El enemigo del sur: el asalto de Ceuta
El asalto a Ceuta revela una estrategia geopolítica marroquí y la pérdida de soberanía española en el Mediterráneo occidental.

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El pasado 30-31 de julio nos asaltó la noticia de que un tumulto de súbditos del reino de Marruecos, integrado por unas cifras que oscilan entre las 50.000 y 100.000 personas1, asaltaron, sin resistencia alguna una de nuestras fronteras ubicadas en el sur de España, en Ceuta, y con Melilla, la otra ciudad autónoma española ubicada en el norte de África, viéndose afectada en menor medida. Ambas ciudades, como cualquier persona mínimamente versada en historia conoce, afirman su españolidad en un hecho indudable e irrefutable desde hace más de 500 años, cuando el país alauita no existía ni remotamente, dado que se creó en 1956, hace escasamente 70 años.
A continuación entraremos en los detalles que trazan ese itinerario histórico y que hacen a las dos plazas españolas norteafricanas tan españolas como Barcelona, Toledo o Huelva, por citar tres capitales de provincia de muy diversa ubicación geográfica.
Este asalto, que presumiblemente forma parte de la geoestrategia marroquí, urdida dentro de una planificación más amplia —con Estados Unidos e Israel a la sombra— pretendía «probar» a las autoridades españolas bajo el camuflaje de una eventual «crisis migratoria». Además sabemos que todos los flujos «migratorios» que proceden del sur son coordinados y promovidos por Marruecos2, con sus propios súbditos, que componen el grupo más numeroso de extranjeros en España —donde, por cierto, protagonizan toda suerte de hechos luctuosos3 (no hay más que leer la prensa de sucesos y las estadísticas disponibles4)— y componen el grupo más numeroso de población carcelaria de origen extranjero5. Todo ello además de la sospecha y la difusión de información por parte de determinados medios de la idea de que hay bajas tasas de cotización y son los principales beneficiarios de ayudas públicas6. Tampoco podemos ignorar las imágenes de estos días, entre aquellos que retornaron a Marruecos y eran recibidos literalmente a palos por sus propias autoridades7, en una muestra inequívoca del poco respeto que Marruecos tiene por su propia población.
También podríamos añadir la absurda y demencial situación de nuestras leyes frente a los denominados MENAs, acrónimo de «Menores extranjeros no acompañados», que establece que cada vez que supuestos menores —y aunque lo sean— cruzan las fronteras de nuestro país, inmediatamente los servicios públicos y autoridades españolas, y en consecuencia quienes pagamos impuestos, asumimos automáticamente la responsabilidad, todo ello justificado con absurdos argumentos humanitarios, de mantenerlos y alojarlos de manera totalmente gratuita8, en lugar de devolverlos a sus países de origen con sus progenitores, algo que también debiera hacerse con los adultos.
Y esto no termina aquí. Marruecos, además de utilizar a sus ciudadanos como quintacolumnistas de su estrategia agresiva y beligerante contra España, también goza de acuerdos comerciales de liberalización que legitiman una competencia desleal y actúan de manera dañina sobre los productos agrarios del campo español9. Y las consecuencias se hacen sentir con la entrada de productos marroquíes, mediocres y sin las garantías sanitarias pertinentes que sí se exigen a los agricultores españoles y europeos, con aranceles reducidos y, como ya señalamos, con la total ausencia de garantías fitosanitarias. Recientemente hemos visto en prensa noticias que aludían a productos oriundos de susodicho país contaminados por hepatitis10, porque usualmente utilizan las aguas fecales para el uso agrícola.
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La crítica debe hacerse extensiva, claro está, a las políticas de la UE y los gobiernos demoliberales que la integran, que no han dejado de destruir la soberanía de sus pueblos en una materia tan sensible como es el tema agroalimentario, al no proteger los productos locales y la producción de los países miembros11. Normas y leyes promovidas por los parlamentarios de la UE y los burócratas antieuropeos de Bruselas, han condenado al mundo rural a la desaparición con los crecientes marcos regulatorios en diferentes materias (medioambientales, laborales, burocráticos etc), incapaces de competir con productos procedentes tanto de Marruecos como de otros países fuera de la UE, que ignoran activamente todas las regulaciones y que producen a menor coste y con todo tipo de ventajas respecto a los productores nacionales europeos.
Todo ello debe ser enmarcado simultáneamente con el debilitamiento de poder y trascendencia del Estado-nación, cuya pérdida de soberanía en nombre de órganos transnacionales nos ha llevado a ser un apéndice más dentro de una organización satélite de los intereses anglosionistas en el mundo.
Recordemos además que precisamente Marruecos se ha convertido en un actor geopolítico preferente para Estados Unidos e Israel12, y hay una evidente voluntad de convertir al país norteafricano en una potencia regional. Buena prueba de ello la tenemos en los recientes acuerdos en materia de armamento y logística con Israel, o el reconocimiento de Estados Unidos, bajo la administración de Trump13, de las reclamaciones territoriales marroquíes sobre el Sahara Occidental.
Como decíamos, el propio uso de la «presión migratoria» como arma geopolítica, hace que el régimen de 1978 que la España actual tiene la desgracia de padecer desde hace casi cinco décadas, se vea comprometido en materia de seguridad, comercio e inmigración. Una España como la actual, sin soberanía efectiva, y asediada por sus enemigos sempiternos, entre los cuales se encuentra la propia antiEspaña. Se trata de un fenómeno secular que podríamos remontar a tiempos medievales, dentro del propio proceso de Reconquista, y que se deja entrever en su continuidad hoy día a través de un complejo entramado de poderes subsidiarios de intereses extranjeros que operan dentro del propio régimen. Unos poderes que alimentan al enemigo, porque no olvidemos que incluso existen políticos del régimen al servicio de Marruecos, que actúan consciente y deliberadamente en contra de los intereses del pueblo español. Y no se trata solamente de Pedro Sánchez, que al fin y al cabo no es más que un peón mediocre y con un ego desproporcionado, un simple arribista que actúa con impunidad ante la quiebra de una ficticia «legalidad constitucional», que en el fondo siempre fue un mero reclamo para disimular una pretendida legitimidad que nunca existió, ni tan siquiera en origen.
Con lo cual, el tema de la agresión de Marruecos a la integridad territorial española es parte de un contexto más amplio, que es necesario tomar en cuenta, y donde hay factores geopolíticos y estratégicos que trascienden el conflicto que se libra entre ambos Estados, dada la concurrencia de terceras potencias, como son Estados Unidos e Israel, que concretaremos en sucesivos apartados.
Ceuta y Melilla, una españolidad irrenunciable
Fuentes interesadas, especialmente desde el mundo anglosajón, que tratan de erosionar y debilitar los fundamentos de la soberanía y la integridad de España, primero como imperio y posteriormente como nación soberana, han tendido a presentar a Ceuta y Melilla como restos del imperio colonial español en África — y esto con el enorme agravio para España y el cinismo que supone frente al caso de Gibraltar. Desde una perspectiva histórica este argumento no es ya solo difícil de sostener, sino imposible, dado que la historia de ambas ciudades permanece ligada al mundo hispánico desde etapas muy tempranas, muy anteriores al nacimiento de Marruecos como nación moderna, con lo cual no se le pueden aplicar de manera retrospectiva y a voluntad las categorías políticas del siglo XX, cuando hablamos de una realidad que nos remite a la Edad Media y Moderna, en un escenario completamente diferente.
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Ya a finales del siglo III d. C. el Reino visigodo de Toledo luchó por el dominio y control de las plazas norteafricanas de Tánger y Ceuta contra el Imperio Romano de Oriente, contra Bizancio. A la muerte del rey Witiza en 710 y con la elección del nuevo sucesor Roderico (Don Rodrigo) se desencadenó una crisis sucesoria que marcaría el principio del fin del reino toledano. Una de estas facciones, la del difunto Witiza, creyó que encontraría la clave para imponerse a la facción rival reclamando la ayuda del pujante imperio musulmán de los Omeyas, que ya había conquistado territorios norteafricanos y se proyectaba sobre la Hispania de la época. Utilizando como enlace al pérfido Don Julián, que en aquel entonces era gobernador de Ceuta, recurrieron a Tarik, a quien facilitaron el paso por el estrecho para acceder a la península con la primera expedición de reconocimiento de Tarik. Hacemos notar que ya en aquel entonces Ceuta formaba parte del conjunto de territorios hispánicos, conectada a los mismos procesos históricos que el resto del orbe peninsular. Y de hecho, formando parte del hecho fatídico que produjo la caída del reino visigodo y el advenimiento de la invasión sarracena de España.
Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415, dentro del proceso de expansión atlántica promovido por el rey Juan I. A comienzos del siglo XV el territorio del Magreb estaba compuesto por un territorio fragmentado bajo diferentes dinastías, y Ceuta se encontraba bajo el poder del Sultanato Benimerín, que durante el siglo XIII arrebató a su vez a los almohades. Aprovechando la inestabilidad y crisis interna, y la lucha entre diferentes facciones en la pugna por el poder, los portugueses tomaron por la fuerza susodicha plaza. No sería hasta el año 1580, con la unificación dinástica de las coronas de Castilla y Portugal bajo el poder de los Austrias, cuando Ceuta pasó a formar parte de la misma unidad política dentro del Imperio Español. Esta unidad pervivió hasta 1640, cuando a raíz de la crisis de la corona española, ya en pleno proceso de decadencia y perdiendo la hegemonía de la que había gozado en las décadas precedentes, vio restaurarse la independencia portuguesa. Pero en este caso Ceuta decidió permanecer fiel a la Corona española de manera voluntaria. Esta decisión quedó jurídicamente reconocida en el Tratado de Lisboa de 1668, que sirvió para el reconocimiento definitivo de la soberanía española sobre la ciudad por parte de Portugal.
Melilla, la otra plaza norteafricana, presenta una evolución histórica muy similar. Fue incorporada al reino de Castilla en 1497, pocos años después de la conclusión de la Reconquista con la incorporación de Granada. La toma de la ciudad, al igual que venía ocurriendo con Ceuta, estaba motivada por razones estratégicas y comerciales, parte de la política mediterránea de los Reyes Católicos para frenar la piratería berberisca y asegurar el normal desarrollo de las actividades comerciales que discurrían por las rutas comerciales a través de la costa africana, y que causaba notables perjuicios en las costas españolas del otro lado del estrecho.
No se trata de interpretaciones, especulaciones o meras elucubraciones, hablamos de datos históricos perfectamente contrastables y consultables en cualquier libro de historia, o por cualquier medio de información en la web mínimamente serios y rigurosos. El dato cronológico reviste una importancia fundamental, porque la presencia española en el norte de África está atestiguada desde hace muchos siglos, y para nada tiene que ver con ningún tipo de proceso de colonización, tal y como modernamente se entiende, y que nos remite a categorías del siglo XIX, y bastante más ligado a los Imperios anglosajón y francés que al español, al que se ha asociado una Leyenda Negra que, afortunadamente, ha sido desmentida y ampliamente rebatida por multitud de historiadores hasta la fecha de hoy —desde Julián Juderías, Elvira Roca Barea o Iván Vélez entre otros muchos—, que nos muestran a una España que se replicó a sí misma en aquellos territorios que conquistaba, al modo de Roma, creando estructuras de civilización y confiriendo la plena ciudadanía española, como sucedió con la América española. Además, en el caso que nos ocupa, el nacimiento del Marruecos moderno es fruto de un estado previo, el del protectorado franco-español que se mantuvo vigente hasta su independencia en 1956. Con lo cual, la legitimidad histórica de las reivindicaciones marroquíes sobre las dos ciudades autónomas es inexistente y carece de fundamento alguno.
Durante los siglos XVI y XVIII, Ceuta sufrió numerosos asedios protagonizados por los sultanes del Magreb, siendo especialmente prolongado el Gran asedio de Ceuta (1694-1727), lo que contribuye a consolidar, por si todavía no fuera suficiente, las pruebas de la existencia de una soberanía española. El Sultán alauita Muley Ismail se propuso hacerse con el control de la plaza tras arrebatarle Tánger a los ingleses, que en aquel entonces ostentaban su control, y Larache y Arcila a los españoles. La ciudad fue bloqueada durante un largo periodo y, sin embargo, fue defendida con éxito por la guarnición española gracias al apoyo logístico proporcionado desde el otro lado del estrecho, incluso durante la Guerra de Sucesión (1701-1713), que desangró a la corona hispánica en una guerra civil internacionalizada.
A partir del siglo XIX Ceuta y Melilla dejaron de ser simples plazas fortificadas para convertirse en elementos fundamentales de la política española en el Norte de África. A raíz de la Guerra de África (1859-1860), que estuvo motivada por los continuos incidentes fronterizos alrededor de Ceuta, la victoria española culminó con el Tratado de Wad-Ras (1860), que además de ampliar el perímetro territorial de Ceuta, reconoció la posesión española de Santa Cruz de Mar Pequeña (Ifni), y consolidó jurídicamente la situación de ambas ciudades frente a las pretensiones del Sultanato marroquí.
Con posterioridad, durante las Campañas del Rif y la Guerra del Protectorado, Ceuta y Melilla desempeñaron un papel esencial como bases logísticas, con su puerto militar y sus centros de aprovisionamiento del ejército español. Una serie de operaciones militares fueron desarrolladas conjuntamente por España y Francia para pacificar el Norte de África, la zona del Magreb. Conviene recordar, frente a toda suerte de equívocos, que estas acciones militares resultaron beneficiosas para el decadente Sultanato marroquí, puesto que combatieron a las tribus rebeldes que desafiaban la autoridad de éste último. Hay que destacar que el conflicto, que atravesó momentos dramáticos, como sucedió con las derrotas de Barranco del Lobo (1910) y el Desastre de Annual (1921), donde se produjo una matanza despiadada de españoles tras una serie de errores estratégicos del General Fernández Silvestre, puso en peligro la seguridad de Melilla, cuya resistencia a los ataques de las tropas de Abd El-Krim fue decisivo para evitar un colapso todavía mayor de la posición española. Unos años más tarde, en 1925, tendría lugar el desembarco de Alhucemas, en una de las operaciones anfibias más importantes del siglo XX, y que se organizó mayormente desde Ceuta y Melilla.
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Las guerras contra Marruecos ya tenían precedentes en los tiempos de Carlos III (1774-1780) por el ataque y hostigamiento del Sultán Muley Muhamad ben Abdallah sobre Ceuta, Melilla y otros territorios norteafricanos españoles, que culminó con el Tratado de Tánger (1780) que, como las guerras sucesivas con sus correspondientes tratados de paz, terminaron siempre de manera favorable a los intereses españoles.
No tenemos tiempo, ni creemos que haya que incidir demasiado en las campañas de Marruecos durante la época del Protectorado Franco-español. Hay que entender que las dos ciudades autónomas fueron los pilares de la presencia española en el Norte de África durante más de cuatro siglos, desempeñando una función militar, comercial y estratégica que excede por mucho sus limitadas dimensiones territoriales. Su historia está ligada a la defensa del Mediterráneo occidental, a la evolución de la monarquía hispánica, etc. Ambas ciudades permanecieron sometidas durante todo este periodo de tiempo a una presión enorme e incesante por parte de las diferentes dinastías asentadas en el territorio del actual Marruecos.
En época moderna, cuando se define el concepto de ciudadanía dentro de las constituciones liberales, Ceuta y Melilla adquieren la categoría de municipios de población y van abandonando sus antiguas funciones de fortalezas militares y territorios de soberanía. Dejaron de tener gobernadores municipales y desarrollaron instituciones, participando de la uniformización administrativa del resto de territorios españoles. Conviene apuntar también que Ceuta y Melilla no formaron parte del Protectorado Franco-español durante las primeras décadas del pasado siglo XX, y permanecieron excluidas del mismo al ser territorio español preexistente.
De modo que, si bien el Protectorado constituido en 1912 puede ser integrado dentro del fenómeno colonial moderno en colaboración con Francia, en el caso de Ceuta y Melilla podemos hablar de una presencia ininterrumpida de siglos. Esta insistencia viene a colación de las declaraciones de determinados personajes públicos que hablan de «descolonizar» ambas ciudades, ignorando un prolongado legado histórico y una presencia española que precede a la existencia del Marruecos moderno. En ningún caso se mantiene aquí una relación entre metrópoli y colonia, como sí ocurre con territorios donde estadounidenses, franceses o británicos —por citar algunos de los países de donde proceden esas afirmaciones— han practicado un colonialismo brutal hasta nuestros días, manteniendo todos ellos colonias en espacios geográficos muy diversos a nivel mundial. Podemos citar a Puerto Rico en el caso de EE.UU, Guyana Francesa, Martinica y una multitud de archipiélagos o Gibraltar, Malvinas y diferentes grupos de islas en diferentes mares en el caso británico. La Carta de la ONU (1945) invocando los «derechos humanos», una ideología de cuño liberal que estas naciones deberían seguir a rajatabla, habla del derecho a la libre determinación y de la violación de derechos fundamentales derivadas de la práctica colonial. Se habla de territorios pendientes de descolonización, y bajo ese estatus, en ningún caso, puede incluirse a Ceuta y Melilla14.
Ceuta y Melilla desde el ámbito de la geopolítica
Es evidente que la ubicación geográfica de Ceuta y Melilla tiene una importancia primordial para explicar los hechos de los últimos días. Ambas son fundamentales como puntos de apoyo sobre uno de los principales cuellos de botella marítimos del mundo. Hay que tener en cuenta que el Estrecho de Gibraltar es el único acceso entre el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo por el que transcurre una parte significativa del comercio mundial, de las rutas energéticas y los despliegues navales de las potencias occidentales. No se trata de un conflicto meramente fronterizo, y por ello debe ser contextualizado sobre un marco más amplio, de naturaleza geopolítica, donde adquieren sentido las crisis migratorias, diplomáticas y territoriales.
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Quizás, antes de ahondar en la cuestión geopolítica, debiéramos incidir en un planteamiento más metapolítico, que más allá de las ciudades norteafricanas, tienen que ver con una crisis de identidad que precede a todo problema territorial. Un problema geopolítico no aparece de manera aislada, sino que es la consecuencia visible de una decadencia política, cultural e institucional previa, como ocurre precisamente con el R78, ampliamente deslegitimado desde hace años e inmerso en una crisis de difícil resolución. Y en la historia de España, ésta última se ha construido siempre en combate directo con aquello que nos niega, frente a un poder antagonista, como ocurrió durante la Reconquista.
En cualquier caso, el asalto a la frontera de Ceuta de finales de julio es la expresión de un problema coyuntural que nos remite a la modificación de las relaciones de fuerza en el Mediterráneo occidental. Por ello hay que saber ir más allá del propio incidente fronterizo, y de las reacciones que se derivan del hecho, para verlo en perspectiva. Lo cierto es que las tensiones actuales habían sido anunciadas con décadas de antelación por quienes estudiaban la evolución estratégica del Magreb, con la creciente influencia marroquí y la progresiva pérdida de iniciativa de España en la zona. A comienzos de la década de 1970 Jean Raspail ya anticipó con su famosa novela El desembarco (El campamento de los santos) las consecuencias de la presión migratoria masiva sobre Europa, con unas naciones debilitadas, cuestionando su propia legitimidad histórica y el valor de la propia cultura y legados ancestrales. Al mismo tiempo, la utilización de grandes movimientos de población como elemento de presión política es algo perfectamente constatado desde hace décadas.
Dada la importancia del Mediterráneo occidental, que está siendo objeto de una profunda reestructuración estratégica, las relaciones bilaterales España vs Marruecos no son las únicas en juego, ya que confluyen intereses atlánticos, mediterráneos y africanos. Y en este contexto y juegos de fuerzas, Ceuta y Melilla adquieren una enorme importancia. Ceuta ocupa una posición excepcional, y a lo largo de la historia ha permitido a España mantener una presencia permanente en la orilla africana, y en consecuencia participar en el equilibrio estratégico regional de la mencionada vertiente mediterránea.
El escenario ha cambiado notablemente en las dos últimas décadas a raíz de las transformaciones internas de Marruecos. Frente a la imagen mantenida de un Estado periférico y dependiente, el régimen de Rabat aparece ahora descrito como una potencia regional en proceso de expansión económica, diplomática y militar. El crecimiento de infraestructuras como Tánger Med15, la diversificación de alianzas internacionales (Estados Unidos e Israel) y la modernización de las Fuerzas Armadas son manifestaciones evidentes de una estrategia nacional destinada a convertir a Marruecos en uno de los principales actores del Mediterráneo occidental y el África atlántica. Y este hecho constituye una amenaza directa para España, dadas las pretensiones de expansión territorial expresadas tanto sobre Ceuta y Melilla como sobre las islas Canarias.
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La pregunta pertinente ante este nuevo panorama que se empieza a vislumbrar está clara: ¿qué lugar ocupa España en la reorganización geopolítica del Mediterráneo occidental? La respuesta está en la capacidad que el decadente Estado español sea capaz de mostrar en un escenario que ha cambiado completamente su naturaleza. El servilismo del gobierno español —en el que podemos incluir al resto de fuerzas políticas del régimen, a izquierda y derecha— no augura nada esperanzador o a lo que aferrarse para mantener la integridad territorial o el estatus regional de España frente a Marruecos.
Por ese motivo no podemos interpretar la política exterior de Marruecos como una sucesión de episodios improvisados y oportunistas, porque forma parte de un plan, de una estrategia a largo plazo que ellos están ejecutando de manera coherente y ordenada. Y ahora mismo, quien ha construido el escenario de crisis y quien tiene el control sobre los acontecimientos es Marruecos, no España. Y no debemos hablar solamente de un desarrollo económico y una modernización de las estructuras del país, sino que se han configurado unas élites con un pensamiento estratégico, forjadas en las últimas décadas, con un pensamiento geopolítico, del que España carece por completo en la actualidad. Mientras Rabat ha trazado objetivos permanentes a medio-largo plazo, como la proyección africana, la modernización militar, el control de las rutas comerciales o el fortalecimiento diplomático, Madrid ha quedado atrapada en la lógica de la gestión administrativa, con unas élites traidoras y al servicio de los enemigos de España, incapaz de formular un proyecto nacional para el Mediterráneo occidental.
Y no se trata de que Marruecos haya ganado influencia, es que podemos hablar de un proceso de inversión progresiva en el equilibrio histórico entre ambos países. Durante los últimos siglos España fue la potencia organizadora del espacio norteafricano. Aunque su capacidad fuese limitada y estuviera condicionada por Francia y Reino Unido en los siglos XIX-XX, España mantuvo una presencia activa en toda la zona y una superioridad militar, económica y tecnológica. Pero ese escenario ya no existe en la actualidad. La construcción de la enorme estructura portuaria de Tánger Med, la más grande de todo el Mediterráneo occidental, es la expresión de este desarrollo y este poder que también se expresa a través del control de grandes cadenas transportes, la atracción de inversiones, la conectividad marítima o la integración en los grandes flujos comerciales. De manera que este puerto se ha convertido en un arma geopolítica de gran valor, porque las infraestructuras nunca son políticamente neutrales, un puerto es capaz de incrementar el poder de un Estado y su peso en diferentes ámbitos. Y en este caso sitúa a Marruecos como interlocutor entre Europa, África y el Atlántico. Marruecos ha sabido aprovecharse de su condición geográfica entre dos continentes y dos océanos, lo cual ha convertido en un activo diplomático permanente.
Por otro lado, Marruecos ha diversificado su red de alianzas internacionales, estrechando relaciones con Estados Unidos y profundizando en la cooperación con Israel tras los Acuerdos de Abraham (diciembre de 2020), cuyas consecuencias tuvieron implicaciones de peso en las reivindicaciones territoriales sobre el Sáhara occidental, que fueron apoyadas por Estados Unidos, derivando posteriormente en el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre este territorio, antiguo territorio español. Por otro lado, el desarrollo de acuerdos en materia de tecnología militar y ciberseguridad con la entidad sionista, que incluye el acceso a armamento israelí y sistemas de espionaje de última generación. Estados Unidos, históricamente ha sido enemiga de España, desde 1898 en adelante, y frente a la cual hemos tenido que mantener una posición subordinada, o bien el caso de Israel, que también ha mostrado en reiteradas ocasiones su animadversión hacia nuestro país, y que, recordémoslo, durante el régimen franquista nunca fue reconocida como nación soberana e independiente, algo que solo ocurrió bajo el primer gobierno de Felipe González, concretamente en 1986. Estas alianzas del reino alauita actúan claramente en perjuicio de España, lastrada ya por su propia crisis interna.
El problema es que Marruecos, como se dice coloquialmente, nos está comiendo la tostada, y sus acciones vienen predeterminadas por la existencia de un plan, de una estrategia, mientras que España reacciona sobre los hechos, una vez se han consumado, y además lo hace de manera ineficiente y torpe. El manejo de los tiempos es otro elemento fundamental en el ámbito geopolítico, porque las grandes transformaciones no se producen de manera espontánea, ni mediante cambios acelerados, sino que responden a sucesivos desplazamientos, muchas veces imperceptibles. Cuando la llamada opinión pública percibe los cambios, éstos ya se han completado y el resultado que viene siendo habitual nos habla de un fortalecimiento internacional de Marruecos en detrimento de una España cada vez más debilitada e inoperante.
El problema viene del hecho de que España no ha adquirido una conciencia plena de los nuevos cambios que se están produciendo en la región, y piensa en función de las categorías heredadas del siglo XX, mientras que Marruecos sí se encuentra actualmente proyectada hacia el futuro. La España actual carece de un rumbo geopolítico, de un proyecto de nación a largo plazo, y además se encuentra carcomida por una crisis interna, política, institucional y podríamos decir que también demográfica, en la que los enemigos seculares, los traidores y una población sumida en una disonancia cognitiva permanente no es capaz de visualizar que nos hallamos al borde del abismo. Y lo repetimos, no existe ese horizonte geopolítico, ni esa visión metapolítica, que sería necesaria para proyectarse hacia el futuro con unas mínimas garantías, para hacer frente a un enemigo del sur en ascenso.
La decadencia de la España del Régimen del 78 juega un papel importante en todo el escenario descrito, y eso más allá de un frente común articulado en torno al anglosionismo en una convergencia de intereses estratégicos que ha derivado en el fortalecimiento internacional de Marruecos. También se habla de la importancia que ha adquirido en las últimas décadas el eje atlántico-africano a consecuencia de la transformación de las rutas energéticas, por la competencia por África y el control de las comunicaciones marítimas. Dentro de este escenario Marruecos se ha mostrado frente a sus aliados como un socio estable para garantizar los intereses estadounidenses en la región. Y este hecho explica lo que venimos diciendo: el incremento del peso diplomático de Marruecos en el norte de África.
Respecto a Israel, como ya hemos apuntado, la modernización y actualización de equipos militares solo es una parte sustancial de esa cooperación, que se hace extensiva a un proyecto de modernización del Estado marroquí, y que abarca también amplios sectores relacionados con los sistemas de información e industria tecnológica en general, a la capacidad logística y otros ámbitos. Durante el siglo XX, se interpretó que la influencia equivalía a la ocupación militar de un territorio, cuando en la actualidad existen formas más complejas de influencia: control de infraestructuras críticas, dominio de los flujos logísticos, dependencia tecnológica, capacidad de presión económica o utilización de instrumentos diplomáticos de alta intensidad.
La guerra híbrida contra España
Es en este punto donde debemos hablar de Guerra híbrida, aunque solo sea en sus fases iniciales y preparatorias. Y es que los conflictos contemporáneos rara vez comienzan con una declaración formal de guerra. Las grandes potencias procuran alcanzar sus objetivos mediante la acción combinada de instrumentos económicos, informativos, jurídicos, diplomáticos y migratorios, lo cual permite modificar gradualmente la correlación de fuerzas sin tener que recurrir a un enfrentamiento militar convencional. Y esto es importante a la luz de los acontecimientos vinculados a lo que comentábamos al inicio de este artículo en relación a la «inmigración» (invasión), tratados económicos privilegiados (entre la UE y Marruecos) y en otros ámbitos. Y aquí, nuevamente, se deja ver la ausencia de un pensamiento geopolítico por parte de España, cuya reacción institucional se retrasa y cuando lo hace resulta estéril porque es incapaz de identificar el momento en el que se inicia la confrontación.
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En esta situación, más allá de las reivindicaciones históricas, que como ya dijimos carecen de fundamento alguno, Ceuta y Melilla se convierten en espacios especialmente vulnerables frente a este tipo de estrategias de presión gradual. La presión migratoria se ha convertido en la principal arma, además de manera indisimulada, con decenas de miles de parias organizados por el propio ejército marroquí y lanzados contra las fronteras de las dos ciudades españolas, que van erosionando el poder y la credibilidad de las autoridades españolas, incapaces de garantizar la defensa de las fronteras y la integridad de su territorio.
Si España quiere salir de su entumecimiento, de su parálisis y dinámicas descendentes, ante todo debiera comprender cómo se desarrollan los conflictos modernos, y cómo no es necesario que la guerra se produzca en un plano militar, y bajo una declaración formal que provoque el estallido abierto de las hostilidades. Las guerras del siglo XXI trascienden las guerras convencionales, sin necesidad de que un ejército enemigo traspase las fronteras. La guerra híbrida no persigue una conquista inmediata de territorio, sino que su objetivo consiste en erosionar progresivamente la voluntad política del adversario, incrementar la vulnerabilidad interna y modificar la correlación de fuerzas sin desencadenar una respuesta militar directa. La superioridad se obtiene a partir de la capacidad de condicionar las decisiones del contrario, sin necesidad de operar sobre un escenario de destrucción física.
Un buen ejemplo de esta forma de ejercer presión y condicionar al adversario lo tenemos en el control de los flujos migratorios por parte del régimen de Rabat, que son, efectivamente, un instrumento de presión geopolítica utilizado para influir y condicionar a España, procurando su debilitamiento. Todo el argumentario derecho-humanista que se suele utilizar para justificar todo el programa de sustitución demográfica que se está realizando en España, como en el resto de Europa occidental, genera una parálisis y un complejo de identidad que ha producido una ruptura evidente en la homogeneidad interna de estas naciones, que bajo la idea de una melting pot globalizada están diluyendo su carácter e idiosincrasia interna, y convirtiéndose en naciones homologadas y plegadas a una tecnocracia global sin rostro. Mientras tanto, Marruecos mantiene su unidad interna intacta, y utiliza estos flujos migratorios para tensionar la sociedad española, para polarizar el debate público, generar conflictos y forzar al Estado receptor (España) a tomar decisiones bajo presión. Porque las guerras híbridas no solo buscan influir sobre el aparato institucional sino también sobre la percepción colectiva de las sociedades. Una situación de incertidumbre permanente, la dificultad para enfrentar al agresor o la ausencia de un momento claro de inicio del conflicto tienen un efecto paralizante sobre la capacidad de reacción del Estado.
Y este aspecto del problema es el más grave, la pérdida de una auténtica cultura española entre las élites. Se trata de la incapacidad del Estado español de definir objetivos permanentes, mantener una continuidad en su política exterior y anticipar escenarios futuros. Una cultura que habría existido en diferentes momentos de nuestra historia, particularmente durante los siglos áureos de la Monarquía Hispánica, y en ciertos momentos de la política africana durante el siglo XIX, pero habría experimentado un debilitamiento enorme en las últimas décadas. La soberanía del Estado debe expresarse no solo ante la pérdida de territorios, sino también cuando se pierde la capacidad de fijar por sí mismo las prioridades de su acción política. En este contexto la facultad de decisión es fundamental y va mucho más allá de la posesión territorial. Un Estado puede mantener formalmente intactas sus fronteras pero verse reducido a la mínima expresión en su margen efectivo de autonomía estratégica.
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De aquí se deduce que España debería proponer su propia estrategia y gestión. Esto significa que debería mantener una posición frente a los acontecimientos ya producidos y la estrategia implica actuar antes de que estos se materialicen. Si España no mantuviera una línea errática en este terreno probablemente los hechos de Ceuta nunca se hubieran producido. El problema es que España carece de estrategia, de esa dimensión geopolítica que, desgraciadamente, sí posee Marruecos. Mientras Rabat piensa en una escala temporal de varias décadas, España habría reducido su alcance temporal al corto plazo, y siempre en función de las decisiones y actos del enemigo.
A modo de colofón, y pese a que se pueden decir muchas más cosas, hablaremos brevemente del ejemplo del Sáhara occidental en 1975, que es la muestra más evidente de la incapacidad de la España demoliberal para defender posiciones estratégicas. Es a partir de esta crisis cuando se marca el inicio de un retroceso geopolítico que llega hasta nuestros días. En aquel entonces, como ahora, el papel de Estados Unidos fue decisivo frente a la debilidad del gobierno español. El gobierno de Carlos Arias Navarro, con un Francisco Franco ya agonizante en las postrimerías del régimen, con Juan Carlos I en la jefatura provisional del Estado. En aquel entonces fueron 350.000 civiles marroquíes los que, respaldados por unidades militares infiltradas, penetraron en territorio saharaui. Aprovecharon la agonía del general Franco y la incertidumbre política que envolvía el futuro del régimen español. Aquel episodio marcó un punto de inflexión histórico. España, que administraba el territorio y había asumido el compromiso internacional de celebrar un referéndum internacional de autodeterminación optó finalmente por retirarse a partir de los Acuerdos Tripartitos de Madrid (14 de noviembre de 1975), que equivalía a renunciar de facto a sostener su posición estratégica en el noroeste africano. Para el régimen de Hassan II representó el inicio de una vía y un camino de presión efectiva a continuar en lo sucesivo. Además pensemos que todavía estábamos en un contexto de Guerra Fría, y que tanto para Estados Unidos como para Francia Marruecos ya era un aliado esencial en la región y en el flanco occidental mediterráneo, y contemplaban con preocupación que un hipotético Estado saharaui independiente pudiera aproximarse a la órbita argelina y soviética. Una vez más, como hoy, se imponía la lógica estratégica de las grandes potencias.
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En este sentido, la Marcha Verde puede interpretarse como el primer gran éxito de la estrategia de presión híbrida sobre España. De tal modo que, si la cesión del Sáhara occidental simbolizó el final del papel español como potencia decisiva en el Norte de África, las crisis recurrentes de Ceuta y Melilla muestran que aquel repliegue estratégico continúa proyectando sus efectos hasta el presente. La pregunta que cabe hacerse es ¿puede España remontar la actual situación, con un régimen demoliberal al servicio de potencias e intereses extranjeros, en plena descomposición interna, con su soberanía reducida a la mínima expresión y una crisis sin precedentes? Las perspectivas no son nada halagüeñas, pero la historia nos enseña que las naciones no están condenadas de forma irrevocable a la decadencia. Los ciclos de declive pueden invertirse, y las coyunturas pueden variar rápidamente, y lo estamos viendo en los últimos tiempos.
En nuestro caso, la reconstitución de España como actor geopolítico dependerá de la refundación profunda del modelo político español, con la definición de una estrategia nacional capaz de trazar un rumbo propio, siempre en el marco de una soberanía efectiva y la liberación de toda dependencia exterior. Esta posibilidad, por remota que sea, existe, pero lo que sí está claro es que bajo las organizaciones pantalla del globalismo anglosionista, como son la UE, la OTAN y otras entidades transnacionales, ese camino es mucho más difícil.
David G. Maciejewski, «Marlaska sube a 72.000 la cifra de migrantes irregulares que entraron a Ceuta y niega la existencia de informes del CNI», El Español, 4/08/2026. ↩︎
Juan José Cuéllar, «Un migrante asegura que la Policía marroquí les “ayudó” a cruzar a Ceuta: “Estaba abierto el camino”», laSexta, 31/07/2026. ↩︎
Brais Cedeira, «Los extranjeros cometen el 44,5% de las agresiones sexuales en Cataluña y el 73% de los robos con fuerza, según los Mossos», El Español, 11/05/2026. ↩︎
Jorge Monreal, «Inmigración marroquí en España», Hoja del Lunes, 28/07/2025; Unai Cano, «Los inmigrantes magrebíes perpetran más del 70% de los delitos violentos en el País Vasco pese a representar sólo el 1,7% de la población», La Gaceta de la Iberosfera, 6/05/2026; Daniel Tercero, «Marroquíes y argelinos lideran las listas de nacionalidades de detenidos extranjeros», ABC, 7/12/2025; José Antonio Lavilla, «Radiografía de la delincuencia en Cataluña: dos de cada tres detenidos son extranjeros», La Razón, 24/11/2025; Ana Beltrán, «Los menores extranjeros tienen tasas de delincuencia mucho más elevadas que los españoles, y en especial, los africanos», Delta 13 News, 30/01/2026; Ignacio Segura, «El mapa de la delincuencia de los extranjeros en la Comunidad Valenciana: las diez nacionalidades con más detenidos», El Debate, 23/01/2026; Ángel Moya, «Los extranjeros cometen el 60% de las agresiones sexuales en Cataluña pese a ser el 18% de la población», Okdiario, 11/05/2026; María Curiel, «Los marroquíes son los extranjeros que más violan, sobre todo a españolas: “Se ocultan datos deliberadamente”», El Debate, 11/01/2026. ↩︎
Jorge Herrero, «La nacionalidad extranjera con más reclusos en España: supone casi el 30% del total de presos foráneos encarcelados», ABC, 19/11/2024. ↩︎
«Menos de un 30% de las mujeres marroquíes y sólo un 18,1% de las argelinas cotizaron a la Seguridad Social en España en el último ejercicio», La Gaceta de la Iberosfera, 21/06/2026; «Un informe desvela que el 60% de los inmigrantes en Castilla y León no trabajan», La Gaceta de la Iberosfera, 23/04/2026.; Manu Torralba, «Ayudas, caridad, sanidad universal y transporte gratuito: cómo vivir en España sin cotizar y siendo inmigrante», Vozpópuli, 28/06/2024. ↩︎
Alejandro Lorente, «Duras imágenes: Un policía marroquí golpea fuertemente a un inmigrante que regresaba a su país tras haber cruzado a Ceuta», Antena 3 Noticias, 6/08/2026. ↩︎
Pedro García, «El coste de la atención integral a los menores migrantes se cifra en 4.400 euros al mes», La Razón, 10/07/2024. ↩︎
«Los jóvenes agricultores alertan del avance de la competencia desleal de Marruecos y exigen a cláusulas espejo para salvar el campo español», La Gaceta de la Iberosfera, 14/05/2026. ↩︎
«Alertan de la presencia de hepatitis A en fresas procedentes de Marruecos», El HuffPost, 5/03/2024. ↩︎
FEPEX, «Acuerdo UE-Marruecos: paradigma de la competencia desleal hacia los productores comunitarios de frutas y hortalizas», Revista Alimentaria, 11/12/2025. ↩︎
Óscar Ruiz, «Marruecos presiona en Ceuta mientras Washington e Israel blindan su respaldo a Rabat», Escudo Digital, 1/08/2026. ↩︎
Fede Sáenz, «Marruecos difunde una carta de Trump a Mohamed VI en la que respalda la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental: “Cualquier otra vía es inaceptable”», Infobae, 1/08/2026. ↩︎
Diego Navarro, «Ceuta y Melilla no figuran en la ONU como “colonias” que deban ser “devueltas” a Marruecos», Newtral.es, 31/07/2026. ↩︎
Amina Argillander, «Marruecos 2030: Construyendo la puerta de entrada de África al Atlántico: De Tánger Med a un nuevo corredor geopolítico», Atalayar, 8/08/2026. ↩︎
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