La negación de la existencia de un Orden Natural

La negación del orden natural y cristiano de raíz grecorromana y escolástica que sirve de cimiento a nuestra civilización destruye nuestra civilización y conduce al nihilismo moderno.

Carlos X. Blanco 7 min de lectura
La negación de la existencia de un Orden Natural

Giovanni di Paolo (1398–1482) · Dominio público · Wikimedia Commons ↗

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La negación de la existencia de un Orden Natural, de un Orden del Ser al cual se ajusta todo el Orden del Conocer y todo Orden del Obrar, no puede significar otra cosa que .

La existencia de un Orden Natural fue el descubrimiento inmenso de los griegos. Nuestra realidad, el Ser en el cual el hombre se inserta, o la Naturaleza a la cual le da sentido y concepto, se atiene en parte a nuestras facultades cognoscitivas: la Realidad no es caótica ni plenariamente misteriosa. Hay una legalidad a la que el hombre está sometido, y el humano logos descubre —desde el siglo VI a.C.— que él no es exclusivamente humano; más bien encuentra que es un patrón objetivo, broncíneo, al que todo sujeto de conocimiento se ve sometido.

Si grande, inmenso, fue el escenario que se abrió ante la mente griega, y si grande, inconmensurable, fue el milagro que aquella mente antigua hizo posible, a saber, el conocimiento de la physis y la inserción en el alma del sentido de la areté y de la polis, vale decir, la ética individual y el sentido de la comunidad, un injerto en ese conocimiento natural de lo natural, hemos de convenir que mucho mayor fue el logro del cristianismo. Un logro que se alzó sobre el helénico. El mensaje del Salvador cayó no sobre un pueblo judío testarudo e infiel, como neciamente se dice con eso del «judeocristianismo», sino sobre una cultura helenística muy vital todavía que hizo de fermento. Lo más alto de la civilización recibió la Palabra desde lo más alto del Cielo.

Fue el logro del cristianismo una especie de elevación de lo ya de por sí grande. Fue, en realidad, tomar conciencia del hombre como criatura predilecta de la Divinidad: hacer del hombre algo más que una bestia inteligente, (todo esto, sublime de por sí, logrado en la Grecia clásica, mas, insuficiente). enseñó durante siglos que nosotros, los «bípedos implumes» somos Hijos «hechos a imagen y semejanza» de Dios, cuyo sacratísimo rostro llevamos estampado —por decirlo así— en el hondo de nuestra alma.

Los Grandes Padres, y muy en especial Agustín de Hipona, , junto con la Escolástica (la primera, medieval, pero también la segunda y tercera, muy hispánicas ellas) nos han transmitido a la Filosofía, a la Teología y al Derecho, todo un legado inmenso, el cual ya incorporaba todo el corpus helénico (con su amor a la razón y a la physis) pero potenciado por la misma conciencia de ser hijos de Dios y llamados a trascender ese mismo logos y dicha concepción naturalista.

Hablar de un Orden Natural entraña, a partir de la Filosofía y la Teología cristianas, una remisión, una necesaria proyección al Orden Sobrenatural. No son dos «mundos» escindidos, como han pretendido toda suerte de herejías (especialmente las herejías del protestantismo), recayendo así, en plena Modernidad, en un tipo de concepción gnóstica, en un helenismo atrofiado. Lo mejor del helenismo estaba llamado a ser cristianismo y no gnosis. Pertenecer a la Civilización de Cristo, y a Cristo mismo, significa amar la Naturaleza y amar al Espíritu que en ella pasajeramente se cobija: el ser humano es criatura racional porque su alma es de la estirpe de lo Divino. Su realidad corpórea ya lleva en sí la hermosura y bondad de Quien la ha creado, creada la carne conjuntamente con su alma.

Las consecuencias que de tal amor y respeto al Orden Natural se desprenden, Orden del Ser creado, orientado a la Trascendencia, son teoremas colosales, que no pueden trastocarse, salvo incurriendo en el crimen y la disolución.

Si hay un Derecho Natural ello obedece a que la criatura humana posee en sí un logos y una especie de semilla que le lleva a buscar la Verdad. Dicha simiente fue plantada por el Criador, y regada por sanos hábitos crece en cada hombre ayudándole con tronco y ramaje firme a discernir aquellos principios y aquellas normas que, adaptados a nuestra limitación terrena, reflejan la única Ley Positiva, que es la eterna y la emanada directamente de Dios.

Soy de aquellos que dicen que «solamente la Tradición es revolucionaria», y en unos tiempos en los que se están dando (por parafrasear a ) una subversión de todos los valores, importa más que nunca reivindicar un Derecho Natural y un firme anclaje de éste en la Teología y en la Filosofía, materias todas estas que buscan la verdad y orientan las inquisiciones hacia la verdadera fuente de la verdad.

La creencia o más bien la ideología que promete al hombre hacerse a sí mismo y hasta destruirse en nombre de una pretendida autodeterminación de la voluntad, según la cual «seréis como dioses», es la causa del nihilismo de esta parte del mundo que dan en llamar Occidente, término puramente geográfico, para poner su yugo sobre nosotros, o Europa, término vago que pudo basarse en el Imperio Carolingio o en el Sacro Imperio pero disonante con el más riguroso de Civilización Cristiana (cuyo centro y corazón es la Hispanidad).

La viejísima serpiente sedujo a Eva, y hoy sigue con su rebelión, muchos miles de años después. Te quieren hacer ver que mutilar tu cuerpo, cambiar de sexo, abortar hijos, despedir amores y consumir drogas, pornografía o “datos” es propio de dioses. La pobre serpiente, poderosa como aparenta ser ante quien ya ha desconectado del Orden Natural, reflejo y continuación del Sobrenatural, ignora precisamente esa continuidad. El Otro Mundo, al que estamos llamados, no viene separado por un Abismo. Y el Mundo de Acá, lejos de ser (gnóstica y neoplatónicamente) un infecto basurero que refleja míseramente al Superior es, por el contrario, la bella y recta vía que nos devuelve a Él, al Criador y a su Reino de los Santos.

El poder luciferino ha anidado en los más diversos ámbitos de la llamada Modernidad. La propia Modernidad es el traje con el que se disfraza el capitalismo. A partir de Locke trata el europeo y el americano de autodeterminar su voluntad, esto es, endiosarla, haciéndose acreedor de derechos antes que deberes. El Maestro y Salvador había inspirado : forjar una civilización basándose en el servicio. Desde la persona más alta y coronada, hasta el criado o el labriego humilde, todos somos servidores de Dios. En el fondo a Él le debemos máximo servicio, siendo el servicio a otros hombres un reflejo del principal. Y digo principal pues este servicio a Dios y a su causa es el que renueva y fortalece el puente, la pasarela transfísica que conecta el Orden Natural con el Sobrenatural.

La Gracia no anula la Naturaleza, sino que la perfecciona. Tal principio fundamental permite comprender la relación entre las ciencias humanas (la Filosofía, el Derecho Natural, la Teología racional) con las divinas. Si los hombres de la llamada Modernidad emplean y entienden sus cuerpos como «propiedad», como quiere este capitalismo, que ante nada se detiene si ve que hay posibilidad de explotar y mercadear, entonces no nos puede resultar raro que nuevas y más terribles esclavitudes aparezcan cada día. Ese «Occidente» (que no fue lo mismo que la Hispanidad, sino más bien la rebeldía ante la Civilidad Cristiana) esclavizó razas y pueblos enteros, y puso sus cuerpos en venta. Pero nuevas esclavitudes del alma fueron surgiendo, y hoy existen tecnologías que esclavizan el alma. Es una gran esclavitud haber convencido a las masas de una libertad aparente, que surge contractualmente de las deliberaciones y pactos (que, al venir de los hombres y no de lo Alto, se rompen), y que los deseos tienen que hacerse realidad. Es una terrible esclavitud creer en un Estado Leviatán, que resolverá todos nuestros problemas, incluso el problema de saber qué es lo que debemos amar, pensar y en qué depositar la fe.