Presentación de «Abismos interiores», de Carlos X. Blanco

«Abismos interiores» muestra a Carlos X. Blanco explorando una narrativa de horror metafísico donde identidad, lenguaje y conciencia se disuelven. A través de visiones, monólogos y descensos simbólicos, los relatos revelan un abismo interior que funciona como conocimiento oscuro y límite del ser.

Hipérbola Janus 11 min de lectura
Presentación de «Abismos interiores», de Carlos X. Blanco
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Aprovechamos el estreno de nuestra nueva página web para presentar nuestra última publicación. En esta ocasión es el turno de , del profesor , autor fecundo de origen asturiano, de quien ya disponemos de algunas obras precedentes como , un trabajo de crítica política y actualidad sobre las derivas de la izquierda globalista, muy en la línea del filósofo marxista y antiglobalista , o bien , donde coordina una colección de textos confucianos de amplio valor doctrinal y geopolítico, que nos aportan un conocimiento interesante sobre las derivas del confucianismo en la China de los últimos tiempos. Asimismo, el autor es un colaborador habitual de Mos Maiorum y recientemente ha prologado de , mostrando sus amplios conocimientos sobre la cultura celta. También podríamos hablar de los innumerables trabajos presentados a lo largo de los años bajo diferentes sellos editoriales, en una obra abundante y fecunda. En paralelo con ensayos enmarcados en diferentes vertientes, nuestro autor también ha cultivado el género literario, del que la obra que presentamos es una buena muestra.

Caracterización de la obra: el horror frente a la condición humana

Abismos interiores se presenta como una obra singular dentro del conjunto de la obra de Carlos X Blanco, y más teniendo en cuenta el carácter más filosófico y ensayístico que la caracteriza, tal y como apuntábamos en el párrafo anterior. En el conjunto de relatos literarios que componen la obra, y que son perfectamente coherentes en su sucesión, podríamos caracterizarlos bajo la etiqueta de «literatura de las profundidades», en la que el lector es invitado a viajar por los recovecos más oscuros del alma humana, donde sueño y realidad se confunden en una atmósfera saturada de decadencia, soledad y vértigo existencial. Desde las primeras páginas, en las que los protagonistas hablan de hechos consumados e irreversibles, desembocados en situaciones trágicas, nos los narra en primera persona, en una especie de descenso iniciático y dantesco a los infiernos, pero en lugar de un infierno teológico se nos plantea en una dimensión más psíquica, donde las formas del yo comienzan a disolverse.

Bajo la aureola de una innegable influencia lovecraftiana, Blanco no nos presenta aspectos cósmicos o mitológicos como lo haría el autor de Providence, sino que nos enfrenta a algo más sutil; la experiencia del límite del entendimiento, la irrupción de lo incomprensible en el interior de la conciencia. Nuestro autor busca suscitar no sólo el horror hacia algo exterior, sino hacia algo interior, que se encuentra enraizado en el propio pensamiento, en ese punto que el intelecto se enfrenta con la impotencia. Del mismo modo que en H. P. Lovecraft, se perfila una «geografía del miedo», desplazada de ese espacio físico a uno interior, un abismo subterráneo, que se prolonga bajo el subsuelo, pero también en el propio inconsciente, en las profundidades de la mente.

La prosa de Carlos Blanco es compleja, densa y elevada, alternando un lirismo visionario, un estilo descriptivo y, al mismo tiempo, profundidad filosófica. Un estilo simbólico y sensorialmente cargado que nos evoca una experiencia oscura y aciaga. El lector percibe ya desde las primeras páginas un ritmo narrativo que oscila entre el delirio y la meditación, entre la febrilidad del sueño y la lucidez del diagnóstico del protagonista que conscientemente se dirige hacia una situación fatal, quizás prefijada por el destino. Esta dualidad constante nos hace oscilar entre la razón y la demencia, entre las luces y las sombras, lo que constituye el eje del relato y el núcleo de la propia tensión narrativa. El protagonista de todos los relatos que componen la obra cuentan con un elemento central, el alma desgarrada frente a una realidad que se desmorona bajo el peso de una verdad más profunda e inquietante: es la de un ser humano que convive con unas fuerzas, de carácter ctónico podríamos decir, que no comprende, y la pequeñez de su conciencia apenas representa una luz débil y tenue en un océano de tinieblas.

Otro de los tonos dominantes, omnipresente en cada uno de los relatos, es la idea de descomposición, y ya no de una realidad o cotidianidad fragmentada que se cae a pedazos, sino también del lenguaje y de las propias categorías del pensamiento. Carlos Blanco, fiel a su formación filosófica, convierte la narrativa en un laboratorio metafísico. La estructura del libro no sigue una trama convencional, y más que una narración lineal, Abismos interiores se articula en torno a un conjunto de visiones, monólogos y fragmentos, donde el yo se descompone progresivamente. Mientras que hay pasajes que parecen sueños, otros son reflexiones al borde de la locura, mientras que en otros se produce directa o indirectamente una invocación del abismo.

Esta idea de disolución estructural coincide con el tema central: el descubrimiento de que la identidad humana es una ficción sostenida por el miedo. El narrador, y con él las diferentes figuras particulares que actúan como yo en el libro, atraviesan estados de disolución y éxtasis negativos. No hay redención, pero sin embargo sí vemos una clarividencia profunda e insondable. El vacío interior planea sobre todos ellos, y lo hace sin posibilidad de consuelo alguno. En consecuencia, podemos hablar de una meditación profunda sobre el horror ontológico, sobre el propio ser, es un espasmo que oprime en lo profundo, la idea de que el conocimiento, cuando es radical, conduce al espanto. No obstante, y quizás esta es una de las paradojas del texto, el descenso hacia ese abismo subterráneo e interior es deseado y buscado, con la intención de contemplarla y habitarla, quizás con la idea de que solo en contacto con el horror es posible alcanzar la verdad del Ser.

Los símbolos de la disolución

Pero Abismos interiores también nos plantea una apertura hacia dimensiones más profundas de la conciencia, de aquello que esta percibe en su estado ordinario, para plantearnos una arquitectura simbólica de esa fragmentación interior, en una suerte de topografía poética y filosófica de la desintegración, de la caída de lo humano. Una puerta abierta hacia la disolución total.

Uno de los grandes símbolos que se nos presenta recurrentemente en el texto es la idea del vacío, pero sin adquirir las habituales características de un simple nihilismo o pasividad frente a la aniquilación, más bien a través de una presencia devoradora, de una frontera liminal que representa el vacío en el encuentro de lo humano y lo inhumano, en ese terreno en el que las ficciones del yo y el mundo terminan por derrumbarse.

La prosa de Carlos Blanco nos advierte de tales circunstancias, especialmente en aquellos momentos en los que sus descripciones de pasajes subterráneos o criaturas imposibles invaden la narración, que por momentos se vuelve hipnótica, adquiriendo un tono casi ritual, como recreándose en la contemplación de las aberraciones que se suceden en ese espacio de vacío y caída existencial. Por momentos encontramos resonancias místicas, la intuición de o de , de los gnósticos o del propio Lovecraft. Pero también encontramos la impronta de las tradiciones ancestrales del Cantábrico, de las Asturias profunda, con sus Xanas y diversos monstruos mitológicos como el Cuélebre, que confiere una identidad muy particular a los relatos.

El carácter descendente representa una continuidad que es capaz de hilvanar cada una de las historias, que son perfectamente coherentes, y que tienen como constante la idea de caída, de desplomes sucesivos: la caída del pensamiento en la locura, la caída del alma en la materia o la caída del yo en su reflejo. Hay una orientación permanente hacia lo inferior, hacia lo oscuro, como si la única forma de comprender la existencia fuese hundirse en lo más profundo y primitivo de ella. Parece que el hombre se encuentre condenado a ese destino, a una caída continua, porque su conciencia egoica lo separa de la unidad primordial y lo arroja a un proceso de escisión permanente. Hay pasajes en los que el narrador y protagonista acepta la caída con resignación, mientras que en otras lucha contra ella, pero independientemente de la actitud adoptada, el abismo acaba imponiéndose de manera inexorable, mostrándose invencible e inabarcable. Parece que el descenso conlleva también un proceso de ascesis en el que solo se atisba a ver el resplandor de una verdad trágica.

Otro de los elementos simbólicos fundamentales lo vemos a través del lenguaje, en el que la palabra está muy lejos de postularse como un instrumento de salvación frente a lo aberrante e innombrable, sino que es otro de los precipicios en los que el hombre se pierde. A lo largo de la narración es evidente la existencia de límites para el lenguaje racional, y de lo racional en sí mismo, que también se disuelve con la propia conciencia. El lector experimenta el lenguaje como una materia viva, oscura, que rodea y atrapa al lector como un torbellino. La propia experiencia de lo oscuro e innombrable supera al lenguaje, algo que se hace evidente con la narración de escenas indescriptibles, infrahumanas. También se podría decir que además de verse rebasado por la experiencia, este mismo lenguaje que se muestra insuficiente en su expresión racional, muestra una voluntad de exorcizar, de expulsar a los demonios que proceden del subsuelo, y que lo único que terminan por revelar es que el protagonista nunca ha sido él mismo.

Todos estos elementos convergen en una atmósfera única, en un clima de opresión luminosa donde el miedo controla y domina todas las esferas del ser. Blanco consigue, como los grandes maestros del terror metafísico, que el lector sienta el peso del misterio sin que este se manifieste del todo. En definitiva, Abismos interiores gira en torno a una metafísica de la caída, de la disolución y fractura del yo, que en lugar de escapar a las lógicas ocultas que acechan en las sombras, acude a su encuentro, como si actuara como un destino inexorable.

El abismo como conocimiento

A pesar de que hay una coherencia interna, y los diferentes relatos de Abismos interiores muestran una continuidad a partir de una serie de patrones (que acabamos de describir), donde se combina la descripción y la reflexión, el libro puede leerse también como un «cuaderno de revelaciones» nocturnas, el fruto de un mosaico de pesadillas, ensoñaciones oníricas y revelaciones en las que cada historia tiene un carácter autónomo y, al mismo tiempo, son parte de una totalidad, que es donde adquiere toda su significación y comprensión total.

En la parte final de la obra, Carlos X. Blanco lleva al extremo la tensión entre destrucción y conocimiento de la que venimos hablando. Todo el recorrido narrativo desemboca en un punto de condensación donde el abismo deja de ser solo experiencia o amenaza para revelarse como fuente de un saber. Pero no se trata de un saber discursivo, racional o sistemático, sino de una gnosis oscura. El conocimiento que nace del descenso interior y la contemplación de la nada. De modo que el abismo ya no solo es un símbolo de la disolución de la conciencia, sino de su verdad más profunda. Es el espejo del alma, al perder sus contornos se vislumbra aquello que la trasciende. Esto supone que la identidad no es más que una forma pasajera de lo informe, y lo que va más allá del pensamiento no es el caos, sino la esencia de lo real.

La concepción del abismo como principio de conocimiento sitúa a la obra en una tradición mística, aunque sea heterodoxa. No nos habla de la ascensión al Empíreo, ni de la fusión con un Absoluto benevolente, sino el descubrimiento de que la raíz del ser es indistinguible del no-ser. La gnosis del abismo no salva, pero sin embargo resulta reveladora. Hay una paradoja implícita en este conocimiento, que pese a resultar desgarrador, fragmentario y tener un carácter disolutivo, supone una transfiguración, aunque pueda resultar negativa.

En conclusión, Abismos interiores revela su filiación más profunda con la tradición lovecraftiana, y lo hace más allá de un simple homenaje o por afinidad temática con el horror cósmico, ya que existe una comunión ontológica: el reconocimiento de que el universo es radicalmente otro, y que la conciencia humana, al intentar comprenderlo, se quiebra. Blanco recoge de Lovecraft el estremecimiento ante la indiferencia del cosmos, y lo hace más allá del miedo a los monstruos que se ocultan en grutas subterráneas o de la propia maldad y mezquindad que representa el personaje de Adolphus Singer. Hay un pathos que recorre el texto y que desvela el miedo, el terror y el espanto frente a la contingencia absoluta del alma, en un escenario del horror que transita de lo físico a lo espiritual. Donde Lovecraft imagina los abismos como portales a otros mundos, Blanco los sitúa en el centro de la conciencia, y más allá del Necronomicon y de Cthulhu encontramos al monstruo de la propia conciencia enfrentada al vacío que la sostiene.