Tanatofilia: promoción de la irreversibilidad destructiva en el occidente satánico

La eutanasia como instrumento nihilista y eugenésico que legitima la eliminación del individuo en una sociedad en decadencia moral y espiritual.

Hipérbola Janus 23 min de lectura
Tanatofilia: promoción de la irreversibilidad destructiva en el occidente satánico

«Just do it!»

España se estremecía hace unas semanas ante el caso del asesinato asistido de Noelia Castillo a manos del estado español.

La historia de Noelia, resumida de forma grotesca:

  • El estado asume su custodia.
  • El estado la mete en la boca del lobo.
  • Unos moros la violan en grupo y le dejan secuelas psicológicas.
  • El trauma ocasionado provoca su fallido intento de suicidio, arrojándose desde un quinto piso, y termina parapléjica.
  • El trauma se acentúa todavía más y solicita la eutanasia.
  • El estado, que hasta la fecha no había asumido ninguna responsabilidad, se ofrece gustoso a ejecutarla.
  • Los padres muestran resistencia, pero la voz de la chica —cuya capacidad para tomar tal decisión jamás se puso en duda por parte de la administración— pesa más y tras años de batalla legal, el estado la ejecuta «piadosamente».
  • No satisfechos con esto, se plantea incluso el negarle a los padres o a los familiares cercanos la capacidad de oponerse a que el estado sacrifique a una persona si esta así lo desea.

Independientemente de la falta de responsabilidad del estado durante el sufrimiento de la muchacha y que, en lugar de prestarle ayuda para vivir se la ha prestado para morir, llama la atención, no solamente cómo se aplaude este tipo de acciones destructivas irreversibles, sino también la vehemencia con la que se condena cualquier intento de hacer cambiar de parecer a la persona que ha tomado tales decisiones.

El patrón se repite en temas como el aborto, la homosexualidad, la disforia de género, o el divorcio, por señalar algunos casos.

Está documentado cómo se persigue o incluso se prohíbe en algunos países rezar delante de clínicas abortivas. También está penado el tratar dudas y confusiones sexuales como problemas psicológicos. De la misma manera, es difícil encontrarse a alguna psicóloga que desaconseje el divorcio.

El patrón es claro:

Just do it!, ¡Hazlo! ¡No te lo pienses dos veces! ¡No escuches a los fachas!

El estado te quiere… muerto

¿¡Cómo iba Noelia a osar retractarse de «su» decisión en sus últimos minutos de vida y decepcionar así a todos aquellos que la habían animado a que diera ese paso para «paliar su sufrimiento»!?

Y lo que resulta es especialmente grotesco es que, aparentemente, la minusvalía que sufría Noelia no era ni mucho menos una tetraplejia tan severa como la de Ramón Sampedro, a quien Javier Bardém (hijo predilecto del régimen) interpretó bajo la dirección de Alejandro Amenábar en la oscarizada película (2004).

La prensa, más obstinada en proteger EL RELATO que en mostrarnos la realidad, nos estaba equiparando el caso de Noelia con el de Maggie Fitzgerald —personaje protagonista de , de Clint Eastwood (también del 2004, qué curioso)— cuando ni de lejos parecía ser así. Noelía, en sus últimos videos, mostraba una gran autonomía pese a depender de las muletas y de la silla de ruedas.

Con los prodigios tecnológicos de los que estamos siendo testigos, como la inteligencia artificial cada vez más capaz, la robótica, la mecánica y la electrónica de precisión, los desarrollos en biotecnología… ¿Tan imposible veían los «progresistas» la curación o el uso de prótesis avanzadas que le permitieran a esta chiquilla recuperar su plena autonomía? ¡¡Los exoesqueletos son una realidad en 2026, y cada vez son más discretos, económicos y fiables!!

Y lo más chocante —aunque no sorprendente porque ya estamos acostumbrados a todas estas contradicciones tenebrosas— es ver cómo se rasgan las vestiduras contra (como se ha visto en las redes) el sacrificio del perro Excalibur (sospechoso de haber contraído Ébola), la tauromaquia o la ablación del clítoris de mujeres en la otra punta del mundo… Aunque sospechosamente callan ante el sacrificio ritual de los carneros o ante la circuncisión involuntaria.

Desde la perspectiva del catolicismo es evidente que la eutanasia representa algo ética y moralmente reprobable, e incluso aberrante, porque supone aplicar la muerte, aunque la víctima haya dado su beneplácito, a una persona inocente por mucho que se invoque la compasión, el fin del sufrimiento y la autonomía personal. No es lo mismo matar que dejar morir. No es lo mismo provocar la muerte que renunciar a medios desproporcionados o extraordinarios cuando ya no ofrecen una esperanza razonable, esto último sí puede considerarse lícito. El Catecismo y documentos recientes como el Samaritanus bonus sostienen precisamente esto, que la eutanasia es una acción u omisión intencional que provoca la muerte, mientras que la ortotanasia (la muerte natural desde una praxis médica que respeta los procesos de la muerte natural) se considera la opción más conveniente.

Dentro de la doctrina católica, la persona no es dueña absoluta de la vida, sino que se dedica a «administrar» el bien recibido. Por eso el concepto de libertad en la religión católica no considera como tal el «derecho a autoeliminarse» (suicidio) ni que lo haga otro u otros (eutanasia), por mucho que exista una disposición legal para hacerlo. En la tradición católica al sufrimiento no se le responde suprimiendo al que sufre, sino aliviando y cuidando. De ahí que se defiendan activamente los cuidados paliativos, pero en cualquier caso estamos hablando de enfermos terminales, de personas desahuciadas de la vida sin posibilidad alguna. Por otro lado, es cierto que una sociedad no puede alinearse sobre la vía de la destrucción de la vida humana distorsionando el significado mismo de la medicina y la propia responsabilidad de las instituciones por hacer viable la vida, por reforzarla y promocionarla.

El caso de Ramón Sampedro (1943-1998), generó un intenso debate en torno a la eutanasia, al ser el primer solicitante de la misma.

La pregunta que se impone es, ¿cuál es el mecanismo perverso que permite justificar la ley de la eutanasia y su aplicación indiscriminada a personas con depresión, traumas o sufrimiento psíquico? La respuesta a esta pregunta se plantea a través de formas sutiles, a través de principios jurídicos ambiguos y criterios clínicos más que interpretables. Incluso podríamos hablar de la destrucción o eliminación de cierto «paradigma terapéutico» aplicado en la medicina, de manera más o menos clara, hasta el 2020, año de la Plandemia, cuando el «cribado» en los hospitales, las negligencias deliberadas en las residencias con la muerte de miles de ancianos, especialmente en España, sin ningún tipo de investigación ni depuración alguna posterior de responsabilidades penales ni a nivel médico ni político, ya venía apuntando en la dirección de la eutanasia, cuyo gran valedor ha sido tanto el actual gobierno criminal del no menos criminal Régimen del 78 antiespañol, como la Agenda 2030, de la que es un obediente peón.

En el caso que nos ocupa, el de la joven eutanasiada el pasado 26 de marzo, no hablamos de un padecimiento crónico o imposibilitante hasta el punto de ser incompatible con la vida, algo que, por otro lado, en lo que se refiere al sufrimiento, siempre es una parte subjetiva, que depende de la percepción y experiencia del sujeto que lo vive. Que un «comité de expertos» o individuos que representan una realidad externa, tomen la decisión pretendidamente «objetiva» de si esa vida puede continuar o ser aniquilada en función de criterios legales o de una calibración de la intensidad de ese dolor y su compatibilidad con la vida, es ya de por sí una aberración, y eso más allá de la propia doctrina y tradición católica.
En este caso, los criterios médicos quedan en un segundo plano, y lo que importa es encajar la petición de eutanasia del interesado en el ordenamiento legal, en los requisitos legales que permiten su puesta en práctica.

Por otro lado, también podemos establecer una distinción entre el deseo de paliar o aliviar un dolor y el deseo de morir. Una persona que tiene sus facultades psíquicas alteradas, con traumas complejos que se han ido cronificando con el tiempo, que se encuentra en una situación de desesperación, en una situación psicológica limítrofe, siempre va a expresar ideas suicidas y amplificará el dolor, el sufrimiento y los deseos de morir. En estas condiciones, más allá de lo aberrante del proceso de eutanasia, es evidente que la capacidad volitiva de las personas que se encuentran en tales circunstancias no es estable ni equilibrada. Las consecuencias de tal proceso, en el que en lugar de tratar al enfermo, de buscar su curación o aliviar sus problemas, opta por tramitar y administrar su muerte legalmente tiene unas implicaciones de deshumanización brutales.

Y si entramos más a fondo de la cuestión, sabemos perfectamente que una ley de estas características opera dentro de una atmósfera moral y de aceptación que viene inducida, promocionando una actitud favorable que insiste en la idea de que pueden existir vidas «sin proyecto», «sin autonomía suficiente», y que la eutanasia representa una salida «razonable», de tal manera que se entra en un proceso de aceptación y normalización, y a nivel psicológico y de mentalidad se empieza a interiorizar como una opción válida. Y en el caso de las personas afectadas, por ejemplo, por una depresión, tiende a pensar que no es posible ninguna forma de superación, que pueden resultar una carga, en un clima social que promociona la desaparición de aquellos que son «problemáticos», o que no resultan «útiles socialmente» o no son «productivos», y que lo mejor es que «de motu propio» elijan ser aniquilados en virtud de una ley de eutanasia con previsibles implementaciones.

¿Una psyop?

La eutanasia, como hemos visto a través del reciente caso ya citado, parece presentarse como una especie de psyop, una operación de guerra psicológica en toda regla, con una manipulación mediática que tampoco representa una excepción, en la medida que se ha convertido en una práctica usual en las modernas democracias liberales, con intenciones de instrumentalización ideológica, para lo cual fue enmarcado en un contexto determinado, enfatizando ciertos elementos dramáticos de la historia para construir una narrativa con un enfoque muy determinado. La intención trascendió por mucho el caso particular, el drama de una persona sometida a una serie de circunstancias desafortunadas desde la más temprana infancia, para producir un impacto a nivel psicológico y político sin precedentes, y encauzar así un debate público sobre la eutanasia con vistas a una normalización y, probablemente, una implementación de cara al futuro. Prueba de ello es que el actual gobierno de ocupación globalista, presidido por el mediocre y servil , ha expresado públicamente que agilizarán los trámites burocráticos de cara al futuro.

Pedro Sánchez es un fiel y obediente peón del globalismo y de la Agenda 2030

Una psyop no necesita basarse en un hecho falso, construido ex profeso, con las intenciones descritas, y la mayor parte de ellos se apoyan en hechos reales con víctimas reales y hechos acontecidos, eso sí, convenientemente amplificados o manipulados. En este caso, como en otros anteriores, la intencionalidad parece evidente. Y en este punto podríamos decir que se trasciende la dimensión ético-moral, bioética, judicial o incluso existencial de los hechos, para centrarse en la manipulación y la búsqueda de consensos, mediante la polarización o el agotamiento moral de la masa.

No podemos afirmar de manera categórica que se trate de una psyop, es cierto, pero es evidente que el impacto emocional por parte del poder y su aparato mediático, en aras de provocar una serie de respuestas previsibles entre la masa era evidente. Por otro lado, como parte irrenunciable, la intervención en los mass media tanto de la persona implicada, la joven Noelia, como de sus dos progenitores, en el marco de un espectáculo mediático en el que participaron televisiones, redes sociales, las propias instituciones y toda la indignación/aceptación que dividió a la «opinión pública». Todos los elementos que concurren en la historia, como la juventud de la víctima, las desgracias que marcaron su itinerario existencial, con el abandono de los padres divorciados en un centro de menores, el episodio de la violación, el trauma y el intento de suicidio que desemboca en una paraplejia, el conflicto familiar, la batalla judicial y el confuso desenlace de la historia con versiones contradictorias entre ambos progenitores, la reacción de las instituciones públicas, con un gobierno infame que trata de implementar la ley de eutanasia simplificando el trámite burocrático y la explotación partidista con los partidos políticos del R78. Todos estos elementos son convergentes en la dirección que apuntamos, y que nos hace sospechar de la más que fundada posibilidad de una psyop.

La eutanasia obedece a un patrón común, que se ha venido aprobando e implementando en diferentes países de la órbita occidental, y concretamente europea, con casos flagrantes tanto en Bélgica como en Holanda, con personas jóvenes asesinadas por el propio Estado bajo la excusa de problemas mentales, sin que se tratara de casos de incompatibilidad con la vida, con personas que convenientemente tratadas, podían llevar una vida normalizada y funcional, aún con limitaciones. No debemos ser tan ingenuos de pensar que la eutanasia no obedece a una política de eugenesia pasiva, perfectamente planificada, dentro de una concepción post-malthusiana y transhumanista, que ya se ha venido manifestando con frecuencia entre los grandes gerifaltes y agendistas del globalismo, Todas estas medidas de control y regulación poblacional, curiosamente, no se aplican más que en el marco europeo occidental, donde las políticas de reemplazo poblacional de los últimos tiempos, junto a la baja natalidad o leyes abortivas cada vez más laxas, camufladas por el eufemismo de «políticas reproductivas», no dejan de tener una conexión directa con la propia promoción de la eutanasia, con la excusa de la «buena muerte» o de dar salida a aquellos sujetos que no quieren seguir viviendo, y el Estado, pretendido garante de la seguridad y el bienestar del conjunto de la sociedad, asume el papel de verdugo mediante políticas, como ya hemos apuntado y conviene insistir, de eugenesia pasiva.

Otra perspectiva: la vida no es un valor absoluto

La modernidad, en virtud de los valores cuantitativos y materiales que vertebran su cosmovisión deformada de las cosas, ha pasado a considerar la vida humana como un bien biológico a conservar a cualquier precio, independientemente de la cualidad de susodicha existencia. Esta idea, que muchas veces se disfraza de religiosidad, reduce al hombre a una resistencia meramente orgánica, de subsistencia sin más. Para una visión tradicional de la vida, lo importante no es solo el vivir, sino la cualidad del Ser, la forma interior profunda que subyace a susodicha existencia particular, y la relación que guarda el sujeto con el dolor, la dignidad, el dominio interior y el sentido trascendente de la propia vida.

Una concepción de la vida de esta naturaleza, como la que nos ofrece la modernidad burguesa, que hay que mantener por defecto, continuamente medicalizada, carente de estímulos como el peligro y el riesgo, o la acción, que es incapaz de enfrentarse al dolor, al sufrimiento o la adversidad en un sentido más amplio, es la que caracteriza a nuestros tiempos últimos. El hombre moderno se encuentra dominado por la pasividad, la dependencia externa, la humillación interior, pasando de ser sujeto de la propia existencia a ser mero objeto, tanto en un plano médico-administrativo y estatal como en otros órdenes de la vida.

Por este motivo hay que rechazar igualmente la idea liberal que determina que la voluntad individual es suficiente en sí misma para legitimar la «muerte asistida», bajo la falsa idea de que el sujeto moderno es expresión de la soberanía absoluta sobre sí mismo, pues dentro del liberalismo la libertad se reduce «decidir sobre mi cuerpo y mi final». La libertad trasciende la capacidad de situarse por encima de la coacción interior, de la desesperación, el resentimiento y otros elementos que redundan en la disolución de la psique, ante una enfermedad, o cualquier otro tipo de circunstancia adversa. La capacidad para superar la disolución interior, de la voluntad quebrada, capturada y sometida al sufrimiento. Y más si hablamos de casos como el citado, en el que la propia víctima estaba haciendo progresos importantes en su minusvalía, y donde el mayor problema residía en el plano psicológico-emocional, frente al cual no hubo ningún tratamiento ni apoyo capaz de hacerle salir del abismo en el que se hallaba sumida.

La libertad no puede limitarse a un mero «elegir», algo que en sí mismo no garantiza nada. El hombre fragmentado, que carece de armonía interior, también elige, y en esa pseudolibertad reside una de las grandes mentiras antropológicas de la modernidad. El problema trasciende el mero hecho de que alguien decida vivir o morir, sino desde qué circunstancia o en qué condiciones toma esa decisión, y si lo hace desde un conocimiento pleno de la existencia y desde la centralidad del Ser, expresando, en consecuencia, una verdadera soberanía del espíritu. Lo que hemos dicho con anterioridad, la capacidad de mostrar dominio interior, de ser partícipe de una jerarquía verdadera del espíritu capaz de situarse por encima de impulsos psicológicos y emocionales, de estados anímicos transitorios, en un contexto de decadencia y resentimiento. La descomposición psíquica, o la reducción de lo humano a una dimensión de horizontalidad emocional, son aspectos que adquieren una preponderancia fundamental en el mundo moderno, y comprenden un principio de alienación del sujeto individual que lo despoja de la verdadera esencia de su ser. Se trata de algo que va más allá de un estado consciente, de tomar decisiones en un estado «normal», en el que la persona sabe, serenamente, elegir entre el bien y el mal, entre prolongar la vida o destruirla.

Si trasladamos estas consideraciones al plano del problema tratado, a la eutanasia, debemos distinguir la aceptación noble del fin, o incluso la muerte buscada de manera activa y voluntaria, como pudiera ser el caso de Yukio Mishima o incluso Dominique Venner, y la muerte administrada como una solución técnica al sufrimiento. Dos aspectos muy diferentes del problema, radicalmente opuestos, que no se pueden mezclar con la retórica compasiva de nuestros días.

Dominique Venner (1935-2013) y Yukio Mishima (1925-1970).

Lo repetimos, la vida no es un bien que debe ser preservado a toda costa, y en cierto modo, más allá de la eutanasia, existe una incapacidad para aceptar la idea de irreversibilidad, de límite y muerte en la existencia humana. Nuestra civilización, medicalizada y terapéutica pretende incluso reglamentar la muerte, reducirla a un proceso burocrático y aplicarla por protocolo a quienes padecen mediante un cóctel de fármacos. Incluso en este punto, pretende someter la muerte a un proceso administrativo, colocando el cuerpo bajo el control de una norma, unas leyes o a la decisión de los «expertos», que como en 1984, termine decidiendo quién termina vaporizado, e incluyendo a aquel que no encaja en el sistema, o que no es apto por razones diversas, de productividad (una distopía que terminaremos viendo), por ejemplo, o por cualquier otro motivo. Nada que ver con la visión superior de la existencia que hemos tratado de exponer sintéticamente.

En la vida real no existe el botón de «deshacer»

Siendo la muerte el caso extremo de esta tendencia, sí que, como hemos comentado en párrafos anteriores, notamos la actual tendencia, casi a la desesperada, de embarcarse en la toma de decisiones de carácter destructivo y prácticamente irreversible sin pararse a pensar en las consecuencias de determinadas decisiones. Y en este sentido podemos constatar una tendencia al nihilismo creciente en los últimos tiempos, asociado a la falta de perspectivas, a la imposibilidad de generar un modelo de vida estable y estructurado que dote de sentido el horizonte existencial, especialmente de los más jóvenes; un segmento de población donde la joven víctima que ha motivado nuestro artículo, se hallaba inserta.

El ejemplo más trivial e incluso aparentemente inofensivo lo podríamos encontrar en la moda de los tatuajes extremos que llevamos testimoniando desde hace poco más de diez años. Tatuajes cubriendo partes extensas de la piel hasta no hace mucho era algo que solo podíamos encontrar en personas estrafalarias o en marginados. Sin embargo, parece que se ha perdido la conciencia de permanencia que implica tatuarse la piel. Una forma extrema del nihilismo que comentamos, a través del cual muchos jóvenes (y no tan jóvenes) pretenden expresar su ¿«identidad»?, ante el vacío espiritual y la desazón de los tiempos, y que, muy al contrario, es una forma de marcarse, como la oveja que termina en el redil, obediente y servil ante las imposiciones del pastor («élites» satánicas) que pastorean a una masa a la que han destruido en su esencia más íntima.

Sujetos reducidos a caricaturas deshumanizadas, a monstruos circenses de barraca.

Cierto es que existen técnicas de borrado de tatuajes mediante láser, pero ni la piel vuelve a ser lo que era ni es una práctica recomendable. Eso por no hablar del riesgo para la salud que supone inyectar tinta bajo la piel. La tinta utilizada se encuentra compuesta de metales pesados y otros materiales que al entrar en el torrente sanguíneo pueden generar graves patologías y enfermedades, y sin embargo, ya sea por impostura social (de rebaño) o por simple estupidez, se concibe el hecho de marcarse con absurdos dibujos, y lucir un cuerpo pintarrajeado, como señal de estatus, de persona integrada, cool o que incluso tiene éxito social.

Efectivamente, el que se tatúa suele elegir motivos sumamente efímeros: desde patrones «tribales» que pueden pasar de moda, nombres de personas que pueden entrar o salir fácilmente de nuestras vidas o incluso personajes de dibujos animados que nadie recordará de aquí a 10 o 20 años, y ya no solo por que el personaje haya caído en el olvido sino porque la definición del dibujo se degrada con el tiempo. Difícilmente un abuelo con alzheimer podrá explicarle a su nieto que esa mancha que tiene en su brazo es un dibujo de Naruto.

Nadie se atreve tampoco a poner en duda la determinación de aquel que quiere tatuarse, empujado por amistades, modas o borracheras. Es más, todo aquel que intente llamar a la prudencia o a la reflexión es tildado de entrometido, carca o aguafiestas. En cualquier caso, y en conexión con el tema de la eutanasia, revela claramente la alienación del individuo moderno, su sometimiento a las fuerzas que ni dependen de él ni responden a su naturaleza ni a su voluntad, que no encarnan su verdadero dharma.

Y esto lo podemos proyectar a otros niveles de seriedad: homosexualidad, divorcio, aborto, disforia de género y en el peor de los casos, el poner fin a la propia vida. Sea cual sea el caso, está prohibido advertir, disuadir y pensar en la consecuencias ya sea a nivel físico, mental, emocional o espiritual.

No es casualidad que todos estos cambios y transformaciones, vinculados a Agendas transnacionales con propósitos transhumanistas (en el peor sentido del término, nada que ver con el «superhumanismo» propugnado por Nietzsche), coincidan con una forma muy específica de poder que se define por una gestión biopolítica de la vida. En este contexto más que prohibir específicamente, lo que hace es «gestionar» empleando todo tipo de eufemismos y recursos narrativos con sus derivados ligados a la neolengua, y de este modo son «administradas» patologías, conductas, caracteres, dependencias o circuitos afectivos en el que encaja perfectamente la eutanasia, que decide en este proceso de «gestión» que vidas son recuperables y sostenibles (podríamos emplear el término «resilientes», tan recurrente en nuestros tiempos), y cuales son difíciles de integrar o incluso prescindibles. Recordemos las afirmaciones de cierta burócrata de Bruselas, Christine Lagarde, que decía que «los ancianos viven demasiado y ponen en riesgo la economía global», que resulta plenamente coherente con los propósitos de normalización de la eutanasia y con las exigencias del FMI.

La eutanasia encaja demasiado bien con una sociedad espiritualmente vacía y hueca, socialmente fragmentada y económicamente colapsada, con una realidad donde predomina la decadencia y la destrucción por doquier, algo que, por otra parte, no es fruto de los ciclos económicos, de producción o por la «muerte natural» de una civilización, sino que obedece a una acción planificada de gran abasto y que, curiosamente, se centra exclusivamente a Europa. La eutanasia encaja demasiado bien en un escenario en el que pretenden hacernos creer en procesos irreversibles, imposibles de deshacer o detener. Encaja con la idea que desvaloriza la continuidad de la vida humana llegada a una determinada edad, ya en senectud, en unos tiempos en los que la esperanza de vida es superior a las décadas precedentes. Un mundo en el que las patologías mentales, especialmente la depresión, la ansiedad y otros trastornos más complejos, están a la orden del día, con estructuras familiares debilitadas o inexistentes, tasas de natalidad por debajo del umbral del reemplazo generacional y un interminable índice de indicadores negativos, a todos los niveles, la eutanasia nos proporciona un buen termómetro para calibrar el estado moral del cuerpo social, y que el nihilismo que caracteriza nuestros tiempos toma un protagonismo cada vez mayor ante un panorama existencial y humano desolador.

La respuesta que el sistema da ante este enorme vacío es igualmente desoladora, pues en lugar de asumir un papel y una función de sostén, de pilar firme sobre el que reconstruir este cuerpo social agotado y depauperado, contribuye activamente a su liquidación haciendo más grande el abismo e incrementando la desesperación de nuestros tiempos. La respuesta al sujeto particular que sufre, que carece de una orientación adecuada, es la muerte asistida decretada por un «comité de expertos», al tiempo que se cosifica cada vez más al hombre, cuyo valor ya no es intrínseco, como hombre o como miembro de un determinado pueblo, cultura o civilización, sino en virtud de criterios productivos, de utilidad social, desde una perspectiva mecanicista, materialista y antihumana. Y no debemos olvidar que, por encima de cada caso particular, como el de la chica barcelonesa recientemente asesinada, Noelia, el individuo moderno ha sido despojado de todos sus vínculos y arraigos profundos, de toda estructura fuerte, como pudiera ser la familia, algo muy evidente en el caso al que nos referimos. Todo el sentido orgánico y comunitario que caracterizó a la sociedad de épocas precedentes, donde la eutanasia no habría tenido cabida, porque la propia naturaleza de la misma también se encargaba de generar el sentido de las cosas, de aportar una carga de profundidad a la propia existencia humana, se ha visto aniquilado en el transcurso de las últimas décadas. La «libertad para matarse», que es un oxímoron en toda regla, porque contradice el propio concepto de libertad, que debe ser intrínsecamente positivo, orientado hacia una acción constructiva y liberadora, ha resultado ser en realidad el epílogo patético de una civilización en pleno proceso de demolición, entregada por completo a las fuerzas de la disolución, hasta el punto que acepta someterse a una forma de «administración» de la vida y la muerte por un aparato estatal burocratizado y al servicio de intereses espurios, que determine arbitrariamente, y de manera criminal, qué vida merece la pena ser vivida y cuál debe ser destruida.