho de que su principal enemigo no es el socialismo, ni tan siquiera la democracia parlamentaria en un sentido estricto, sino la burguesía. Y en especial una determinada forma de la mentalidad burguesa que, a su juicio, constituye el verdadero principio organizador del mundo moderno. Esta hostilidad puede desconcertar desde el enfoque limitado y sesgado de quienes lo afrontan desde las categorías «izquierda vs derecha», pero lo cierto es que Bernanos puede bien definirse bajo las etiquetas de monárquico, tradicionalista, católico y contrarrevolucionario, y por ese mismo motivo trata de desenmascarar a ese grupo social que siempre se ha presentado como defensor del orden, de la propiedad y de la civilización cristiana.

Es obvio que no existe contradicción alguna, aunque así sea concebido en el caos moderno de las ideologías de partido, que conciben el pensamiento político como compartimentos estancos. Hay que matizar también, que «conservador», categoría que puede atribuirse a la burguesía de ciertos períodos históricos en la contemporaneidad, no equivale necesariamente ni a «contrarrevolucionario» ni a «tradicional». De hecho, Bernanos tampoco concibe a esta burguesía como una garante de la estabilidad, más bien todo lo contrario, atribuyéndole una dinámica revolucionaria y destructiva del orden tradicional. La Revolución Francesa de 1789 no fue una rebelión popular contra las élites, como los modernos manuales de historia (especialmente en el ámbito escolar) nos pretenden imponer, sino la victoria definitiva de una nueva élite cuyo único principio rector era el dinero.

Esta idea ya nos aparece prefigurada en (1937), que constituye un panfleto político donde se arremete contra esta burguesía conservadora y pretendidamente católica, y que será recurrente en sus escritos posteriores. La clave de la transformación moderna no estaba simplemente en la sustitución de la monarquía por la república o de las aristocracias por la democracia, sino que lo decisivo fue la sustitución de una civilización tradicional, jerárquica y orgánica por otra que giraba alrededor de valores puramente materiales, mercantiles y fundamentados sobre el beneficio económico. Esta es la verdadera clave interpretativa , y que no se reduce a la aparición de una nueva forma política sin más, sino que supone la desaparición de una jerarquía de valores, de un orden del mundo, de una cosmovisión orgánica.

Con anterioridad a 1789 la riqueza había tenido una posición más subordinada dentro del imaginario europeo, y aunque nadie negaba su importancia práctica, no constituía un criterio supremo y absoluto de prestigio. El noble podía ser más admirado que el comerciante, o el santo contaba con mayor respeto que el banquero, o bien el héroe en relación al hombre próspero. La modernidad altera radicalmente estos ideales reguladores y por primera vez en la historia europea el éxito económico comienza a convertirse en la medida fundamental del valor humano. El dinero deja de ser un instrumento, una unidad de medida y de cambio, para convertirse en una medida fundamental del valor humano. La riqueza deja de ser una posesión y se transforma en una justificación que encarna criterios morales implícitos. El hombre rico deja de ser alguien que tiene más para ser percibido como alguien que vale más.

Es una inversión que a Bernanos le parece catastrófica, y no porque rechace la propiedad privada ni porque conciba ideas vinculadas a un igualitarismo económico. Lo que repugna a nuestro autor es la degradación espiritual que acompaña a la absolutización de la riqueza, el hecho de que el dinero se convierta en el principio y soporte de toda una civilización, en la que todo termina por reorganizarse en torno a este. Las instituciones, las costumbres, la educación e incluso la religión comienzan a adaptarse de manera progresiva a las exigencias del interés económico.

Pero Bernanos no considera que la burguesía haya destruido las antiguas tradiciones frontalmente, presentándose como un elemento disruptivo, externamente, sino que las ha vaciado desde dentro, apropiándose del lenguaje de la tradición mientras eliminaba su contenido esencial. Dentro del orden liberal, esta burguesía continuaba hablando de familia, de Patria o religión sin entender ninguna de las realidades que representan, como si fuesen fines en sí mismos. Todas estas categorías quedan subordinadas a la lógica burguesa de la seguridad, la comodidad y la prosperidad. La burguesía instrumentaliza todos estos principios, mostrándose incapaz de sacrificar sus intereses por aquello que dicen creer, reduciéndolos a una retórica estéril, en meros adornos respetables en una existencia dominada por el cálculo.

Por todo ello, la burguesía representa la corrupción del viejo orden tradicional. La aristocracia tradicional podía ser injusta, egoísta o decadente, pero podía vivir dentro de un universo donde todavía prevalecían conceptos como el honor, la fidelidad o el sacrificio, y sobre todo poseían un significado real, sin los simulacros y manipulaciones de una burguesía moderna que ha destruido estos valores para imponer los que caracterizan a la mercantilización del mundo que domina nuestros días. Y este cambio no es insignificante, sino que tiene unas consecuencias inmensas sobre la propia antropología contemporánea, en la que el hombre pasa de preguntarse qué es justo o verdadero a qué es útil o conveniente. El horizonte moral viene a ser sustituido por horizonte económico-utilitarista que construye un nuevo tipo humano incapaz de cualquier grandeza, privado de toda posibilidad de emprender un acto heroico, que siempre implica una idea de sacrificio desinteresado y, hasta cierto punto, altruista.

Simone Weill, exponente de una pseudoespiritualidad muy del gusto de amplios sectores de la Iglesia modernista y postconciliar, ha sido utilizada con frecuencia para proyectar la falsa imagen de un George Bernanos carecterizado como un «católico progresista».

La burguesía produce hombres prudentes, razonables y moderados, el demócrata equidistante, que es incapaz no solo de cualquier acto heroico, sino también de alcanzar la propia santidad. El mundo burgués no tiene una necesidad inmediata de eliminar la religión, sino que la vuelve inocua, y no tiene necesidad de prohibir el culto religioso, porque convierte las iglesias en instituciones respetables y socialmente útiles, y reducen la moral, y todo dogma religioso, a convenciones destinadas a garantizar la prevalencia de cierto orden social, que, por supuesto, es funcional a los intereses de esta burguesía. De ahí la domesticación del Cristianismo que denuncia Bernanos, y que conlleva la conversión de la religión, como de otros elementos característicos de la sociedad tradicional, en instrumentos al servicio del orden burgués.

Justicia frente a igualitarismo

Este punto tiene una importancia fundamental, porque Bernanos no construye una apología de los privilegios sociales, en el sentido que modernamente se entiende la teoría aristocrática que pudiera defender un tradicionalista, sino que su su punto de partida es radicalmente diferente, mucho más profundo. La cuestión que le preocupa es la transformación del concepto cristiano de igualdad en una ideología igualitarista que termina negando aquello que pretendía, a priori, proteger: la dignidad irreductible de la persona.

Bernanos considera que la mayor revolución espiritual de la historia viene constituida por el Cristianismo porque proclama una igualdad desconocida en el mundo antiguo. Ninguna civilización precedente había afirmado con tal radicalidad que toda alma humana posee un valor absoluto ante Dios. El esclavo, el campesino o el rey comparecen ante el juicio divino revestidos de la misma dignidad ontológica, no porque sus funciones históricas sean idénticas o porque sus capacidades naturales coincidan, sino porque todos participan de la misma vocación sobrenatural. La igualdad cristiana no nace de la semejanza entre los hombres, sino del misterio de la creación y de su destino eterno. El fundamento sobre el que descansa no pertenece al orden político, sino al orden metafísico.

Bernanos considera que la modernidad conserva esta afirmación fundamental, pero la despoja progresivamente de su fundamento trascendente. El resultado de esta operación de inversión es el que deriva en la articulación de una igualdad de todas las voluntades dentro del espacio político, de alguna manera se hace una extrapolación del plano metafísico (igualdad de las personas ante Dios) al plano político, que modifica por completo el significado de la idea original. El punto de este desplazamiento se encuentra en la sustitución del ser por el poder, y con ello se deja de expresar una verdad sobre la condición humana para convertirse en un principio de organización social. Lo que antes pertenecía a una común filiación divina pasa ahora a justificar la equivalencia de todas las opiniones, de todos los juicios y de todas las formas de vida.

De este modo, nos señala el autor francés, la democracia moderna no inventa conceptos novedosos, y lo que sí hace es participar de un proceso de secularización de aquellas categorías heredadas del Cristianismo, pero las separa de la visión religiosa del hombre que les otorgaba sentido en origen. Así vemos como, por ejemplo, nociones como «igualdad», «fraternidad» y «dignidad» permanecen formalmente intactas mientras experimentan una transformación profunda en su contenido. Con la orientación secularización que supone la pérdida del orden objetivo querido por Dios, la igualdad pierde su carácter ontológico para someterse a las exigencias de uniformidad social. En consecuencia, la justicia ya no consiste en dar a cada uno lo que le corresponde en función de su naturaleza y su vocación. A partir de este momento comienza a identificarse con la eliminación progresiva de todas las diferencias que la sensibilidad moderna integra como injustas.

No obstante, todas aquellas desigualdades escandalosas son denunciadas por Bernanos, que exige una respuesta moral ante ellas. Su crítica a la burguesía por la explotación económica y la indiferencia hacia los pobres constituyen una prueba evidente de ello. De hecho, expresa de manera recurrente una mayor solidaridad con el campesino, el trabajador o el hombre sencillo que con las élites acomodadas de su tiempo. Y ello se debe a que concibe la justicia desde las categorías del pensamiento cristiano, rechazando que la solución consista en negar toda diferencia entre los hombres. A su juicio, el igualitarismo moderno confunde dos cuestiones completamente diferentes: la misma dignidad de las personas, independientemente de su posición social y económica, y la diversidad real de las funciones, capacidades y vocaciones humanas.

El igualitarismo democrático parte de una imagen abstracta del individuo, concebido como una unidad indiferenciada cuya identidad queda reducida al hecho de poseer determinados derechos. Es una abstracción que resulta incompatible con la experiencia concreta de la existencia humana. Ningún hombre nace aislado o al margen de una colectividad, de una educación, o de una vocación que configuran a cada persona, y condicionan su desarrollo, tanto en lo individual como en lo colectivo. La igualdad jurídica no elimina esta riqueza de determinaciones, ni debería pretenderlo. Sin embargo, la lógica uniformizadora y su tendencia a reducirlo todo al mismo rasero, el más bajo, tiende a homogeneizar y reducir la pluralidad de los hechos humanos, expresada a través de una multiplicidad de formas de ser en el mundo, a individuos formalmente equivalentes.

Pero esta igualdad no es sino una forma de uniformización que ataca el corazón mismo de las concepciones propias de una sociedad tradicional, donde se aceptaba la coexistencia de múltiples formas de ser, de diferentes tipologías humanas (el santo, el héroe, el sabio, la autoridad paterna, el magisterio intelectual etc) generando unos patrones de pensamiento y una cultura igualitaria que desconfía de forma creciente de toda superioridad cualitativa. Se genera una animadversión hacia toda forma de excelencia, que resulta sospechosa, y se percibe como una amenaza para la igualdad. Y de ahí nace una marcada tendencia hacia el espíritu de masa democrático, marcado por la mediocridad y la nivelación permanente.

La nivelación es, sin lugar a dudas, uno de los síntomas más evidentes de la decadencia espiritual de Europa y «Occidente». Una civilización sana y que tiende a lo alto debe proponer modelos de conducta ejemplares, como los que ya hemos citado, y que tiendan a la virtud, a la potencia, al sacrificio o a la inteligencia como un espejo formativo para las nuevas generaciones. Cuando toda forma de superioridad se vuelve sospechosa y estos modelos son rechazados por «quebrantar» una igualdad amorfa y abstracta el resultado no es una comunidad más justa, ni con aspiraciones elevadas.

Aquí la jerarquía del espíritu reivindicada por Bernanos no tiene nada que ver con la relación entre dominadores y dominados, sino que se plantea nuevamente en términos metafísicos: entre quienes poseen la verdad y quienes se abandonan en la mediocridad espiritual.