Presentación de «Olvidar a Darwin: ¿Por qué la mosca no es un caballo?», de Giuseppe Sermonti
En «Olvidar a Darwin», el genetista Giuseppe Sermonti cuestiona el neodarwinismo como metafísica reductiva de la biología. Frente al reduccionismo genético, plantea la necesidad de trascender el mecanismo adaptativo para reconsiderar el misterio, la forma y la complejidad del organismo.

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Una obra singular
Afrontamos la presentación de un libro especial, porque Olvidar a Darwin: ¿Por qué la mosca no es un caballo? de Giuseppe Sermonti es la primera aproximación que, desde Hipérbola Janus, realizamos en torno a un tema científico, más concretamente en el campo de la biología. Por ello conviene aclarar una serie de cuestiones entre nuestro público lector, especialmente entre aquellos que son profanos en la materia, prácticamente como nosotros. En primer lugar debemos advertir que esta obra, la primera publicada de este autor en lengua castellana, no es un mero ensayo de divulgación científica ni un manual de biología anti-evolutiva destinado al gran público. Tampoco es una obra consagrada a convencer al lector con argumentos sencillos ni espectaculares, no es un libro que pretenda postularse como un bastión en la defensa de un determinado conjunto de ideas. Se trata de un trabajo realizado por un genetista de prestigio internacional, que tras una prolongada y brillante trayectoria académica decidió someter a examen crítico algunos de los presupuestos fundamentales de la biología contemporánea. Esta circunstancia convierte el texto del libro en un ejercicio tan estimulante como exigente a la hora de abordar su lectura. Hay que tener en cuenta que en el libro confluyen una serie de temas íntimamente ligados a la práctica de la biología, como es la genética, la embriología, la paleontología, la teoría de la ciencia o la filosofía de la ciencia; una serie de disciplinas cuyo lenguaje y problemas que, como en el caso de quien escribe, y viniendo de las humanidades, no siempre resultan accesibles ni fáciles de conocer.
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No debe olvidarse que la biología constituye una de las ciencias más complejas y especializadas del conocimiento humano. Si bien en el caso de la física o las ingenierías, las matemáticas constituyen una disciplina muy necesaria para comprender muchas de sus teorías, la biología contemporánea también requiere familiarizarse con un universo conceptual muy amplio y una serie de saberes y ciencias auxiliares, donde intervienen «procesos moleculares», «mecanismos celulares», «dinámicas evolutivas» y otros conceptos, teorías, ideas y desarrollos que han incrementado extraordinariamente su complejidad en las últimas décadas. El lector no especializado suele acercarse a este tipo de debates armado únicamente con nociones generales que pueda haber adquirido a lo largo de su formación académica durante la enseñanza secundaria, o a través de lecturas de divulgación científica. Indudablemente, esta formación puede ser suficiente para comprender las grandes líneas del evolucionismo, pero resulta insuficiente cuando el debate pasa a centrarse en cuestiones más específicas relacionadas con la morfogénesis, la regulación del desarrollo embrionario o los límites explicativos de la genética molecular, temas que son recurrentes en la obra de Giuseppe Sermonti. Con estas premisas generales no pretendemos asustar al hipotético lector, pero sí ponerlo en guardia y prevenirlo ante un ejercicio intelectual de altura.
El Darwinismo, o más exactamente el neodarwinismo, que es la síntesis entre la teoría de la selección natural de Charles Darwin y la genética moderna desarrollada durante el siglo XX, hace tiempo que dejó de ser percibida como una teoría puramente científica. Para la inmensa mayoría de la población moderna constituye el modo natural de pensar sobre el origen y la diversidad de la vida. La idea popularizada de que las especies son el resultado de mutaciones heredadas, sometidas a la acción de la selección natural, forma parte del imaginario intelectual contemporáneo con la misma naturalidad que se acepta el movimiento de la Tierra alrededor del Sol o la composición atómica de la materia. En definitiva, se trata de conocimientos que rara vez sentimos que sea necesario revisar porque han sido incorporados como evidencias culturales antes incluso de haber estudiado los argumentos sobre los que descansan. Y cuando decimos que «no sentimos necesario revisar…» hablamos del hombre común, del hombre de a pie, porque desde estas lides somos totalmente escépticos frente a toda aceptación acrítica de aquello que produce el pensamiento moderno.
Esta situación tiene consecuencias importantes en la lectura de Olvidar a Darwin, en el sentido de que el lector corre el riesgo de interpretar cualquier crítica dirigida al neodarwinismo como un intento de negar la evolución biológica, de restaurar viejas y estériles polémicas entre creacionistas y evolucionistas, o restaurar posiciones fijistas incompatibles con la ciencia moderna. Nada que ver con el propósito de Sermonti, quien, como hemos ya señalado, fue un destacado biólogo y genetista. Con lo cual no se trata de devolver la ciencia, o la biología más concretamente, a un estado anterior a Darwin, ni de sustituir la investigación científica por explicaciones de carácter religioso o ideológico. Su objetivo es mucho más ambicioso, y al mismo tiempo mucho más incómodo. El punto estaría en lo siguiente: en preguntarse si el paradigma dominante explica realmente todo aquello que dice explicar o si, por el contrario, existen aspectos esenciales ligados al fenómeno de la vida que permanecen oscurecidos por el éxito de susodicho paradigma.
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Una segunda dificultad, quizás mayor que la que se deriva del ámbito puramente científico, es que Sermonti escribe como biólogo, pero en realidad se expresa como un filósofo de la naturaleza. Sus objeciones no consisten en una simple acumulación de datos contrarios a la teoría dominante. Lo que a Sermonti le interesa es el análisis de las categorías intelectuales con las que la biología interpreta esos datos. En consecuencia, no podemos leer el conjunto de la obra si consideramos que todo se reduce a una discusión técnica sobre genes, mutaciones o fósiles. Bajo el análisis científico, el que compete a los especialistas en la materia, subyace una enorme y valiosa reflexión epistemológica. A partir de esta, nuestro autor se pregunta qué significa realmente explicar un organismo, cuál es el estatuto ontológico de la forma biológica, hasta donde alcanza el poder explicativo de la selección natural, o si, por ejemplo, la genética molecular ha terminado por sustituir inadvertidamente al propio objeto que pretendía descifrar.
Estas premisas que acabamos de exponer son muy necesarias, dado que Olvidar a Darwin puede despertar reacciones contrapuestas, cuando no controvertidas, que pueden llevar a equívocos y contradicciones insoslayables a quienes pretendan ver en este escrito una refutación experimental del evolucionismo, y que por esa misma razón puedan sentirse decepcionados. Con lo cual debemos tener claro que Sermonti no ofrece un paradigma acabado, y que su intención es mucho más sutil, y por ello intelectualmente más arriesgada: obliga al lector a reconsiderar preguntas que el denominado «consenso científico» parecía haber dado definitivamente por resueltas. Y en lugar de afirmar dogmáticamente que el neodarwinismo es falso, se pregunta si la extraordinaria riqueza formal del mundo de los seres vivos puede ser plenamente comprendida con las categorías explicativas que el neodarwinismo ha convertido en nucleares.
Si recordáis el año 2020, cuando se trató de acallar las voces críticas contra el relato plandémico, el hecho de no comulgar con los dogmas que nos impusieron bajo amenaza de encierros, multas y otros despropósitos liberticidas y que poco tenían que ver con ciencia alguna, pese a utilizar permanentemente el espantajo de la misma, era aquel de «¿eres virólogo?», sacralizando todo argumento y afirmación que se hiciera por pretendidos «comités de expertos», por «científicos», se imponían a cualquier objeción o disconformidad que se mostrada desde el ámbito profano. Y ciertamente, no somos biólogos como sí lo son el propio autor, Giuseppe Sermonti, o el autor del prefacio a la edición española, Eduardo Arroyo, y carecemos de la competencia técnica y la autoridad para pronunciarnos sobre numerosos aspectos especializados que Sermonti discute a lo largo del libro. Nuestra aproximación debe situarse necesariamente sobre otro plano: el de la filosofía de la ciencia y la historia de las ideas. Y es por eso que más que dictaminar quién tiene razón en cada controversia biológica concreta, interesa comprender qué concepción de la naturaleza, del organismo y del conocimiento científico se encuentra implícita tras las diferentes posiciones enfrentadas. Este enfoque es el que nos permite advertir algo más que las objeciones que puedan derivarse contra el neodarwinismo en sus diferentes y múltiples aspectos, para recuperar cuestiones de orden filosófico que la biología contemporánea quizás había tendido a relegar a un segundo plano. Finalmente, nuestro propósito no es decidir si el autor ha demostrado de manera concluyente la insuficiencia del paradigma neodarwinista, sino comprender por qué un genetista que dedicó toda su vida al estudio de la herencia biológica terminó convencido de que la gran cuestión de la vida no se puede reducir únicamente al lenguaje de los genes, las mutaciones y la selección natural.
Volver a pensar la vida
Como ya hemos señalado, una de las grandes virtudes de la obra de Sermonti es obligar al lector a formularse preguntas sobre cuestiones que ya parecían definitivamente resueltas. Lo primero que nos puede llamar la atención es el subtítulo que acompaña a Olvidar a Darwin, que puede parecer una provocación, especialmente en nuestros días, en los que el darwinismo ha abandonado sus pretendidos ropajes de teoría científica para convertirse en uno de los grandes relatos fundacionales de la modernidad. Sin embargo, y como ya hemos señalado, esta obra no pretende erigir un nuevo paradigma alternativo ni revivir los precedentes, llámese creacionismo o «diseño inteligente», o una simple negación sin más del relato evolucionista. Lo que Sermonti nos dice es que hay que liberar la mirada científica de un paradigma que ha terminado por impedir que la propia ciencia pueda contemplar el fenómeno de la vida en toda su profundidad y plenitud.
El propio concepto de «Olvidar» que se refleja en el título equivale a un significado, dentro del contexto filosófico, mucho más profundo que «refutar», «negar» o «rechazar». No se trata de demostrar que Darwin estuviera completamente equivocado —algo que, por otra parte, Sermonti jamás sostiene—, sino, y aquí tenemos el matiz fundamental, que el darwinismo ha adquirido un peso intelectual desproporcionado respecto a lo que realmente consigue explicar. La selección natural, la adaptación o la existencia de cambios dentro de las especies son fenómenos perfectamente observables. Lo que Sermonti cuestiona en definitiva es el salto conceptual mediante el cual esos mecanismos limitados pasan a convertirse en una explicación total de la historia de la vida, de la aparición de las formas biológicas y del propio significado del organismo.
Se trata de diferenciar entre un simple mecanismo explicativo, que pueda ofrecer respuestas parciales en un determinado ámbito y la articulación de una cosmovisión, de una explicación global que, como sucede en el caso del evolucionismo contemporáneo, habría transformado una teoría parcial en una suerte de principio metafísico capaz de interpretar cualquier aspecto de la realidad. Lo que empezó siendo una hipótesis acerca del origen de las especies terminó por convertirse en una filosofía general de la naturaleza, de la historia, del hombre e incluso de la cultura.
Eduardo Arroyo, insiste precisamente en este punto en su prefacio a la edición española. Genetista de profesión, y conocedor de la genética molecular contemporánea, nos previene de todo equívoco presentando a Sermonti como alguien que conoce desde dentro la materia tratada, desde dentro del laboratorio, y por ello cuenta con la capacidad y la autoridad para cuestionar las simplificaciones del paradigma dominante. Su presentación resulta importante porque rompe con una dicotomía demasiado habitual: la que identifica toda crítica del neodarwinismo con la ignorancia científica por motivaciones religiosas, cuando la disputa creacionismo vs evolucionismo está totalmente superada. Es importante el hecho de que Sermonti dedicó toda una vida a la genética experimental antes de iniciar esta crítica, una circunstancia a tener muy en cuenta para analizar la presente obra. Sermonti no es «un cualquiera», no es un periodista, no es un historiador de la ciencia, ni procede de una posición exterior al paradigma, sino que contribuyó decisivamente a construir una parte importante del legado de la genética italiana del siglo XX. Por tanto, no estamos ante un adversario de la biología molecular.
Uno de los rasgos más característicos del pensamiento moderno consiste en identificar la realidad con aquello que puede ser explicado mediante mecanismos cuantificables, con lo que se puede medir, con algo que representa una realidad tangible. De tal manera que, desde Galileo, pasando por buena parte de la ciencia contemporánea, el método analítico ha protagonizado un éxito extraordinario que ha terminado por reducir la realidad a lo que dicho método consigue medir. En el terreno de la biología esto se traduce en la idea de que un organismo vivo deja de ser tal para convertirse en un conjunto de procesos físico-químicos, o bien la forma biológica, que se reduce a una estadística de mutaciones formuladas. El lenguaje científico se despoja de toda finalidad, la belleza deja de poseer un significado objetivo y el orden queda sustituido por el azar, determinado a su vez por la selección natural.
Para Sermonti, el problema residía precisamente en todo este edificio conceptual, y no porque niegue la existencia de los procesos bioquímicos, sino porque identifica un error metodológico muy antiguo, que consiste en confundir las condiciones materiales de un fenómeno con su explicación suficiente. Es una crítica que nos remite directamente al pensamiento aristotélico. La ciencia moderna conserva casi exclusivamente la causa eficiente y la causa material, mientras que elimina en su práctica totalidad la causa formal y la causa final. Desde esta perspectiva, el organismo puede ser descrito químicamente a un detalle pormenorizado, hasta los límites más íntimos y precisos, pero ha dejado de responder a la pregunta decisiva: ¿por qué posee precisamente esa forma y no otra? Es una pregunta que se presenta de manera transversal a lo largo de Olvidar a Darwin. De ahí lo de «¿Por qué la mosca no es un caballo?», una pregunta que, a priori, puede resultar tan absurda como infantil. Pero realmente, se trata de una cuestión con profundas implicaciones filosóficas. Ciertamente, la biología molecular puede describir los genes compartidos entre ambos organismos, entre una mosca y un caballo, puede comparar proteínas, reconstruir secuencias de ADN, calcular distancias filogenéticas, pero ¿por qué la forma mosca sigue siendo mosca? ¿por qué la forma caballo sigue siendo caballo? Y en definitiva, ¿por qué existen formas? Parece que nos movemos en un orden de ideas casi platónico.
De manera que una de las claves del libro está en la rehabilitación implícita que se plantea, a través de sus diferentes y numerosas paradojas biológicas, al problema de la forma frente al monopolio moderno del mecanismo. Frente a la mayor parte de los críticos del evolucionismo, que tratan de discutir datos concretos como el tema de los fósiles, las mutaciones o cuestiones generales ligadas a la genética, Sermonti aborda un problema mucho más profundo, y que afecta directamente al objeto mismo de la biología.
Entonces, ¿qué estudia realmente la biología? ¿Estudia genes, proteínas y moléculas? ¿O bien estudia organismos? La denuncia de Sermonti está clara, y es que la biología contemporánea ha desplazado progresivamente el centro de gravedad del organismo hacia el gen. Se trata del denominado «genecentrismo», que, como describió el biólogo evolutivo Richard Dawkins (1941) años después a través de la metáfora del «gen egoísta», hizo aparecer a los organismos como simples vehículos temporales utilizados por los genes para perpetuarse. La idea de un desplazamiento del sujeto de la biología (el organismo) a la categoría de objeto, de mero instrumento. En consecuencia, Sermonti ve en esta inversión conceptual uno de los mayores errores del pensamiento biológico moderno, porque supone reducir el organismo exclusivamente a la información genética.
En este terreno, Sermonti recurre a una cierta tradición intelectual dentro de la biología contemporánea que afirma que la forma posee sus propias leyes, las cuales no pueden reducirse a la suma de sus componentes materiales. No es que Sermonti nos haga un itinerario intelectual, mostrando claramente quienes son sus representantes más autorizados, de manera clara y sistemática, pero sirve de hilo conductor para trazar cierta «arquitectura intelectual» a lo largo del libro, que se mueve claramente dentro de esa tradición morfológica europea. Podríamos encuadrarlo en la Naturphilosophie alemana y en la gran morfología del siglo XX, con representantes tan autorizados como Johann Wolfgang Goethe, D’Arcy Wentworth Thompson o Adolf Portmann — quienes son frecuentemente mencionados a lo largo de la obra. Y así, frente a la biología entendida como ingeniería molecular, propone recuperar la biología de las formas. No obstante, recordémoslo una vez más, Sermonti no propone ningún paradigma alternativo con el que pretenda sustituir el darwinismo, y en esta precaución también reside una de sus mayores fortalezas intelectuales.
Estamos demasiado acostumbrados a ver como toda crítica debe venir acompañada de una teoría explicativa completa, la cual debe sustituir inmediatamente al antiguo paradigma refutado, carente de validez. Sin embargo, esta exigencia responde más a una necesidad psicológica, en ningún caso a una cuestión de lógica. Como bien nos recuerda Michele Ruzzai en su magnífico texto introductorio, demostrar la insuficiencia de una explicación no obliga, automáticamente, a plantear otra mejor, muchas veces el primer paso del conocimiento consiste en advertir que las preguntas fundamentales continúan abiertas y deben ser satisfechas con las respuestas oportunas. Se trata de un planteamiento epistemológico fundamental, que también nos obliga a reflexionar sobre la propia forma del conocimiento, y nos recuerda a cierta «docta ignorancia» de Nicolás de Cusa y a la apófisis de la teología negativa. El hecho de que la vida aparezca como un misterio, cuyas verdades todavía están por desentrañar, debemos hacernos resistir a la tentación de ofrecer una explicación definitiva a lo que constituye una descripción parcial de algunos de sus mecanismos.
En este punto se trasciende la dimensión de la teoría evolucionista de Darwin y sus posteriores desarrollos para presentar una crítica mucho más amplia hacia el cientifismo, y que también forma parte de un prejuicio ampliamente vulgarizado, y que muchas veces detectamos ante ciertas afirmaciones del tipo «Yo no creo en Dios. Creo en la ciencia». El cientifismo consiste en creer que únicamente existe aquello que la metodología científica actual es capaz de explicar, postulada como dogmas filosóficos inamovibles. De ahí que, como decíamos con anterioridad, el verdadero problema del darwinismo consiste en que se ha transformado en una metafísica implícita de la modernidad, y nosotros añadiríamos, si se nos permite, en una forma de legitimación del orden burgués y del pensamiento liberal desde sus orígenes decimonónicos.
De este modo, «Olvidar a Darwin» adquiere ya un significado más claro, que no implica borrar su obra ni negar sus descubrimientos. Significa, pues, dejar de contemplar la naturaleza exclusivamente a partir del enfoque interpretativo inaugurado por Darwin. Significa que la realidad debe volver a hablar por sí misma sin que se vea hegemonizada y colapsada a la hora de aportar una explicación a los fenómenos que la componen, con las ataduras que devienen del paradigma dominante.
Se trata de contemplar antes de explicar y reducir todo a los esquemas del método, recuperar el asombro frente al organismo vivo antes que reducirlo al lenguaje de los genes, de las mutaciones y de la selección natural. Trazar una mirada sencilla, capaz de ver con los ojos inocentes y desprejuiciados el fenómeno de la vida. Nos recuerda un poco a uno de los principios fundamentales del Zaratustra de Friedrich Nietzsche, cuando en «De las siete transformaciones» nos dice aquello de que «para ser león antes deberás ser niño», para devolver parte de esa inocencia prístina a nuestra relación con lo vivo, en la mirada hacia los orígenes, sin los artificios metodológicos que la técnica de la ciencia impone continuamente, oscureciendo la realidad viva que le viene asociada. Por eso, Olvidar a Darwin es mucho más que un ensayo sobre la evolución, es una reflexión sobre los límites del pensamiento moderno aplicado a la vida.
El Darwinismo como una «metafísica» de la naturaleza
Giuseppe Sermonti nos da buena cuenta de que el problema ya no se trata de Darwin, sino del darwinismo como horizonte intelectual, las consecuencias de su doctrina en una consideración que va más allá de una cuestión terminológica, que constituye el núcleo filosófico de toda la obra. Y no es que nuestro autor destine todos sus esfuerzos a desacreditar la figura histórica de Charles Darwin, ese no es su cometido, sino que, por el contrario, reconoce la magnitud de su empresa intelectual y el papel decisivo que ha desempeñado en la historia de la biología. Su crítica apunta en otra dirección, y en lugar de centrarse en la crítica a su obra fundamental, El origen de las especies, como un proceso histórico a partir del cual esta teoría fue adquiriendo un alcance que excede ampliamente el terreno estrictamente científico para convertirse en una auténtica ontología de la vida.
Es un fenómeno muy característico de todas las grandes revoluciones intelectuales, en el que una hipótesis nacida para resolver un problema concreto termina siendo utilizada como un principio general para interpretar la totalidad de lo real. Un ejemplo de ello lo tenemos con la física newtoniana, que finalmente terminó por proporcionar un modelo de universo entendido como un inmenso mecanismo regido por las leyes matemáticas; otro ejemplo clásico, en la contemporaneidad, lo representa el marxismo, que terminó por convertir determinadas categorías económicas en leyes universales aplicadas a la explicación de toda la historia humana, y asimismo tenemos otros ejemplos en paralelo en el terreno del psicoanálisis freudiano, que también se utilizó para explicar la cultura, la religión o el arte como formas derivadas de impulsos inconscientes. La teoría original, planteada sobre un terreno concreto, terminó por adquirir una dimensión y derivaciones que traspasan esos límites iniciales. Con el darwinismo ocurrió exactamente lo mismo, para terminar sirviendo a explicaciones globales que nada tenían que ver con la biología.
Una teoría que al comienzo estaba destinada a explicar la diversificación de las especies terminó convirtiéndose en una explicación del hombre, de la inteligencia, de la moral, de la religión, del lenguaje e incluso de la belleza. La selección natural pasó de ser un mecanismo biológico que explicaba una teórica «evolución de las especies» a convertirse en un principio hermenéutico universal, que podía explicarlo todo. En definitiva, el evolucionismo propugnado por Darwin dejó de ser una teoría científica para convertirse en el lenguaje mismo con el que la modernidad empezó a pensar la vida.
Si bien es cierto que, habitualmente, las críticas al darwinismo se desarrollan sobre el plano de los fósiles, las mutaciones, la genética de poblaciones o la biología molecular, Sermonti trata de variar el enfoque a través de una serie de preguntas previas, como la que concierne al hecho de que una teoría científica termine convirtiéndose en un paradigma cultural, hasta el punto que cualquier crítica a sus presupuestos sea percibida inmediatamente como una agresión contra la propia ciencia. Y esta es una cuestión que trasciende el ámbito de la biología y se enmarca en la sociología del conocimiento y la filosofía de la ciencia. Y eso que podríamos contemplar prolongaciones ulteriores que nos llevarían a una reflexión en torno al papel que la ciencia juega en sus conexiones con el poder. Algo a lo que ya hemos hecho referencia anteriormente.
Por ello lo fundamental reside en el marco conceptual que se deriva de cada teoría, porque un paradigma no sólo ofrece soluciones, sino que también define una suerte de cuestiones legítimas. Cuando un paradigma alcanza la posición hegemónica, muchas preguntas dejan de plantearse no porque realmente hayan recibido una respuesta, sino más bien porque el propio lenguaje científico no las considera pertinentes.
A tal respecto, la pregunta «¿por qué existe la forma?», que es la que se hace el propio Sermonti, se ha visto sustituida por otra completamente diferente: «¿qué ventaja adaptativa proporciona esta forma?». Y aunque parezcan preguntas equivalentes a priori, en una primera lectura superficial, no lo son. Pertenecen a órdenes completamente diferentes, y mientras la primera es una pregunta que posee un valor ontológico, la segunda es puramente funcional. La primera intenta comprender el ser del organismo, mientras que la segunda presupone ya la existencia del organismo y se limita a estudiar la utilidad de algunos de sus caracteres. Y esta cuestión nos recuerda a aquello que decía el personaje del científico descreído y totalmente desesperanzado que aparece en la mítica Solaris (1972) —la película favorita de quien escribe—, Snaut, que dice así:
En mi opinión hemos perdido nuestro sentido de lo cósmico, los antepasados lo entendían a la perfección. Ellos nunca habrían preguntado “por qué” o “para qué”, recuerda el mito de Sísifo.
En este contexto ambos planteamientos, el de Giuseppe Sermonti y el de Andrei Tarkovski, desarrollan una crítica a la mentalidad moderna en la medida que reduce la realidad a preguntas instrumentales y utilitarias. En Sermonti es evidente como este reduccionismo adquiere su sentido cuando la biología deja de preguntarse por la expresión del ser y pasa a preguntarse exclusivamente por su utilidad adaptativa. Y en el caso del personaje de Solaris, Snaut, lamenta la pérdida de la relación contemplativa con el cosmos, del sentido de lo cósmico, que se ve sustituida por una actitud que pretende someter toda realidad a explicaciones funcionales, esto prescindiendo de la necesidad del «por qué» o «para qué», que en Sermonti sí es importante.
Y partiendo de este enfoque van surgiendo las propias contradicciones, como la que nos refieren a la selección natural, que nunca crea sobre lo que actúa, la propia palabra «selección» nos lo indica con total claridad. Seleccionar significa discriminar entre posibilidades previamente existentes. El ganadero selecciona animales, el jardinero semillas y, en nuestro caso, como editores, seleccionamos manuscritos. En ninguno de estos casos la selección produce positivamente aquello que selecciona. Solo conserva unas posibilidades al tiempo que elimina otras. Y esa capacidad de crear se le ha ido atribuyendo progresivamente a la selección natural con el tiempo cuando, originalmente, no la poseía erigiéndose como una explicación suficiente frente a cuestiones que entrañan una enorme complejidad. Esta idea, trasladada a un ejemplo concreto, supone que el hecho de que un organismo sobreviva mejor que otro se explica debido a una determinada configuración biológica, pero no explica por qué esa configuración ha llegado a existir con el grado de coherencia interna que presenta. La selección puede eliminar variantes inviables, pero no proporciona por sí misma un principio positivo de organización. Es decir, que la supervivencia diferencial aclara porque unas formas de vida permanecen y otras desaparecen, pero sin aclarar la cuestión, mucho más importante, de por qué existen precisamente esas formas y no otras.
Se trata de una inversión del problema que nos remite inevitablemente a la vieja distinción aristotélica entre la causa eficiente y la causa formal. Desde la revolución científica, acontecida en el siglo XVII, la investigación del Occidente moderno ha privilegiado exclusivamente las causas eficientes, es decir, lo que produce un efecto mediante una cadena de interacciones materiales. Y es este enfoque el que ha triunfado hasta convertirse en el fundamento y piedra angular de la ciencia moderna. Sin embargo, este trayecto se ha realizado a un precio filosófico considerable, y la forma ha dejado de ser un principio explicativo para convertirse en un simple resultado accidental de procesos anteriores. Un ser vivo no es el resultado de una configuración azarosa de elementos accidentales que la vida ha dispuesto porque sí, sino que se trata de una totalidad que se encuentra perfectamente integrada en sus elementos compositivos y que adquiere sentido solamente en relación con el conjunto. Y esto lo podríamos ejemplificar perfectamente, en su carácter orgánico, a través del funcionamiento de los órganos del cuerpo, del corazón, que no se puede comprender por sí solo, como una realidad independiente, y sí como parte del aparato circulatorio, de tal manera que la vida aparece como un sistema de relaciones profundamente orgánicas, y no como una yuxtaposición de sus componentes.
Por este motivo Sermonti quiere separarse del reduccionismo genético que propone la biología molecular con el ADN, en el que parece contenerse toda la comprensión del organismo. Para el genetista italiano la comprensión en torno a la organización biológica del ser no se agota en la cuestión genética. Conocer la secuencia genética de un ser vivo no equivale a comprender por qué este organismo posee una determinada forma, una simetría o un tipo de desarrollo. Median complejidades que no pueden explicar los mecanismos moleculares y que deberían ser desentrañadas. La genética puede describirnos con extraordinaria precisión muchas cuestiones relacionadas con la composición de los seres, sobre sus genes, proteínas o cuestiones celulares o metabólicas, pero se trata de una acumulación de conocimientos parciales que no resuelven la pregunta fundamental, la que nos remite a cómo emerge la unidad organizada del organismo, del ser vivo.
Por este motivo, Olvidar a Darwin es un libro que, como ya dijimos, no debe leerse como un libro contra la evolución, sino contra una determinada manera de concebir la explicación científica. La tesis de fondo, en torno a la cual se articula el conjunto del libro, no afecta tanto a los mecanismos evolutivos como a la denuncia de la tendencia de la ciencia moderna de absolutizar determinados mecanismos hasta convertirlos en una pseudometafísica implícita. Cuando la selección natural, y el conjunto de la evolución, deja de ser un proceso biológico para transformarse en el principio último de inteligibilidad para explicar todos los órdenes de la existencia.
Creemos haber esbozado algunos puntos de vista interesantes para incentivar la adquisición y posterior lectura de la obra, teniendo en cuenta todas las precisiones y prevenciones necesarias para no malinterpretar al autor, Giuseppe Sermonti, ni extraer lecturas equivocadas o que no sean capaces de extraer el máximo de las enseñanzas del excelso genetista italiano, cuyo discurso y puntos de vista siguen siendo extremadamente originales y rompedores a pesar de las décadas transcurridas desde la publicación de la obra por primera vez en 1999.
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