La medicina y la sanidad al servicio de la tecnocracia global
La medicina moderna opera como dispositivo de poder: produce discursos de verdad, legitima controles sociales y convierte la salud en mercancía. Integrada en el capitalismo avanzado, genera dependencia, gestiona poblaciones y redefine la vida entera bajo criterios técnico-burocráticos ajenos a toda visión orgánica.

Sanidad, poder y control social
Vamos a comenzar este artículo con una pregunta que quizás a muchos, especialmente a aquellos más sistémicos y sobresocializados, les pueda resultar provocadora, y es la siguiente:
¿La medicina puede comprenderse actualmente como un sistema técnico destinado a curar enfermedades?
Como decimos, a muchos les puede parecer una cuestión absurda, que no merece ni tan siquiera una respuesta, especialmente entre aquellos que confían ciegamente, y que quienes hacemos tales preguntas y cuestionamos la medicina del Occidente moderno creemos que «la tierra es plana» y somos acreedores de un «gorrito de papel de plata», pues formamos parte del «negacionismo» (palabra de moda) o somos unos conspiranoicos incorregibles. Lo cierto es que el sistema sanitario forma parte de una estructura de poder integrada en el funcionamiento global del capitalismo avanzado y de la civilización occidental posmoderna. No es un elemento independiente, y además se somete a la misma lógica que es inseparable de todo un modelo, en el que la vida humana es objeto de administración, control y explotación permanente.
Y la cuestión sanitaria no es precisamente un elemento de importancia menor en el ejercicio del poder en esta etapa de modernidad tardía, todo lo contrario. La medicina moderna está estrechamente vinculada a elementos de carácter político, cultural y antropológico, que trascienden ampliamente el ámbito de lo estrictamente terapéutico. La medicina actual no se limita a abordar el ámbito de la salud desde su cometido, que no es otro que aquel de sanar al enfermo y curar patologías, sino que podríamos decir que construye «discursos de verdad» (con toda la carga dogmática que implica), justificando y dando un barniz de legitimidad a ciertos comportamientos en aras de la salud. A tal propósito todos recordamos ciertos mantras ideológicos que adquirieron una enorme difusión durante la Plandemia de 2020, donde haciendo un uso torticero, maniqueo y contradictorio de la «solidaridad» (especialmente mediante la reivindicación de la ponzoña inoculada masivamente, se trató de discriminar y expulsar de la sociedad a quienes dudaban o se mostraban reacios a aceptar las imposiciones, que para nada eran «sanitarias»). El médico aparece en este contexto como una especie de sacerdote secularizado, que como el sacerdote de las sociedades tradicionales posee autoridad espiritual, una autoridad que la modernidad ha trasladado al contexto médico-científico. La medicina reducida a un sistema médico-industrial que transforma la salud en mercancía, en una mera gestión burocrática y convertida en un mecanismo de dominación.
La figura del médico-sacerdote ocupa un lugar central en la medicina moderna, que ya constituye un poderoso ejemplo de institución legitimadora con la misma estructura dogmática de la religión, con la diferencia de que este nuevo «sacerdote» se revista de una hipócrita y falsa neutralidad científica. En este caso, a falta de un fundamento espiritual verdadero, se impone la «técnica objetiva» de una ciencia considerada omnipotente e incontestable, pretendidamente «libre de la ideología». Se trata de una de las mayores mistificaciones de la modernidad, y un instrumento peligroso, y de consecuencias imprevisibles, como ya estamos viendo estos días con la «crisis del hantavirus», que amenaza con convertirse en una Plandemia 2.0.
Hantavirus h0ax👇
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Don't fall for it! pic.twitter.com/LzDAe8Rw2U
Este enfoque dogmático de una ciencia que, como ya apuntó René Guénon en su momento, puede tener aplicaciones prácticas muy útiles en la vida material, para nada puede arrogarse una superioridad fuera del ámbito de competencia donde se radica, y su uso y abuso en nombre de la absolutización de la racionalidad científica moderna como único criterio legítimo de verdad nos parece de lo más aberrante. La ciencia moderna se ha convertido en un instrumento de legitimación del poder económico y político, dejando su verdadera función de lado, y siendo instrumento de propósitos y objetivos mucho más siniestros vinculados al mercado, a la tecnología, el control y, así globalmente, al posthumanismo.
ESOS gen0z1das hasta celebraban la muerte en la plandemia PERO NO SE IMAGINAN LO Q LE ESPERAN A ESOS CRIMINALES DE LOS ENFERMEROS PUCP pic.twitter.com/9nmqaFP6G1
— Valen_Vera (@Aspross888) February 3, 2024
La salud se ha convertido así en un «valor social» y ha ampliado su marco de actuación impregnado diferentes niveles y etapas de la existencia que ya vienen siendo redefinidos en términos médicos. El nacimiento, la infancia, la sexualidad, el envejecimiento, la alimentación, las conductas o la muerte. Toda la vida queda atrapada bajo el criterio médico, ya sea a través de una asistencia directa como de consejos, advertencias o recomendaciones que desarraigan a la persona respecto a su propia experiencia vital. El hombre moderno precisa de atención permanente, no sabe interpretar su cuerpo, su dolor o definir su propio bienestar (físico o emocional) más allá del lenguaje institucional de la medicina. Ya desde el propio nacimiento, el ciudadano de a pie es educado para aceptar que no comprende, no decide y no interviene sobre la propia salud porque no sabe, no conoce y carece de los conocimientos necesarios. Esa visión compleja y abstracta de la medicina que hace que, desde el aparato médico, se diferencie entre «expertos» y «profanos». El paciente queda reducido a un sujeto pasivo sometido a protocolos, diagnósticos y tratamientos definidos por el médico, en cuya gestión es un técnico que a través de una base de datos receta medicamentos en función de unos síntomas, contribuyendo a esa medicina burocratizada de la que venimos hablando.
Pero estos cambios estructurales que han transformado radicalmente la relación entre el hecho sanitario y el objeto de tales acciones, el paciente o ciudadano medio, no pueden entenderse aisladamente, sino en la conjunción de un proceso global de expansión del capitalismo, lo cual ha venido generando una red de interdependencias entre multinacionales farmacéuticas, instituciones sanitarias, medios de «comunicación», organismos internacionales, publicaciones científicas y gobiernos. Y en el núcleo de toda esta red se encuentra el mercado farmacéutico como uno de los negocios más rentables del planeta. Como podemos imaginar, si somos algo avispados (no demasiado), el interés de las grandes farmacéuticas no reside en la curación de las enfermedades, sino en la producción de un mercado permanente de consumidores. Desde esta perspectiva la enfermedad deja de ser una anomalía o un mal a eliminar para convertirse en un recurso económico y fuente de ganancias. El sistema necesita poblaciones enteras de enfermos crónicos, dependientes de tratamientos crónicos y sometidas a un estado continuo de emergencia sanitaria.
La medicina moderna nunca combate las razones profundas de la enfermedad, solo se concentra en síntomas aislados mediante intervenciones químicas (medicamentos) o tecnológicas, sin cuestionar jamás las condiciones estructurales que generan el deterioro físico o psíquico de las personas. Es un modelo sanitario desarrollado a partir de un modelo industrial y social que es causante directo de la enfermedad, y de ahí la degradación biológica de nuestros días. Los alimentos que ingerimos cada vez más procesados y adulterados por químicos con la industrialización de su producción, la destrucción ecológica del medio y la degradación del medio rural de donde surgen los alimentos, la artificialización del entorno humano y el deterioro de las relaciones sociales hacen que más que un problema sanitario, nos encontremos ante un problema civilizacional.
La modernidad del llamado Occidente ha provocado un proceso de ruptura con el orden natural y toda visión orgánica de la existencia, algo que en las sociedades tradicionales impregnaba todos los órdenes de la vida, empezando por los denominados «cuerpos intermedios», que se articulaban de manera armónica y cohesionada y respondían a funcionalidades concretas, y la propia salud se concebía como un equilibrio entre cuerpo, comunidad y cosmos. En cambio, en el mundo moderno se ha impuesto una visión mecanicista del ser humano, de la que se infiere que el cuerpo ya no se entiende como esa totalidad orgánica y pasa a convertirse en un artefacto, en una máquina que puede ser reparada por especialistas. Esta reducción mecanicista es la que explicaría la proliferación de especialidades médicas desconectadas entre sí, con una hiperespecialización que solo contribuye a la fragmentación del propio conocimiento médico, que en la actualidad responde a inmensas cantidades de datos técnicos, que conciben la enfermedad descompuesta en órganos, funciones, parámetros y estadísticas, eliminando de su horizonte toda visión integral del hombre.
La salud ha dejado de ser un estado natural para convertirse en una obligación moral y administrativa, susceptible de ser gestionada de la misma manera que otras cuestiones de orden puramente material. La persona vive vigilada continuamente por indicadores médicos (tensión arterial, colesterol etc), campañas de prevención y discursos de amenaza sanitaria, especialmente desde 2020 en adelante, punto de arranque de la Agenda Satánica y poshumanista del 2030. Y dentro de la propia disciplina médica también hay discrepancias en torno a ciertos paradigmas relacionados con la microbiología, cierta visión del cuerpo humano y la forma en que la enfermedad tiene su origen, y sobre las cuales, dada nuestra ignorancia en la materia, solo podemos mencionar de pasada sin profundizar. Pero al menos debemos decir que existen discrepancias internas y profesionales médicos que sostienen teorías y concepciones antitéticas respecto al paradigma dominante, por ejemplo en relación a la «Teoría del contagio» o los virus.
Pero como venimos diciendo, la medicina no es un elemento desligado, autónomo o independiente en los procesos de globalización (deshumanización) que subordina la salud a la lógica del mercado y el poder tecnocrático. Y además la posición del aparato sanitario es fundamental y privilegiada dentro de la transformación antropológica global de nuestros días. Y esta transformación que supone una pérdida de soberanía en la autogestión de la propia salud va mucho más allá de elegir entre la sanidad pública o privada, ya que además ambos sistemas se encuentran plenamente integrados en el mismo paradigma tecnocrático y medicalizador de la existencia. Lo fundamental sería encontrar un espacio de autonomía frente al monopolio institucional de la medicina, donde los saberes populares, las prácticas tradicionales de curación e incluso conocimientos sobre remedios naturales vinculados al conocimiento de plantas medicinales, podrían jugar un papel subsidiario.
Por otro lado, también debemos tener en cuenta que el control sanitario ya no lo ejercen sólo los gobiernos, que a su vez están supeditados a poderes transnacionales, sino que todo un sistema internacional que actúa a escala planetaria y viene coordinado por organismos y agencias internacionales como la OMS, el siniestro organismo que pretende cooptar los sistemas sanitarios del Occidente liberal para centralizar bajo su dirección todas las alertas sanitarias (auténticas psyop) y directrices de control social de las poblaciones, imponiendo sistemas de salud uniformes a nivel mundial. Todo ello con una retórica humanitaria y de prevención totalmente impostada y con oscuros propósitos que operan bajo premisas biopolíticas y mercantiles.
De tal modo que podemos incluso entrever una visión metapolítica (en sentido negativo) tras los sistemas sanitarios modernos y el entramado desde el que actúan sobre nosotros, porque son portadores de una cosmovisión y de un paradigma concreto. Una visión materialista, mecanicista y utilitaria tanto del hombre, cuyo cuerpo es reducido a un objeto manipulable, como de la naturaleza, considerada una reserva de recursos y la propia vida, sometida al uso de tecnologías. Por ese motivo la medicina y la práctica sanitaria trascienden la dimensión de su función y cometido original, y a tal respecto todos recordamos en el año de la Plandemia aquella pregunta estúpida que muchos covilerdos repetían a los que no tragamos con el relato: «¿Es que eres virólogo?», ignorando las implicaciones que tal operación de guerra psicológica tuvieron y el contexto en el que éstas se hallan insertas. Nos recuerda a aquel viejo proverbio confuciano que dice: «Cuando el sabio señala la luna, el necio mira al dedo», porque no han comprendido la dimensión del problema ni el contexto real del problema.
Farmaindustria e ingeniería del miedo
La industria farmacéutica es la piedra angular en todo este conglomerado de intereses, donde se concentra la alianza entre ciencia, capital y poder político, además de las Agendas transnacionales con las que son plenamente funcionales en sus intereses. El incauto probablemente verá simples industrias dedicadas a producir medicamentos, pero en realidad se articulan como verdaderos centros de ingeniería social, capaces de condicionar las políticas sanitarias de los gobiernos, organismos internacionales, universidades, mass media o líneas enteras de investigación científica. La salud se desliga completamente de lo humano para convertirse en un producto capitalista, susceptible de cualquier transformación, sin ningún tipo de escrúpulos. Grandes corporaciones encargadas de mantener la enfermedad y evitar toda curación, cuando no promueven la propia patología. No en vano, el crecimiento espectacular del consumo de medicamentos en las últimas décadas es un signo evidente del creciente éxito de las farmacéuticas y un indicador de la dependencia creciente que ha creado una «humanidad» farmacológicamente cautiva. Todo es susceptible de ser patologizado, desde las dificultades de integración social, comportamientos infantiles o cualquier rasgo conductual que indique rebeldía, tristeza, ansiedad o hiperactividad, todos ellos responden a desórdenes clínicos que exigen una intervención química. Ahora la función de la medicina es adaptar a los individuos a las exigencias funcionales de la sociedad industrial, para lo cual es necesario ajustar las conductas dentro de unos parámetros de «normalidad social», la salud queda automáticamente redefinida como la capacidad de adaptación a unas determinadas condiciones de existencia. Es la nueva lógica en la que se inscribe el sistema médico-industrial, que no podría sostenerse si no es con el miedo, el arma más poderosa que pueda existir. El miedo representa un principio fundamental de dominación, a partir del cual generar obediencia, dependencia y legitimidad institucional. Para hacer uso de este miedo las epidemias, virus y amenazas invisibles en general, además de las estadísticas alarmantes, alimentan una sensación de vulnerabilidad colectiva. Y en este sentido, las campañas sanitarias hacen uso de todo el arsenal de ingeniería emocional disponible. Lo vimos perfectamente a partir de marzo de 2020 con la ya mencionada Plandemia, con un bombardeo incesante de noticias catastróficas, especialmente en hospitales y centros de salud, informaciones contradictorias en torno a los síntomas, nuevas cepas descubiertas etc, en un discurso caótico a partir de la cual se construyó una atmósfera de agobiante presión psicológica que favoreció medidas de control social cada vez más amplias.
La población aceptó de manera general que su vida fuese protocolizada y normativizada por el poder público, que se le impusieran prohibiciones o incluso que una parte de la población fuera marginada y excluida por discrepar del relato oficial y negarse a someterse. Se alcanzaron niveles paroxísticos de vergüenza ajena, situaciones ridículas y de miseria moral, protagonizados por sujetos concretos. Todos recordamos a un medicucho infame, de urgencias, que se dedicaba a pontificar diariamente en los medios televisivos, César Carballo, o a pretendidos comunicadores como Íker Jiménez, convirtiéndose en propagandistas plandémicos con el «ya os lo dije», incrementando la presión y caos «informativo», contribuyendo al pánico generalizado entre los sectores más crédulos y sobresocializados de la población. Todos sabemos que el miedo a la enfermedad y la muerte, a través de mecanismos emocionales, desactiva otros mecanismos de defensa y autonomía que en otras circunstancias no se tolerarían. Y es bajo esta lógica que año tras año se implementan las campañas de «vacunación», los programas preventivos y protocolos de control epidemiológico. Desde el 2020 es frecuente ver durante el otoño/invierno campañas de «vacunación» de gripe y COVID en todos los centros médicos, tanto públicos como privados.
Todo este proceso de desarrollo de la industria farmacéutica tiene su origen en el final de la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1945, que es cuando comienza su proceso de degradación biológica combinado a través de la salud y la alimentación. Realmente es un proceso más antiguo, pero las bases actuales se fundan en ese momento, y tienen como protagonistas a los de siempre, a los Rockefeller, J.P. Morgan, como representante éste último de los intereses de la familia Rothschild, junto con el Banco de Inglaterra, fueron los creadores de la Federal Reserve Board, cuyas influencias y poder fueron extendiéndose hacia otros ámbitos y capas sociales, como la Asociación Médica estadounidense, universidades como Harvard o Yale, que también recibieron dinero de la Fundación Rockefeller junto con escuelas, agencias gubernamentales (FDA, Servicio Público de Salud, Comisión Federal de Comercio, Instituto de Investigación Nacional, Consejo Nacional de Investigación, altos cargos del Ejército, de la Fuerza Aérea y de la Marina), investigadores, academias de ciencias, asociaciones de prensa etc. Pero Rockefeller también tenía colocados a miembros de su fundación en decenas de empresas subsidiarias de la industria farmacéutica, poder que utilizó a partir de 1910 para promover informes contra las medicinas alternativas, el conocido como Informe Flexner, que marcó el inicio de una guerra demoledora contra los productos naturales y el apoyo a la difusión e imposición de los fármacos. En 1927 se fundó la International Education Board para «trabajos» en el extranjero, los cuales consistieron en inversiones cuantiosas destinadas a imponer el paradigma de la ciencia médica occidental en diferentes áreas del planeta, como fue el caso de los 45 millones de dólares para tratar de destruir la medicina tradicional china. Inversiones similares se realizaron en diferentes contextos geográficos con idénticas intenciones. Desde las fechas señaladas en adelante, la industria farmacéutica no ha parado de crecer y de acaparar poder al amparo de los grandes centros del capitalismo global, y no faltan los grandes lobbistas al servicio de toda industria del medicamento entre los gobernantes y autoridades sanitarias de los diferentes países del Occidente satánico. Sin ir más lejos, tenemos el caso de Ursula von der Leyen, presidenta de la comisión de la UE, cuyo marido trabaja para Pfizer, y se encuentra involucrada en una trama de corrupción en torno a la compra de las llamadas «vacunas» de susodicha empresa durante la época plandémica, caso que terminará sin consecuencias penales para los responsables, como ya sabemos todos.
Las «pandemias» vienen utilizando un modus operandi muy particular desde hace ya algunas décadas, y a tal propósito podemos recordar el ensayo previo a la falsa pandemia de COVID de 2020, que tuvo lugar con la Gripe A/H1N1. En este caso ya se prefiguraron los pasos necesarios para construir la narrativa «pandémica», como ya hemos tenido oportunidad de comprobar:
- El miedo como arma fundamental para lograr el control de la masa. Difusión de información catastrofista, muy negativa, que enfaticen los efectos perniciosos de la enfermedad y la muerte. Explotar la confianza de los ciudadanos en los «expertos» de cualquier disciplina asociada. Finalmente utilización de dispositivos mediáticos necesarios para amplificar el discurso al máximo, mediante la ayuda imprescindible de los mass media.
- Manipulación y mentiras. Construcción de una narrativa caótica basada en la ocultación de datos reales en torno a la pretendida enfermedad. Aportación de cifras de muertos elevadas, que como vimos en la Plandemia se hicieron adulterando las cifras de víctimas con cualquiera que muriera por cualquier otra causa tras el famoso test PCR. Por otro lado, los mensajes de la OMS, a través de protocolos y la resignificación de síntomas y características de la supuesta enfermedad, que fue la que permitió en 2020 calificar de «enfermos» y «asintomáticos» a personas perfectamente sanas. Como colofón a este proceso llega la solución milagrosa, ya preparada con antelación, y presentada como la solución a través de la «vacuna». Todos recordamos cómo llegaron esas «vacunas» en avión y todo el espectáculo circense que rodeó al acontecimiento, por su pretendida fragilidad y las bajas temperaturas a las que debían ser conservadas y otras tantas mentiras. Las consecuencias a través de muertes, efectos graves en la salud como problemas cardíacos, trombosis pulmonares y una amplia gama de efectos derivados, las estamos viendo estos días.
- Reforzar las relaciones de poder y subordinación amparadas en la vulnerabilidad de la mayoría, bajo la amenaza de pandemias permanentes, a través de protocolos e imposición de dogmas sanitarios. El propósito de los mismos, y dadas las circunstancias de los últimos tiempos, nos llevan directamente a la Agenda 2030, a los propósitos destructivos en torno a Europa y su población nativa a todos los niveles, donde los respectivos gobiernos demoliberales y otras instituciones transnacionales como la UE juegan un papel fundamental.
Pero más allá del poder de las farmacéuticas, de las manipulaciones estadísticas o de las operaciones de ingeniería social, articuladas en torno a determinadas «pandemias», hay algo que trasciende lo sanitario, y que hemos enfatizado a lo largo de todo nuestro escrito. Hay una crisis mucho más profunda que subyace, y es de naturaleza espiritual y antropológica de la propia civilización moderna.
Ya hemos visto cómo la medicina contemporánea no actúa de manera aislada, sino integrada dentro de un paradigma general basado en la técnica, el control y la administración total de la existencia. El hombre ha dejado de concebirse como una realidad orgánica vinculada a un orden natural y trascendente, para convertirse en un simple agregado biológico susceptible de monitorización, corrección y manipulación permanente. El cuerpo ha quedado reducido a la máquina susceptible de ser reparada y sometida a protocolos por expertos y tecnologías. En definitiva, la concepción mecanicista a la que ya hemos hecho alusión en pasajes anteriores.
La paradoja más inquietante es que una civilización obsesionada con la salud no ha hecho sino producir sociedades extremadamente frágiles, dependientes y biológicamente degradadas. Nunca el individuo había estado tan rodeado de hospitales, medicamentos, campañas preventivas y especialistas, y sin embargo nunca han existido tantas enfermedades crónicas como a día de hoy: trastornos psicológicos, ansiedad, depresión, obesidad, infertilidad o deterioro inmunológico generalizado. Todos estos elementos delatan que el problema no se puede valorar únicamente desde parámetros médicos, sino que es necesaria una crítica global a un modelo de civilización que ha roto el equilibrio entre hombre, comunidad y naturaleza.
Porque la medicalización absoluta de la vida también implica la destrucción de la autonomía humana. El ciudadano contemporáneo ya no sabe interpretar las señales de su propio cuerpo, no confía en la experiencia directa y ha delegado la gestión de su salud a estructuras burocráticas y tecnocráticas cada vez más invasivas y por propósitos destructivos y de control. Se le educa así desde el nacimiento, aceptando el dogma científico oficial y el sometimiento pasivo a toda directriz sanitaria que se presenta siempre como incuestionable. El resultado final de este proceso es el de una persona infantilizada, dependiente y siempre atemorizada.
Es por este motivo que el tema sanitario no puede reducirse a su ámbito originario en nuestros días, y es, de hecho, uno de los terrenos fundamentales de la metapolítica, porque lo que está en juego no es sólo la discusión sobre «vacunas», «pandemias» o farmacéuticas, sino la defensa de un modelo antropológico, de una concepción del hombre tradicional, antimoderna, o que se resista a cualquier propósito de sumisión de las libertades básicas del hombre, a un orden tecnocrático que aspira a administrar en régimen de monopolio la vida humana. La medicina moderna no tiene nada que ver con su función legítima, y está cada vez más imbricada en su relación con organismos supranacionales y la propia lógica del control global, amenazando con convertirse en el instrumento privilegiado del posthumanismo moderno.
Frente a esta amenaza es necesario, hoy más que nunca, recuperar una visión más orgánica e integral de la salud, donde el hombre vuelva a reconciliarse con su propia naturaleza, con su comunidad y con formas de existencia menos artificiales y dependientes, porque una sociedad más medicalizada equivale a una sociedad más controlada.
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