Desligarse del mundo moderno: contra la domesticación del pensamiento
La modernidad liberal impone la «moderación» como un mecanismo para neutralizar la disidencia y el pensamiento crítico. Hay que afrontarla reclamando el verdadero sentido de la radicalidad: descender hasta las raíces (radix), los fundamentos y la identidad para cuestionar el sistema.

Generada con IA · Gemini · Hipérbola Janus
Normalmente, cuando escuchamos un discurso que pretende ser «crítico» con el actual orden de cosas, en cualquier medio de comunicación, ya sea televisivo, de prensa o en las propias redes sociales, siempre se nos ofrece el mismo tipo de argumentario, los mismos lugares comunes, y una serie de patrones que se reproducen hasta el infinito, incluso entre los más recalcitrantes adversarios del actual sistema. Esta crítica parte de unas mismas categorías morales, antropológicas y conceptuales, las mismas que el sistema asume como propias y sobre las que cimenta su hegemonía, su discurso y la imposición de un determinado orden de cosas, de valores y de principios. De tal modo que todo intento de presentar un enfoque realmente rompedor, que genere una fractura real ante el pensamiento dominante, queda automáticamente neutralizado y se disuelve en la nada. En este sentido debemos, una vez más, preguntarnos por quién ha decidido determinado tipo de lenguaje, las premisas y los límites en los que estas posiciones deben plantearse.
Por ubicar el tema dentro de problemas y cuestiones concretas, está, por ejemplo, la aceptación de la democracia liberal como la única forma de libertad posible, de la que emanan los únicos principios y fundamentos en los que una sociedad actual, en pleno siglo XXI, puede articular la convivencia de una comunidad de personas. O bien, dentro de otro contexto más polémico, ¿por qué motivo una sociedad no puede defender su homogeneidad étnica y/o cultural? Este es un tema tabú, que suele conllevar el ostracismo social, las miradas de odio o, directamente, el desprecio y el rechazo más absolutos. Y volvemos a preguntar, ¿y si los miembros que componen esa sociedad deciden, libremente, que eso sea así? Cambiemos de escenario, ¿y si una sociedad decide mantener, también libremente, las tradiciones políticas de sus antepasados y seguir conformándose como comunidad política en base a un credo religioso, a una idea de origen premoderno o bajo la inspiración de cualquier otro principio que entre en contradicción con la democracia liberal posmoderna? Tampoco obtendremos una respuesta satisfactoria por parte del juicio de los modernos, en su intento de universalizar unas premisas y unos principios que pretenden abarcarlo todo, y con ello también nuestras mentalidades, que deben amoldarse, tal y como lo exigen los tiempos, y en virtud de ese progresismo de raíz teleológica a lo que demanda el pensamiento moderno y desarraigado.
No en vano, uno de los engaños más eficaces de los que se sirve la modernidad consiste en hacer creer a sus detractores que son libres de combatirla, bajo una impostada imagen de pluralidad que no es sino una ficción. Alguno dirá, elevando la voz y con cierta indignación, «¡podemos discutir los gobiernos, sus leyes, e incluso los excesos de las élites!», a lo cual añadirán ufanos, «¡…y además puedes elegir libremente a los gobernantes cada 4 años, ejerciendo tu derecho democrático al voto!». Y es cierto, puedes quejarte, especialmente en redes sociales y en el ámbito privado, incluso cuando el periodista de turno te pregunte por la calle, y hasta podrás participar en una manifestación, normalmente diseñada y monitoreada por partidos políticos, a izquierda o derecha, para mostrar tu desacuerdo, y sí, podrás votar entre las opciones que el propio sistema te ofrece. Pero, ciertamente, nunca podrás cuestionar las premisas fundamentales sobre las que se levanta el universo moderno, sus democracias liberales, sus sagrados principios. El sistema permite una considerable diversidad de opiniones, siempre que éstas se manifiesten dentro de un marco preconcebido, bajo unas premisas intelectuales y morales previamente establecidas. Se puede discrepar casi de cualquier cosa, pero siempre dentro de aquello que se determina de antemano, no vaya a ser que nadie se salga del redil y deba ser castigado por su osadía, por el atrevimiento a traspasar límites que no pueden ser sobrepasados, y que se tienen que aceptar obligatoriamente como evidencias indiscutibles.
La «virtud» de la moderación
Además, es muy curioso comprobar la insistencia que hay en torno a la idea de «moderación», a plantear siempre toda cuestión en términos de ambivalencia, de medias tintas, bajo una impostura que no es más que una llamada a la mediocridad, a las componendas, y al pensamiento débil. Y este elemento añade un condicionante más a lo anteriormente expuesto, y es que el sistema liberal no solo determina qué puede pensarse, sino también la intensidad y la forma en que este hipotético desacuerdo debe presentarse. Se exige que no exista un exceso de convicción a la hora de defender un principio o atacar una determinada idea, no se vaya alguien a pasar de la raya y pase a ser sospechoso, para entonces ser considerado como un «agitador», un «demente» o un radical, un «ultra».
Y en torno al concepto de radical o radicalismo hay una inversión semántica que resulta especialmente interesante, ya que entronca perfectamente con aquella idea nietzscheana de la Transvaloración de todos los valores, y como conceptos y términos cuyos orígenes etimológicos nos remiten a significados totalmente opuestos a los que poseen en la actualidad. De tal manera que si lo radical nos remite a lo que permanece bien enraizado en la naturaleza del ser y, en consecuencia, posee una connotación positiva de origen, pues supone también ir hasta la raíz de una cuestión, combatir algo en sus fundamentos, dado el contexto que planteamos, ahora se transforma en una suerte de locura y fanatismo a erradicar (valga la redundancia etimológica), a desterrar para siempre de las conciencias del común de la gente. Y sin embargo, lo «moderado» es considerado como lo cabal, lo racional, lo prudente o lo democrático.
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No nos llevemos a engaños, la moderación representa una forma clara y nítida de neutralización dentro del pensamiento contemporáneo. El hombre moderno ha terminado por convencerse de que la moderación representa una virtud en sí misma, mientras que el radicalismo representa su opuesto inconciliable, una suerte de enfermedad. El moderado dialoga y pretende llegar a puntos de encuentro, sin provocar rupturas dramáticas, mientras que el radical confronta y conduce a desencuentros insoslayables. El moderado reconoce la complejidad de los problemas, y de ahí su talante discursivo, y su voluntad de no tensar demasiado la cuerda, mientras que el radical, irracional, sin dos dedos de frente, tiende a simplificar. Esa es la visión que domina la mentalidad del liberal, que se mueve dentro de estas antítesis que buscan enfatizar en todo momento esa dicotomía entre lo racional y lo irracional, construyendo casi una parodia.
Vayamos más allá, ¿qué significa entonces ser radical? La palabra procede del latín radix, es decir, raíz. Radical es, como ya hemos apuntado anteriormente, aquel que busca la raíz de las cosas, quien no se conforma con examinar sus manifestaciones superficiales, sino que pretende remontarse hasta los principios que las producen. En este sentido, el radical no tiene por qué ser ningún fanático, más bien se trata del hombre que se niega a aceptar un orden de cosas dado sin conocer antes su origen y aquello que lo fundamenta en sus bases y cimientos originales. A este respecto, nos damos cuenta de la eficacia con la que la modernidad liberal ha provocado esta operación de inversión semántica. Ha conseguido que quien pregunta por las raíces sea considerado peligroso, mientras que quien acepta las premisas que el sistema ofrece y se limita a discutir sus aplicaciones sea razonable. Puedes cuestionar una ley, pero no puedes poner en duda la concepción del hombre que la inspira, y podríamos trasladar esta cuestión a uno de los temas tabú de la democracia liberal de las últimas décadas, como es la cuestión del lobby homosexualista, o el propiamente feminista, que pueden ser discutidos en la implementación de leyes que promueven desde las instituciones, porque están plenamente institucionalizados, criticando que puedan extralimitarse, y nos vienen a la mente el tema de la bandera arcoiris en los ayuntamientos, pero no puedes cuestionar su existencia bajo ningún concepto, y mucho menos aventurarte a cuestionar o rechazar cualquier aspecto integral de susodichos movimientos, pues te arriesgas a ser considerado «homófobo», «machista» o cualquier otro tipo de etiqueta o apelativo por el estilo. En el mismo terreno, se puede criticar una política migratoria, pero no se puede preguntar por el principio universalista que niega la legitimidad de toda continuidad histórica de los pueblos. Y así sucesivamente, dando respuesta a nuestros primeros párrafos, con el cual hemos tratado de irrumpir de manera provocadora en el asunto. De modo que se puede protestar contra los excesos de la cultura contemporánea, pero sin llegar a preguntar si los principios fundamentales de esa cultura son ya problemáticos en sí mismos.
La moderación representa una frontera invisible, que determina tanto lo que podemos pensar como la distancia que se nos permite recorrer desde las ideas dominantes. Se tolera la discrepancia siempre que quien la exprese se mantenga dentro de un redil. Puede, incluso, tolerarse una oposición vehemente, siempre que no llegue a cuestionar los fundamentos últimos del sistema. Lo que se vuelve totalmente intolerable y no está permitido es la radicalidad en su sentido originario y auténtico: la voluntad de descender hasta las raíces, de escrutar la realidad hasta sus últimas consecuencias.
Pero la propia modernidad es víctima de su vocabulario y de sus constructos artificiosos, volviéndose paradójica o contradictoria, porque ésta fue radical, si atendemos a su propia genealogía histórica, en la ruptura revolucionaria que impuso con todas las formas políticas heredadas desde los episodios revolucionarios de 1789-1795 en adelante, ¿o acaso debatieron amistosamente con los vandeanos antes de perpetrar su ignominioso genocidio?; fue radical en la disolución de las estructuras tradicionales, frente a las cuales libró una lucha encarnizada y sin cuartel; fue radical en la transformación del concepto del individuo, de la familia, de la autoridad, de la propiedad, de la religión y de la comunidad política. La modernidad no tuvo reparo alguno en desarraigar al hombre de su pasado y en ponerlo en contraste con la civilización europea a la que siempre perteneció cuando consideró que sus raíces constituían obstáculos para la consecución de su proyecto. Sin embargo, una vez consumado su proyecto, pretende desterrar toda radicalidad para evitar que cuestiones los fundamentos de origen que han vertebrado su propia génesis.
Vamos a ir incluso más allá, y podemos decir que esta moderación, que tanto veneran los modernos de nuestros días, se ha convertido en una forma de conservadurismo de todo lo establecido, y con ello atentan contra ese «ir hacia delante», ese progresismo antropológico del que tanto se enorgullecen y promueven, y que también representa una de las muchas contradicciones internas que el liberal experimenta. La moderación, en sí misma, y planteada en términos de una virtud personal, de manifestar un temple, un equilibrio interior y no dejarse arrastrar por las pasiones o los bajos instintos, como una forma de autocontrol, no es necesariamente negativa ni implica en absoluto una postura claudicante ni débil, más bien todo lo contrario. Sin embargo, cuando enfrentamos este término en el ámbito de las categorías de lo político, transformado en un principio absoluto, puede alterar su significado de una manera extraordinaria, y que nos remite a la prohibición de llevar una idea hasta sus últimas consecuencias. En este terreno la moderación implica cobardía, mediocridad y, en definitiva, renuncia a la propia afirmación del pensamiento y del sentido originario de la radicalidad.
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Porque no toda posición equidistante es verdadera por encontrarse en el centro, porque la verdad no es, necesariamente, el punto medio entre dos errores. Si alguien descubre que una idea o determinada doctrina es errónea y está equivocada, no tiene ninguna obligación de afrontarla desde la moderación para resultar ética o moralmente aceptable a ojos de sus adversarios, de quienes promueven ese orden de ideas. Del mismo modo, si una civilización o comunidad política particular considera que determinados principios son esenciales para su continuidad, no tiene porqué situarse a medio camino entre su propia afirmación y la negación de sí misma, atendiendo a esa falsa premisa de la moderación. Nadie se imagina que los reinos cristianos del Norte, durante la Reconquista, por ejemplo, hubiera adoptado posiciones moderadas frente al enemigo sarraceno, o retrotrayéndonos a un ejemplo histórico anterior, que la Roma triunfante del Imperio hubiera acordado con los territorios que integró bajo su seno una suerte de negociación pacífica y democrática, mediante las urnas, para decidir la anexión de sus territorios imperiales. Es simplemente absurdo y ridículo. Del mismo modo, las guerras libradas por el liberalismo, bajo la égida del anglosionismo, no han negociado pacífica y moderadamente con aquellos pueblos a los que han sometido a sus bombardeos criminales, y la lista es larga, y si no que pregunten a los iraquíes, sirios o iraníes, por poner solo algunos ejemplos recientes.
Es más, existe una profunda relación entre radicalidad y fidelidad, porque quien posee raíces, como ya hemos dicho, no tiene por qué ser «extremista», en la acepción que modernamente se tiene de susodicho término. El radical sabe de dónde procede, y en virtud de ese conocimiento puede comprender mejor hacia dónde quiere dirigirse. La radix no remite solamente a la profundidad, sino también a la pertenencia, a la naturaleza íntima del Ser, porque lo que tiene raíces es porque crece sobre un suelo firme, del mismo modo que lo hace el árbol, lo que le permite, en primer lugar y ante todo, poseerse a sí mismo, sobre unas raíces intelectuales, culturales, espirituales y de identidad que le sirven como barrera y protección frente a cualquier corriente subversiva dominante. El hombre moderno, para ser sometido, primero ha tenido que «olvidar» quién es, de dónde viene y cuáles son sus raíces verdaderas. Sin esta operación de desarraigo nunca podría haber sido doblegado en su voluntad, que permanecería fiel e inquebrantable frente a toda falsificación o censura.
El hombre que asienta su existencia sobre las raíces no tiene miedo a preguntarse por los principios, por los orígenes y por la genealogía de las ideas, es capaz de preguntarse por la naturaleza del hombre, por el sentido de la comunidad, por la libertad, por la Patria, por el sentido de pertenencia a todos los niveles, étnico o de sangre, sobre el significado de la Tradición, por ideas que deben o no ser rechazadas y por una concepción general de lo humano, sin necesidad de promover actitudes hipócritas, cínicas e impostadas, sin practicar ningún tipo de autocensura, que normalmente nace del complejo, de la superficialidad y de la estupidez generalizada que emana de la sociedad de nuestros días, donde los comportamientos gregarios y sobresocializados dictan el pensamiento general de cada momento, que como podemos ver en los últimos tiempos viene dictado en su banalidad extrema y paroxística, por lo «viral». No olvidemos a esa caterva de imbéciles «farmeando aura» en las calles, vestidos de lagarteranas y saltimbanquis, generando vergüenza ajena y degradación animalesca.
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Son estos algunos de los motivos por los cuales el sistema teme mucho más al radical que al que plantea formas de oposición superficial, normalmente encuadradas en la dialéctica de los partidos, bajo el marco mental izquierda vs derecha. Son aquellos que comienzan su «argumentación» con el clásico «yo no soy… pero…», los que se quedan en los efectos inmediatos, en la consecuencia, desde un carácter reactivo en lo liviano y muy limitado, mientras que ese radical denostado y tan incómodo indaga en las causas originales de tal desbarajuste, para conocer las motivaciones sobre las que descansa un determinado problema. Porque este opositor superficial en el fondo no quiere contestar el orden de cosas existente, sino que a menudo lo que desea es que funcione mejor, y con ello atribuye el problema a que algo no funciona porque no se está haciendo bien, pero no porque rechace el posicionamiento en sí, sino su mal funcionamiento. Esto recuerda a las críticas que muchas veces se dirigen a los políticos, a los que se les atribuye comportamientos deleznables y denunciables, pero nunca se denuncia al propio sistema, que es quien, de facto, favorece ese tipo de gobernantes detestables. Y si lo trasladamos a nuestro caso particular en estos días podríamos decir, el problema no es Pedro Sánchez, el problema es el Régimen de 1978.
Con lo cual, y a modo de conclusión en este apartado, podríamos decir que la auténtica radicalidad representa no un exceso de pensamiento, sino su recuperación frente a una realidad donde toda forma de disidencia se ha integrado en el simulacro general que representan las democracias liberales posmodernas, bajo el mismo orden teatralizado. Radicalidad es sinónimo de profundidad, de voluntad de comprensión, de fidelidad a las raíces, a lo que nos hace hombres y nos reconoce dentro de un Orden, de un Cosmos frente al caos y la disolución del hombre estabulado que propone un liberalismo sin alma, desarraigado y enemigo de de la Verdad.
El poder de las palabras: la dictadura del lenguaje
«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»
— Ludwig Wittgenstein
No es precisamente escasa la literatura que nos habla de las manipulaciones de la psique a gran escala, por parte de gobiernos y Agendas al servicio de intereses perversos y deshumanizadores, y de hecho este es un tema que hemos tocado en multitud de ocasiones a lo largo de los últimos años. El lenguaje no es neutro, debemos partir de esa base. Y en este sentido nos viene a la mente el ejemplo de aquel personaje que aparece en 1984, Syme, que trabajaba en el Ministerio de la Verdad junto al protagonista de la novela, Winston Smith, y que nos sirve perfectamente de guía para explicar la relación directa entre lenguaje, pensamiento y poder. El personaje en cuestión trabaja en la creación de una «neolengua» y su tarea consiste en revisar y reducir progresivamente el idioma inglés eliminando palabras, matices y posibilidades expresivas con un objetivo final: reducir a la mínima expresión cualquier capacidad para pensar críticamente. Al destruir las palabras también se elimina el significado asociado a ellas. De tal manera que se lleva a cabo un proceso de transformación y simplificación del lenguaje, limitándolo, para evitar que puedan formularse pensamientos independientes, que se salgan del control del partido. El tal Syme concibe este proyecto como una suerte de «perfeccionamiento del lenguaje», porque pretende llegar hasta el punto en el cual haya pensamientos que no puedan siquiera concebirse porque ya no existan los conceptos necesarios para expresarlos o formularlos. Un lenguaje preciso, mecánico en su expresión oral y unívoco, prácticamente robotizado, el lenguaje de los esclavos. Y no es una idea que se limite al mundo de la ficción. Uno de los principales desafíos en el desarrollo de la Inteligencia Artificial deriva precisamente de estar sujeta a la documentación existente y a su incapacidad de crear nuevos conceptos y palabras que conduzcan al descubrimiento de nuevos paradigmas.
Volviendo a lo que comentábamos sobre la mutilación del lenguaje, en buena medida, y aunque sea en un contexto muy diferente, esta agresión hacia la lengua y hacia las enormes posibilidades semánticas y de matiz que entraña, se está produciendo en nuestros días también en el castellano o español, aunque sea de una manera más sutil.
No podemos obviar como en los famosos informes PISA, año tras año, y evaluando el nivel del alumnado español, la comprensión lectora, la capacidad de elaborar juicios críticos o de desarrollar un pensamiento independiente, termina evidenciando que las nuevas generaciones son «educadas» bajo ese mismo patrón simplificador que nos ofrece el ejemplo de la novela de George Orwell. Una juventud mermada en sus capacidades cognitivas, abocada a comportamientos estúpidos, y a la atrofia lingüística con determinados modos y vocablos de importación —todos hemos visto a los jóvenes actuales utilizando el apelativo de «bro», brother, hermano, para relacionarse entre ellos, en una muestra más de la colonización cultural estadounidense bajo la que vivimos— que se han convertido de uso común entre una juventud totalmente desarraigada.
Por este motivo para el sistema liberal es muy importante establecer previamente las categorías mediante las cuales este individuo desnortado tendrá que pensar. No se trata de una cuestión menor ni secundaria, ya que si bien una autoridad podría forzar a sus ciudadanos a creer en determinadas cosas a través de la imposición de la fuerza bruta, éstos sabrían en todo momento, o al menos un porcentaje de ellos, que están siendo engañados aunque se vieran forzados a obedecer por razones de supervivencia. Un poder mucho más perfeccionado en ese sentido, como sucede en la actualidad, donde actúan mecanismos mucho más sutiles, procura que determinadas ideas aparezcan ya formuladas dentro de un vocabulario que las deslegitima, mientras que otras adquieren, al ser expresadas por determinadas palabras, una apariencia de evidencia, intencionalidad y superioridad moral. A modo de ejemplo, podemos pensar en la conocida como N-word dentro del mundo anglosajón, que nos remite a una norma de regularización moral, en virtud de la cual el término «nigger», solo puede ser pronunciado por aquellos que pertenecen a la comunidad afrodescendiente, excluyendo a los caucásicos de su uso, que les está vetado, bajo la acusación directa de racismo. Es una palabra que carece de neutralidad, y además sirve para ubicar moralmente a quien la pronuncia, pues denota automáticamente un ataque directo a la población negra. Como vemos, es una simple palabra, y que no está en función de un contexto determinado, sino que en sí misma ya conlleva toda esa carga que hemos descrito. En paralelo a la N-word se ha desarrollado un lenguaje muy característico con una serie de términos que tienden a encuadrar en un marco de «discriminaciones» y «singularidades» a las denominadas minorías, entre las que se encuentran básicamente «inmigrantes» o personas pertenecientes a las llamadas «minorías étnicas» — aunque a escala global no lo son precisamente. En este contexto, términos como «persona racializada» sirven para implementar estos códigos, que solamente se pueden aplicar a personas de otras razas diferentes a la caucásica o blanca, a quienes, de algún modo, se les niega su propio sentido de pertenencia.
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Con lo cual, el problema del lenguaje es indisociable del poder. Es decir, el lenguaje no es un instrumento puramente exterior, un canal mediante el cual el pensamiento adquiere sonido y permite una forma de comunicación oral entre las personas. También es, y especialmente, uno de los medios fundamentales a partir del cual el hombre organiza y explica la realidad, se sirve del lenguaje para estructurar aquello que lo rodea, y se sirve del mismo para identificar los objetos que lo componen y al mismo tiempo definirlos dándoles una ubicación particular e incluso para determinar las relaciones interpersonales. A partir de aquí podemos relacionar, comparar, jerarquizar y juzgar todo cuanto compone nuestro mundo. Y cuanto más pobre es el repertorio conceptual que manejamos, más difícil será formular las relaciones entre las cosas1. Y también al revés, cuanto más precisas sean las categorías del lenguaje, mayor capacidad para distinguir y plantear matices, que de otro modo permanecerían ocultos a nuestra conciencia.
¿Adónde queremos llegar con todo este razonamiento? La conclusión evidente es que el hombre se encuentra sometido a un sistema de categorías que condiciona continuamente aquello que puede expresar sin ser inmediatamente descalificado. El hombre puede tener libertad para pronunciar las palabras, pero no necesariamente la libertad para atribuirles un significado diferente al que le otorga el consenso dominante. Esto significa que se puede hablar, por ejemplo, de las categorías fijadas en torno a «machismo» y «feminismo», pero no puedes cambiar las connotaciones y significados asociados. El «machismo», que se atribuye a cualquier forma de afirmación masculina será siempre intrínsecamente negativo, malvado, asociado a un principio agresivo y destructivo, que hay que desterrar de la sociedad; mientras, en el caso del feminismo, se asociará inequívocamente a un principio positivo, igualitario, asociado a la nivelación social y al triunfo de la lógica de los tiempos. Y al igual que este ejemplo, podemos poner otros muchos, como, por ejemplo la idea del «aborto», concebido como algo positivo y deseable, como una expresión de los eufemísticamente denominados como «derechos reproductivos», que permiten a la hipotética madre liberarse de la carga de responsabilidad que supone engendrar al hijo. En el caso de la «eutanasia», también sería concebido como un derecho individual, en el cual la participación del Estado permitiría acometer un «suicidio asistido» —otro eufemismo— en lugar de hablar de asesinato del no-nacido o de la ejecución de personas enfermas y/o con problemas.
Con lo cual nos enfrentamos a la dicotomía entre dos principios: el paso de una autoridad externa que, de modo coercitivo, le dice al individuo: «esto no puedes decirlo» a una mucho más sutil e implícita, que ya no depende de la autoridad exterior y que se ha introducido en la conciencia del individuo para dictarle «esto no debería decirlo», por la ya mencionada contextualización y receptor moral que determinadas palabras implican en su uso. Tenemos otro ejemplo que nos ha pasado inadvertido, y es la connotación negativa que se asocia al término «subnormal», que a día de hoy se concibe exclusivamente como un insulto, como una forma peyorativa, descalificativa y humillante que vulnera la dignidad de la persona a quien se dirige. Pues bien, hasta hace unas décadas era de uso común, e incluso en el año 1980 los medios de comunicación proclamaron «el año del subnormal», en referencia a las personas que, efectivamente, poseían una discapacidad cognitiva y podían ser catalogados médicamente como «subnormales», sin que ello implicara una forma de humillación más allá de un «estado médico».
En otros contextos, más relacionados con el ámbito de lo político, vemos como el término «fascista» o «nazi» se han convertido en el cajón de sastre para todo tipo de descalificaciones del oponente político, normalmente asociado al «radical», al «ultra» del que hablábamos en el apartado anterior. Una suerte de intolerante y monstruo desalmado que conspira para provocar la desgracia y el mal generalizado. Un fantasma, inexistente por otro lado, que a determinadas facciones de partido les interesa invocar en aras de la polarización y el enfrentamiento de las masas en esta, nuestra querida oclocracia fundada en 1978. En este caso deberíamos hablar de la desfiguración de las palabras y la reasignación de un significado diferente al original, y que lejos de radicarse en la categoría de lo político, lo trasciende para calificar cualquier acto de «odio», «intolerancia» o «discriminación», formando parte de ese amplio abanico de palabras —ya mencionadas con anterioridad— que funcionan como mecanismos automáticos de deslegitimación.
De tal manera que cualquier juicio de valor, idea o posicionamiento que pueda hacerse acreedor a cualquiera de estas «palabras policía» terminará por ser estigmatizado y asociado automáticamente a todo el contexto que impregna este vocabulario maldito, cuyas acepciones, más o menos arbitrarias, obedecen a una intencionalidad ideológica evidente. Y esto nos lleva también al uso de la etiqueta como instrumento análogo de deslegitimación del discurso contrario, o del discurso disidente, dado que aquel que es calificado de «racista», «homófobo» o «machista», verá su argumentario arruinado y rechazado desde el primer momento, y se verá obligado a recular, o bien mediante una disculpa o bien a través del reciclaje de las opiniones propias bajo el marco mental y conceptual de quien lo ha etiquetado como tal.
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¿Estamos proponiendo que hay que ser «fascista», «racista», «homófobo» y «machista»? En absoluto, porque no reconocemos validez alguna al uso de esos términos ni los significados asociados, en la medida que obedecen a un constructo ideológico y a un moldeamiento de conciencias cuyo objetivo es restringir el libre pensamiento y la propuesta de paradigmas ideológicos o de cualquier otra naturaleza, que puedan postularse como alternativas reales y viables ante un sistema liberal cuya propuesta es puramente destructiva, que aleja al hombre de sus raíces y lo deconstruye permanentemente con propósitos liberticidas y antihumanos. El disidente nunca debe aceptar las premisas ideológicas de su enemigo, nunca debe someterse a las trampas de su dialéctica, porque defiende otro orden de cosas, otro modelo de civilización.
Con lo cual, nosotros no retrocedemos ante las etiquetas, ni obedecemos a los significados unívocos y arbitrarios del viciado lenguaje liberal. Y con esto no queremos decir, simplemente, que despreciemos todo su universo ideológico, sus categorías de pensamiento y el intento de reducir el lenguaje a su estrecha visión mercantilista del mundo, sino que además atenta contra la visión natural de las cosas. El mundo se estructura de una manera muy diferente, lejos de los antagonismos impostados, de los «delitos de pensamiento» y de todas esas mamarrachadas que impulsan la autocensura y el complejo generalizado de una masa que se niega a disentir, quizás porque carece de las herramientas necesarias o, no lo descartemos, ya ha claudicado frente a las fuerzas del mal que dominan el mundo por doquier.
Modas y estatus socio-ideológico
Todo lo que estamos discutiendo en este artículo no es otra cosa que la enésima reflexión sobre la teoría de la Ventana de Overton, el movimiento del marco que determina qué es lo socialmente aceptable y qué no.
Este es un mecanismo que aprovecha la necesidad de la masa acrítica de sentirse dentro del marco impuesto por esta ventana. Todo el mundo quiere estar a la moda, no solamente en su apariencia estética sino también en su apariencia ideológica.
En su mayoría, muchas de las personas que se adhieren a determinada corriente de pensamiento –y especialmente las que presumen de ello– no tienen un compromiso ni un enraizamiento real y genuino por lo que dicen defender. Se trata simplemente de manifestaciones de ese deseo de pertenecer a algo que creen que es lo aceptable, aunque no sea necesariamente lo correcto. En la mayoría de casos no llegan a razonar con la honestidad debida si el movimiento al que están adscritos es correcto, moral o, incluso, si responde a sus intereses legítimos o no.
Estamos hartos de ver en internet videos en los que «reporteros intrépidos» se aventuran a entrevistar a participantes en manifestaciones de cualquier signo, para dejar en evidencia la estupidez, la intransigencia o la incongruencia de los entrevistados. Realmente, ese tipo de vídeos no dejan de ser una forma de entretenimiento que no sirve para nada más que para polarizar a la sociedad y engrosar el ego tanto del entrevistador como el de sus seguidores.
Es ingenuo pensar que se puede razonar con la masa con el propósito de que salga de su zona de confort, de que abandone la moda en la que se siente cómodo y aceptado. Es la influencia en la moda y en la percepción de las mayorías lo que podrá hacerles salir de ahí… Y no, no será por criterio propio sino por arrastre.
El procés como ejemplo de una moda pasajera
Un ejemplo de esto lo teníamos en Cataluña, sin ir más lejos.
Desde el inicio del R78 y prácticamente hasta la ridícula y fallida proclamación de unilateral independencia del 10 de octubre de 2017, el incremento entre la población del sentir independentista no correspondía a otra cosa más que a una moda. Ser «indepe» estaba de moda, era la llave que prometía pertenecer al grupo de «los guays», de los populares, la que le permitiría a los charnegos hablar de tú a tú con su jefe catalán de toda la vida.
Está más que registrado todo el uso que se le dió a la maquinaria mediática, especialmente desde al año 2010, ya no tanto para convencer (no se trataba de eso) sino para simular que el bando independentista era mayoritario. Ese era el auténtico objetivo de inundar las calles de lacitos amarillos y de otra parafernalia: simular ser una mayoría para arrastrar cada vez a más tontos a su causa y lograr una masa crítica que forzara a conseguir el objetivo que las élites económicas perseguían.
Sin embargo, en las últimas consecuencias, cuando ya parecía que la independencia unilateral forzada era irreversible, mucha de la gente contraria a toda esta farsa que se había mantenido callada, “moderada”, durante casi 40 años por vergüenza, por no ser considerado un cateto, un garrulo o un “radical”, salió a la calle y ahí se evidenció la mentira: que no había tal mayoría independentista.
El resto es una historia que ya conocemos. En la actualidad, muchos antiguos fervorosos independentistas reniegan de su implicación, muchos diciendo que «los han engañado» o que «todos los políticos son iguales», pero todavía sin reconocer que simplemente siguieron, de forma acrítica, una moda ya caduca.
Dolça Catalunya · Cita / reseña · Dolça Catalunya ↗
El relato determina qué es una barbaridad y qué no.
Probablemente el título de este apartado haya sido puesto en duda por el lector, pero todos somos víctimas de esto aunque no lo queramos manifestar.
Los ejemplos más gráficos y más viscerales los tenemos en torno a todo aquello que atenta contra la vida de las personas. Porque sí, en este campo también hay cosas clasificadas como barbaridad y cosas que no. Nuestras tripas lo saben.
Supongamos que, aprovechando el problema de la invasión de Ceuta, a alguna voz pública se le ocurriera reforzar las fronteras con medidas disuasorias que supusieran un peligro de muerte para los invasores: verjas electrificadas, campos de minas, líneas de ametralladoras o un foso con cocodrilos. Todos sabemos que, pese a ser la medida disuasoria más natural del mundo (los animales más venenosos son los más llamativos precisamente para disuadir), esto es considerado «una barbaridad». ¡Y no hay nada más que hablar! ¡Fin! ¿¡No querremos hacer lo mismo que hace Israel!? (aunque les «falle» justo cuando van a traspasar su frontera).
Sin embargo no parece haber ningún tipo de objeción vehemente contra las políticas relacionadas con el aborto o la eutanasia, porque son medidas «voluntarias» en todo caso. Parece que pesa más la hipotética muerte de alguien que, pese a los avisos y a sabiendas del riesgo que corre, decida violar una frontera que la de quien ha sido asesinado por motivos económicos o de salud mental.
Es prácticamente el mismo mecanismo que desata la reacción de los imbéciles gritadores de «¡eh, eh, eh!» por la calle cuando presencian algún altercado que entra en su definición de «barbaridad».
En la gran mayoría de casos todo esto no es más que un ejercicio para premiar (o hacer sentirse premiados) a los que colaboran en deformar la realidad para que se adapte al relato y actúan como policía del sistema afeando al que se sale del guión. La típica «charo» lo que busca, al fin y al cabo –más que el beneficio de convertirse en lo que el relato identifique como «víctima»– es sentirse premiada, demostrar que se está ganando el cielo llamando al orden y a la caza de brujas contra los herejes.
Generada con IA · ChatGPT · Hipérbola Janus
Esto nos recuerda las críticas que llovieron contra Mariano Rajoy por evidenciar que la selección francesa de fútbol está compuesta, en su mayoría, por africanos. El charismo internacional se apresuró a afear esas declaraciones, asegurando que eran tan franceses como el que más y evitando explicar por qué ser francés es mejor que ser africano.
Conclusión
Somos conscientes del mundo en el que vivimos, dominado por agentes muy poderosos que condicionan nuestras vidas. Si bien llamamos, pues, a la prudencia no lo hacemos a la moderación.
Es de sobras conocido que en el mundo corporativo hay que seguir un modelo de comportamiento y de lenguaje que a cualquier persona con un mínimo de integridad le produce ganas de vomitar. Basta con darse un paseo por Linkedin para notar estos efectos. Por eso, no hace falta que digamos que para no poner en peligro ni el trabajo ni el salario a veces toca hacer de tripas corazón. Pero sí que es cierto que hay una distancia considerable entre querer pasar desapercibido para evitar buscarse problemas y apoyar y secundar hipócritamente las políticas oficiales con la esperanza de sentirse premiado.
Obedecer ciegamente según qué directrices solo por no arriesgar un salario y ampararse en la «profesionalidad» para no aplicar una huelga de celo hacia órdenes que uno sabe injustas, incorrectas o desproporcionadas es una mezquindad imperdonable.
Aquellos que aspiren a recibir recompensas obedeciendo a sus amos deberían recordar que «Roma no paga a traidores».
En personas políglotas es conocido el efecto del cambio de personalidad en función del idioma en el que se habla. ↩︎
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